URDA NO ES HOLLYWOOD
URDA NO ES HOLLYWOOD
Relato sentimental cinematográfico
© Fernando Garrido, 2026
A un ácrata sentimental de corazón metálico, le produce cierto pudor confesar esa íntima fascinación corrosiva que le causan las buenas comedias románticas de Hollywood. Sobre todo si ella, la protagonista, es Julia Róberts, que no sin justicia ha sido coronada con el título de la «Novia de América» por esa su maravillosa, sexi e irrepetible forma de sonreír, de mirar, de trasmitir y contagiar emociones en las pantallas del mundo, a pesar, o gracias a su nariz de patito feo.
Un trono de promesa nupcial que aún ostenta a sus 58 años, muy bien llevados, sin que ninguna otra haya interpretado tan como ella el rol de chica común, pero ideal, que se consigue tras suceder no pocas casualidades y vicisitudes, peripecias extraordinarias, enredos inverosímiles y conmovedoras fatigas que acabarán recompensadas en un ardiente achuchón, y un beso memorable de los que auguran comer perdices
gourmet en compañía suya toda una vida. Claro que eso último nos lo hemos de figurar, pues no suele caber en los 90 minutos de metraje.... Y ahí queda el guion abierto a la imaginación tras los créditos finales. E incluso cabe fantasear con que algo parecido nos suceda en la vida real, emulando a la Roberts y a sus apuestos y atribulados parteners en cintas memorables como
Pretty Woman,
La Boda de mi Mejor Amigo,
Novia a la fuga,
Notting Hill o cualquiera de sus románticas comedias con feliz
the end, donde ella es lo eterno en femenino singular, que impulsa a lo épico en el masculino plural de los mortales.

Entonces, sucede que poseído por un espíritu insatisfecho del ayer, amanece una mañana cualquiera, subes al coche y te vas en busca de algo que crees que quedó pendiente en el pasado, cuyo recuerdo sobreviene entre ensoñaciones cinematográficas. Tomas la autovía en dirección Almonacid, saludas desde la ventanilla a su castillo, allá arriba, sobre la loma, deshaciéndose como un terrón cautivo en un reloj de arena. Continúas camino hacia Mora y en lo que escuchas enfebrecido y golpeando el volante un rocanrol y una balada de Elvis, llegas a una inmensa recta; un tramo de carretera que, salvando distancias incómodas, asemeja aquella sugestiva ruta americana consignada en demoniacos dígitos capicúa, que nos presagian aventuras iniciáticas, tal vez canallescas e insólitas. El escenario ideal donde convertirse en protagonista de tu particular road movie meseteña, imaginándolo un pasaje cualquiera entre Chicago, Illinois y Santa Mónica, California, atravesando desiertos en los que te salen al paso tumbleweeds (bolas rodantes de cizaña seca), perezosos reptiles esteparios, inquietantes neones de poblados fantasma, inhóspitos moteles de carretera, gasolineras desfasadas y tabernas solitarias llenas de moscas, frecuentadas por prófugos y fracasados, donde atiende un viejo cowboy desdentado, alcohólico y desahuciado.

Empoderado de fascinación, voy depredando el surco de alquitrán abierto en medio de la llanura despoblada que, monótona y perfectamente rectilínea, lo lleva a uno hasta dar en Consuegra, donde —hay que joderse— los molinos de viento disecados en lo alto del cerro Calderico, te despiertan de la modorra norteamericana, haciéndote dudar de si la vida y lo que haces en ese lugar no será todo una farsa, una locura o un tránsito en diferido de LSD.
Aparto la vista del sky line del promontorio con ínfulas manchegas, a cuyo extremo está el castillo de la Muela, bajo el cual la Muerte encontró plaza para el joven don Diego, único hijo del Cid, cuando acompañaba un agosto tórrido de 1097 a Alfonso VI, el Bravo, en batalla campal contra la morisma bereber.

Busco una desviación y la encuentro. Un cruce donde aparece inscrito en caracteres Traffic Type el nombre y la flecha hacía mi pretendido Monument Valley: la muy castellana localidad sureña de Urda. Topónimo bisílabo que rima con curda, ñurda, burda, zurda, zahúrda y absurda; voces harto insolentes para componer, eludiendo lo esperpéntico o inclanesco, una pastoril y romántica sonata primaveral.
A propósito de resolver el enigmático urda, se discute el ser voz de origen germánico, de wurd, que alude a hado o destino, y, sin mayor acuerdo, otros señalan a hurda (con hache), referido a un vegetal: el brezo. Pero más bien intuyo que se trata de un topónimo cuyo significado apunta a la inexorable realidad orográfica, es decir, al horcajo u horca (urca, urda) entre dos leves cerros en que se ubica el milenario municipio, conocido sobre todo por ser destino de peregrinos en busca de su milagroso Cristo de la Vera Cruz. Fin del excurso histórico y onomástico.
Acometo el tramo final y, en un santiguarme mecánico y preventivo, ya he llegado al hado de mis fútiles anhelos e incierto destino.

