LA CUENTA DE LA VIEJA
LA CUENTA DE LA VIEJA
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© Fernando Garrido, 11, X, 2026
La semana frenética. El dictador vino, vio y, derrotado, espetó que el parlamento no vale, no le sirve, «no le representa», viejo eslogan plagiado a sus socios morados, aunque expresado en su narcisa persona. El dictador hizo cuentas con la vieja, lanzó la moneda reflexiva, y le salió la cara del can Cerbero sin amo.
Lo vio oscuro, disolvió y convocó antes de que más tarde fuese peor sin la foto de la ancianita desahuciada agitando a los nietos que le parió la abuela, psicóticos de acá y exóticos de allá, equipados de serie con votos, resabios y banderas republicanas, palestinas, anarquistas o comunistas, nunca ninguna de España...

Pero, qué suerte, oye, hay cosas que ni mejor pensadas. Va y se les muere la vieja de repente en una fría sala de hospital. Una feliz bala de plata, óptima para avivar la fanática iracundia atoldada en Sol. Descanse ella en paz, aunque no sea igual la que nos deja, porque ni cinco minutos tardaban los maricarmenistas de rancio acné revolucionario, piolets tatuados y marijuana subvencionada, en hacer pública y gritar toda la lista de asesinos en serie: los fondos no sé qué, los rentistas fascistas, el capital criminal y, por supuesto, Ayuso, Isabel, la odiada preferente. Quién si no para estimular mejor esa sed de televenganza difundida desde TVE y la Sexta, allá donde los bajos fondos gubernamentales ordenan elevar la violencia y el terrorismo callejero a lícito tribunal justiciero del clamor popular, residenciado en una manada perropífana instrumental bajo la batuta secuaz de cuatro aristogatos.

Ya nos lo dice el refrán, que «a la gata vieja dale rata joven»
Ahí los tienen, para hacer su caldo, a esos jóvenes antifascistés sin solución mental ni habitacional, que se manifiestan disparando contra sí mismos, ignorando dónde está el fascismo real, responsable de su legítima desazón y al que sin embargo sirven como mano de obra militante para romper los cristales y espejos de la verdad.

Pero, el único y verdadero fascismo que hoy existe es precisamente aquel que, especulando, llama fascista al otro para justificar su violencia dialéctica, a la que sigue el crimen y la destrucción de la sociedad libre.
Pues si buscan víctimas mortales que arrojar a la hoguera de las veleidades gramaticales en inquilino femenino, que las hallen, por ejemplo, entre aquellas miles a las que pusieron el cascabel de feminicidio un 8 de marzo en 2020, ya en plena ola de contagio, a sabiendas de lo que estaba sucediendo. Entonces acababa de infiltrarse en la democracia el dictador.

A partir de ese momento, cuántas víctimas mortales en sus haberes y avernos podemos contar a causa de la oprobiosa gestión y corrupción gubernamental en la pandemia, del absentismo en La Palma, en la levantina Dana y la invasión de Ceuta, de las negligencias en el apagón general, en Adamuz y en esa España silvestre que combustiona de ecologismo mafioso, de cloacas salvajes y, sobre todo, las victimas que somos todos de la inflación desbocada, del expolio y el intervencionismo atroz, de la híperregulación y fiscalidad insoportables, que son las verdaderas cuentas e inconfesables viejas causas del encarecimiento y carestía de la vivienda.










