AGUSTÍN

F. Garrido • 18 de octubre de 2026

AGUSTÍN

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© Fernando Garrido, 18, X, 2026


No supe de ello hasta que algunos días después he conocido por Ángel, un buen y común amigo, la noticia que uno nunca de nadie quisiera recibir.

Aun así, nos queda el imperfecto consuelo de escribir desde el dolor por la ausencia del amigo algunos renglones, siempre difíciles de componer cuando los recuerdos emergen embargados de melancolía y uno, incapaz, quisiera que trascendiesen más allá de las palabras de despedida, para alcanzar al peregrino en su viaje con alguna misiva trascendental, sin huecos plañidos, tras su inesperada y repentina partida.

Y, así, en silencio, mientras algunos estábamos a vueltas con las viviendas, él se nos había adelantado a coger sitio, allá donde dicen que siempre existe buena morada para recompensar a los justos. Agustín Calderón del Cerro, lo era, aunque nos consta que no tenía previsto mudarse de barrio tan temprano.

Aún le quedaban por hacer aquí las muchas tareas sencillas y diarias, en su valle de hermosas navas, al pie de los Montes de Toledo donde nació y, ahora pastoril, apacentaba a un rebaño de merinas, a la par que se ocupaba de otras cosas del campo en la pequeña heredad familiar.

Me cuentan y lo sé, que Agustín era feliz y no necesitaba más ni menos para serlo.

Hace años que eligió volverse al pueblo, a una vida tranquila alejado de las vorágines capitalinas. La distancia nos impuso lejanía; mas, no el olvido de todos aquellos intensos años en que no hubo tardes sin tertulia, ni vasos vacíos en las mesas de las desaparecidas Venta de Carranza o de la Cava, ni en los atardeceres de Bulla y Arena, que fueron burladeros de supervivencia y barreras de sol contra la tristeza.

Y, cómo no sentir añoranzas en ese humano sentimiento que toma su melancólico acomodo en el tiempo pasado que discurría deprisa, sin saber que quizás fuese breve y mejor, porque aún estábamos todos y en el mundo, en nuestro mundo, no nos faltaba nadie.

Es el otoño al que suceden otros otoños, cuando escuchamos el grave y acompasado lento tañido de las campanas en cada torre, sin preguntarnos por quién, pues doblan grandilocuentes e inexorables por nuestro pesar, por Agustín y por todos los que fuimos y seremos junto a él en alguna hora desconocida de cualquier atardecido.

Descansa en paz, amigo.



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