Cabalgo por las calles de un pueblo casi vacío, como un ránger solitario de patrulla por Ok Corral en Tombstone, Arizona, sin bajarme del elegante y clásico Ford Scorpio que me trajo hasta aquí, cien por ciento americano, dotado de un impresionante y proscrito motor de gasolina, Cosworth 2.9, V6, 24v, al que le he dado como nunca en aquella prolija recta consaburense, acercándome temerario a los trescientos hora. No sólo por transgredir el código de circulación —que es la hostia y asaz vengativa la satisfacción — sino también evacuar la carbonilla para pasar la maldita ITV, diez años caducada; al tiempo que experimentar la velocidad con la emoción de un suicida terminal. Prueba superada: como dijo aquel, yo estoy bien y el bólido va tan pegado al asfalto que el caucho de las Firestone pareciese emparentado con el prodigioso imán del gitano Melquiades, que pregonaba ser «la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia».
Brujuleando al azar, doy unas vueltas de reconocimiento por el pueblo. Trato de hacer memoria de cuando, entre niño y adolescente, en el colegio fui seleccionado para participar en el certamen anual de pintura juvenil que allí se celebra en honor del pastorcito urdeño, avenido a pintor, don Cecilio Guerrero Malagón. Me concedieron un cuarto premio. Para recogerlo, hube de regresar allí a la ceremonia de entrega la semana después. Me acompañaba mi padre, que llevaba puesta su mejor corbata tejana, manufacturada por los indios navajos y, por supuesto, la Nikon para inmortalizar aquella inusual jornada laborable. Sería por mayo del año 1977. Creo que teníamos aún el SEAT 1430, blanco y tan cuadrangular como un electrodoméstico.
Precediéndonos, minutos antes, había caído en toda la comarca un tremendo aguacero de primavera. La ruta que siguió papá era otra bien distinta a la de hoy que discurre más rápida por la actual autovía de los Viñedos. Supongo que en aquellos tiempos era la más adecuada, que atravesaba por el puerto de Los Yébenes. Al bajar cruzando el pueblo, el agua se precipitaba roja de las pendientes, teñida por las tierras bermejas de arcillas ferruginosas que allí se asientan. Los vecinos achicaban la barbutina acuosa que les había penetrado en las casas, procedente de esguevas y cárcavas dormidas en periodo de sequía, pero que en instantes habían despertado, desbordadas, laderas abajo para pintar en color de teja los níveos poyos y zócalos de las paredes jalbegadas a la tradicional usanza. Fin del excurso geográfico.

El presente es imperfecto. Ahora, no reconozco nada de aquí, han pasado tantos años... Y, sumido en divagaciones nemotécnicas, no me doy cuenta de que estoy circulando por una calle en sentido contrario. Corrijo inmediatamente el despiste y busco un lugar donde estacionar para salir de la asepsia que proporciona el deambular en una confortable capsula motorizada tapizada en piel de ternero.
Ya caminando, comienzo a ser consciente de la difícil tarea y el extravagante espejismo que me ha traído hasta Urda. Puede que sea un síntoma de climaterio precoz, o de infantilismo tardío, o más bien una supina y madura estupidez. De cualquier modo, estoy aquí, hice más de 70 kilómetros para saber de alguien a quien conocí hace muchísimos años y que con casi total seguridad no encontraré. Una espina molesta, enquistada en el corazón juvenil... Tal vez me conformaría con obtener algún dato o cualquier noticia de su vida, de su paradero. Quizás un número de teléfono, una dirección, un hilo laboral o cualquier vínculo familiar ¿Quién sabe? No llevo gran cosa a donde agarrarme: sólo un nombre y un apellido, unidos a un par de vagos rasgos fisonómicos: rubita de ojos claros.
En la plaza hablo con unos abuelos que acartonados toman el sol en su rústica cátedra de piedra berroqueña, con el bastón en ristre, como los obispillos que pintaba su paisano, don Cecilio. Nada, no saben, no la conocen.
Luego encuentro a algunas señoras: unas van a recoger a sus nietos a la salida de la escuela, otras vienen de comprar el candeal de cada día. Tampoco saben decirme. Y así repito con otros tantos lugareños que me voy cruzando; sin embargo y, por contra, son ellos los que me interrogan a mí, queriendo cotillear sibilinamente quien soy y el motivo de mi búsqueda. Pero, como a la vista está que yo no soy Madona, ni intento encontrar a Susan, mintiendo les explico que se trata de una antigua compañera de estudios, de la que me he acordado casualmente de viaje hacia el sur, al pasar cerca de este su pueblo natal.

