PIRO PIROPÍ, TA TAN CHAN
PIRO PIROPÍ, TA TAN CHAN
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© Fernando Garrido, 8, VIII, 2026
Cuando algo, sea una persona, un sentimiento o una cosa se eclipsa, entendemos en sentido figurado que aquello se oscurece, que experimenta un apagón.
Por ejemplo, en tal orden, digamos que inesperadamente España entera se eclipsó un 28 de abril de 2025, porque sufrió un apagón eléctrico de cero total del que nadie se ha hecho responsable, pero se ha dictaminado, a través del recibo de la luz, que lo pagan los únicos que no podían serlo: los ciudadanos.
Otra más. Es lo de siempre. Ya lo dice el ministro más arrastrado, pero no menos despejado para el embuste: «suceden cosas de las que nadie tiene responsabilidad». Entendámoslo de otro modo; no se refiere a la realidad, sino preparándose la defensa de los delitos por los que él mismo y su amo debieran de ser juzgados... Aunque está claro quiénes pagaremos durante años la manutención de los miles de asaltantes a esta tierra de la hora feliz que nunca se acaba...

Sin embargo, pasando pantalla, la noticia es que el próximo miércoles 12 de agosto tendremos un eclipse de los buenos, de verdad, sin mentiras ni figuraciones, sin sobresaltos, sobradamente informado y, sobre todo, sin responsables humanos y sin un impuesto especial por la falta de sol (esto último no está confirmado aún).
Qué maravilla, el triunfo del modelo heliocéntrico de Aristarco de Samos, 2.300 años después. Por fin el capricho del cosmos tendrá de veras la inocente culpa de algo, que sucederá a eso de entre las
17:34 y las 21:58 horas peninsulares. Oye, de no creer, aunque efímero: tan solo y como mucho apenas
2 minutos y 18 segundos de eclipse total total. Escaso tiempo para hacernos ver y sentir lo importante, o sea, que ni el humano climático analógico, ni el digital, ni el cuántico poseen el control de nada o de casi nada.

Pero disfrutémoslo, ya que el fugacísimo fenómeno proporcionará ingresos millonarios, dicen, en aquellas provincias donde la sensación de írsenos el firmamento a negro será especialmente intensa. Burgos es una de ellas. Los alojamientos, a precios estratosféricos (hasta un 500%), están agotados por los turistas ávidos de ver la noche antes de la noche... desembolsando lo que sea a cambio de un instante de oscura paz antes de cenar. Otros lo disfrutarán más barato, como la vieja del visillo, desde la ventana de casa.
Y, para que no se diga, voy a apuntar un enclave sugerente, de película, donde quedarse a oscuras con quien uno quiera. Sus coordenadas geográficas son: 41° 59′ 34″ N / 3° 24′ 35″ W.

Es el Stonehenge burgalés, un escenario de culto y peregrinación para cinéfilos y nostálgicos amantes del western latino: el cementerio de Sad Hill (el valle triste), que la toponimia local registra con el nombre de Valle de Mirandilla, situado entre los municipios de Silos y Contreras.

Allí fue rodada en 1966 la conocida escena final de "el bueno, el feo y el malo" de Leone, entre sepulturas dispuestas en una inquietante formación circular que, queriendo, se prestan a imaginar allí, como en Stonehenge, un totémico conjunto de representación planetaria simbólica entorno al astro rey. Por eso no sería mala idea el acudir a visitarlo precisamente en el momento del luctuoso acontecimiento solar, mientras se tararea aquella famosísima melodía que compuso Morricone para el film: piro piropí..., ta tan chan, piro piro pí..., ta tan chan...

Casi que ya lo estoy disfrutando en aderezo de esa banda sonora insólita, que en su día revolucionó el género del oeste con la incorporación de sonidos no convencionales: silbidos, disparos, latigazos, gritos y coros operísticos combinados con otros instrumentos caracterizados para cada personaje. Y quizás, por qué no, nos veamos allí como il buono, il brutto e il cattivo, (me pido a Clint) a disfrutar del otro apagón del siglo como en una del far west.










