DIALÉCTICA CIDIANA

F. Garrido • 26 de septiembre de 2026

DIALÉCTICA CIDIANA

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© Fernando Garrido, 26, IX, 2026


Cuando en Burgos celebramos de nuevo la tradicional Semana Cidiana, entregados a la pitanza, las fábulas y otros cien festejos, esta de hoy, como las de ayer desde hace dos meses, será otra triste jornada en que el Estado español y sus instituciones apenas existen en una de sus inseparables provincias.


Allá, en Ceuta, las rutinas de la vida europeo mediterránea y el cotidiano bienestar de 80.000 compatriotas se ha visto alterado y tornado en un insoportable, real y auténtico escenario de ciudad medieval, ambientada, invadida, ocupada y entregada a una exótica masa humana, consciente o inconsciente de servir a propósitos distintos de encontrar ese Edén de Jauja donde se atan a los perros con chistorras y las jaurías se entregan a melosas mordidas al maná que cae de los bolsillos de las cada vez más paupérrimas clases medias.

Nos dicen que, como mal menor, la pasarela ceutí de otoño-invierno viene con tendencias salvajemente medievalistas para largo, o tal vez por siempre... Particularmente, en medio de los festivales cidiano burgenses que recrean el siglo XI en clave de opereta, me emerge una melancolía solidaria junto al nostálgico recuerdo de cuando niño me llevaron por vez primera al cine (el Moderno, se llamaba la sala). La solemne e iniciática ocasión lo merecía; se trataba nada menos que de El Cid, film de Anthony Mann protagonizado por Heston.

Ahora, más de medio siglo después, imagino lo inimaginable hoy de aquel maravilloso epílogo cinematográfico, que quedó grabado en mi conciencia —y creo que en la de muchos— para siempre: la escena final en que el castellano Caballero de Vivar cabalga, ya cadáver, por las arenas de la playa, mientras que la morisma aterrorizada ante su majestuosa presencia huye despavorida, zambulléndose en la mar donde les esperan unas naves de vuelta a África, su casa.

Y siento, casi como Aute, una extraña frustración e intenso deseo de encontrar en estos tiempos de zozobras más épica en los hechos, y menos lirismo en los argumentos de aquellos desleales que dirigen la película contra nuestras vidas y la historia de la nación española: «Cine, cine, cine, más cine por favor, que todo en la vida es cine y los sueños, cine son».

Pero, además, advertiría en clave de dialéctica hegeliana a nuestro rey, remitiéndolo al manido vigésimo verso del Cantar, como ya lo hiciese Tácito (c.55-c.120) mucho antes que el juglar de Mío Cid, citando al orador Pasieno en los Anales (VI, 20), de donde trascribimos que: «se hizo pronto frecuente el ingenioso dicho de que nunca hubo mejor esclavo ni peor señor».

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