Lo real es la duda. No tardo en sospechar que es inútil; mejor será asumir el fiasco y reírme benévolamente por la extravagante estupidez del viaje. No obstante, antes de salir del pueblo encuentro un Spar. Detengo el Ford ante la puerta. Tengo la boca seca. Se me ha antojado una lata de cerveza para hidratarme en el camino de regreso. La tienda tiene tres escalones y una cortina de largos flecos en verde desvaído. Penetro con cierta precaución en la penumbra, que contrasta enormemente con la claridad del exterior.
—Buenos días, ¿tiene usted bebidas frías?
La mujer que regenta el establecimiento parece tener aproximadamente mi edad, quizás sepa algo. Se abre in extremis una última oportunidad; pero se halla encelada en el fragor de una animada tertulia con dos parroquianas. Me señala desdeñosa, con su índice, la cámara frigorífica. Agarro una Mahou verde, la clásica. Joder, está helada...
—Perdone, qué la debo de esta lata.
Ella me mira de reojo, con fastidio por interrumpir con tan poca cosa la conversación.
—Atiéndele —le dice una de ellas, que se erige en portavoz —, nosotras no tenemos prisa, el garbanzo lo dejamos cociendo en la paja desde temprano.
¡Bien! Por fin he salido de la invisibilidad. Me hacen la radiografía de arriba abajo y se muestran tan solícitas como fisgonas. Oh, sí —parecían decirse —un forastero; qué hará por aquí.
Pestañean, se recomponen el vestido, atusan sus cabellos y seguidamente establecen tácitamente una virtual competición de conquista a ver cuál se gana la banda dorada de Miss Simpatía. Aprovecho y, a la mínima oportunidad, voy con lo mío. Las tuteo para procurarme su confianza y vuelvo a mentir.
—Quizás conozcáis a una chica de aquí, compañera mía de la escuela, en la capital. Perdí su pista hace muchos años, no sé nada de ella. Pasaba de camino por Urda y pensé en saludarla. Se llama tal y tal, pelo claro, ojos azules o tal vez un poco verdes, distinguida y muy mona era ella. Claro que, hace tanto tiempo que no sé en qué ni dónde ha parado...
Presiento como en ese instante, ellas, por pura coquetería, quisieran ser la paisana que apenas vagamente he descrito... Me siento visceralmente incómodo en el inusitado papel de príncipe encantador, con el zapatito de vidrio en búsqueda de su escurridiza
cenennterola.

La tendera tiene un algo que me inquieta en su extraña forma de mirar, como inquisitiva y desconfiada. Debe de tener menos años de los que aparenta. Es una mujer con cierta presencia sustancial, que debió de ser atractiva, pero su aspecto denota una decadencia prematura y abandono de sí misma motivado tal vez por el tedio de una vida que no soñó, atrapada en el atavismo de la monótona y estrecha sociedad rural, cautiva de su clientela, de una casa, de un esposo y unos hijos ya criados...
Noto como ella me observa con descarada fijeza y, en un revelador encuentro íntimo, fugaz y furtivo de nuestras miradas, experimento la intensa e insoportable desnudez de mis vanas intenciones, como si ella supiese el verdadero motivo que me impulsa en búsqueda de un antiguo e irrecuperable lance de juventud. Siento el vuelco hacia la realidad; veo a través de esa mujer el fatal e imposible desenlace de mi nostálgico ensueño, de mi pasada y culpable indeterminación, de mis miedos, mis dudas e indecisiones...
Pero no, ella no es ella. No es y, sin embargo, pudiera serlo. Entonces comprendo con espanto que ya no deseo encontrarla. Quiero marcharme inmediatamente lejos de allí. Reprimo el impulso. Por cortesía no debo de dejarlas con la palabra en boca.
Permanezco, pero ausente, mientras escucho a las parroquianas especular al fondo de un abismo que nos separa, porque mi pensamiento ya ha migrado al rincón de las melancolías olvidadas.
Finalmente, después de no sé cuántas elucubraciones, ninguna acierta a conocer a Dulcinea. Me dispongo a marchar cuando la fatalidad hace que aparezca, atravesando la cortina de flecos verdosos antimoscas, otra clienta de bastante edad, vestida de oscuro, encorvada sobre su cesta de compra vacía. Sin yo quererlo la explican la venial urgencia del asunto.
—Este señor anda buscando a una muchacha de aquí... A ver si tú, Paca, que tienes tanta memoria.
Tras ser informada de los detalles por la clienta portavoz, la vieja recién llegada dice creer y saber quién era ella.
—Sí, la de fulana de tal y cual. Sus padres ya no viven, en el camposanto están enterrados... Sí, sí, como si la estuviese ahora viendo: una mozuela muy modosita y guapetona, que estudiaba para maestra en Toledo.
—Correcto, es ella —digo para mis adentros, sin gota de emoción ni deseo por saber.
La mujer, suspirando, concluye que la susodicha luego marchó, como tantos otros, seguramente a los Madriles y más nunca se supo.
—Dios sabe a dónde habrá ido a parar...
Asunto concluido. En realidad ella ya no existe donde quiera que esté. Es un bello fantasma alojado en el recuerdo de un idealizado amor de juventud que pudo o no pudo ser. Urda no es Hollywood. No hay ningún guion, ni comedia romántica que resolverse en antiguas promesas, ni en besos eternos.
Me despido de las paisanas y les doy las gracias por su amabilidad y las molestias. Pago la lata y salgo del Spar sin esperar el cambio, porque noto como el tiempo vuela, como las nubes, como las naves y como las sombras del Job: Tempus fugit, sicut nubes, quasi naves, velut umbra, o sea, nada más que eso y ya está.










