LA PÉRDIDA DE ESPAÑA
LA PÉRDIDA DE ESPAÑA
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© Fernando Garrido, 20, VIII, 2026
Existe una especie de ideólogos o historiadores que niegan el hecho de la Reconquista porque, entre otras, aducen que ¿cómo se puede considerar tal, algo que sucede por espacio de ocho siglos?
Bajo esa extravagante premisa, cuya formulación contradice nada menos que la propia naturaleza de la ciencia histórica (basada precisamente en el discurrir humano del tiempo), la serie de argumentos es variada y no menos imaginativa. Pues desde ese lado revisionista de la historiografía nunca faltan esforzados muñidores de venenos en alambique que, cómo no, también niegan el que entonces, como hoy, existiese una invasión exótica, sino la consecuencia lógica del empuje renovador y expansión territorial de una suerte de globalización llamada islam. Por tanto, sin invasión no ha necesidad de defensa ni reconquista.

No es difícil de conocer de qué atapuercas mentales emergen esas malformaciones conceptuales y a qué propósitos programáticos sirven. Pues, se pretende que aquello que motivó un arduo, complejo y voluntarioso proceso de recuperación de la España perdida (invadida) en 711, vuelva, paradójicamente, de nuevo en otro cierto modo, a ese punto insólito de rápida rapiña, destrucción y desaparición del Estado precedente para imponer violentamente otro modelo distinto.

Aquel, el de los siglos VI, VII y VIII, era un estado conformado en reino hispano (o panibérico) por vez primera y a través (o consecuencia) de otros tantos siglos de romanización, con la reunión de la práctica totalidad de los pueblos y territorios de la Península Ibérica bajo un único principio de autoridad, no dependiente de otro. La corona, la ley romana y el concilio (con sede en Toledo, centro geográfico de Hispania) fueron las instituciones de las cuales emanaron las sólidas bases para que en aquel tiempo y lugar se hiciese posible tal orden social, político y territorial, tan necesario para una pax hispaniae tras la caída del Imperio e invasiones bárbaras.

Y para ser exactos la Reconquista estaba más que consolidada en el siglo XIII, tras las Navas de Tolosa. Entre esa batalla (1212) y el desastre de Guadalete distan quinientos años que, no obstante, dicen no poco de lo complicado que resulta recuperar lo que en apenas en una batalla, cien razias y otras tantas traiciones motivadas por intereses de la propia élite dirigente, se perdiera en meses, de la mañana a la noche, sin que la paciente mayoría lo quisiera ni se percatase.

Así, atendiendo al clásico principio ciceroniano, Historia vero testis temporum, lux veritatis, vita memoriae, magistra vitae, nuntia vetustatis, la historia siempre es testigo de los tiempos, luz y memoria de la verdad, maestra de la vida y mensajera del pasado. Nada mejor que añadir para hostigar al mito y al cómodo existir en «esto ni sucedió ni sucederá», porque como el que la Tierra en Granada se mueve, también sucede.










