LAS FLORES DE PORFÍA
LAS FLORES DE PORFÍA
Cuento para un fin de época
© Fernando Garrido, 2026
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I
El localito estaba fenomenalmente emplazado en un estratégico ángulo a dos calles céntricas, peatonales, muy, muy concurridas. Ambas fachadas gozaban de la oblicua claridad de unos magníficos, grandes y diáfanos vitrales, que se poseían enteramente de la luminosa exterioridad urbana por la cual discurría todo tipo de público: el común y vulgar, así como el más selecto y distinguido de la ciudad.
Sin embargo, en ese coqueto y estupendo local comercial se iban sucediendo un sinfín de desafortunados comercios que abrían por un tiempo y después cerraban para siempre. Allí, uno tras otro, se habían visto instalados negocios muy variopintos: moda y complementos, lencería, perfumes, dulces y repostería, regalos y tantos otros etcéteras como años del siglo iban transcurriendo.
Algunas maliciosas lenguas murmuraban sobre algún espíritu gafe encerrado u otras improbables supercherías. Pero ella no creía en nada de eso, estaba bien segura de conocer a ciencia cierta, sin ficción y racionalmente la verdadera causa de aquellos sucesivos fracasos. En realidad —se decía — nadie hasta ahora había sabido oír lo que pedía a gritos ese maravilloso local. Ella lo había escuchado con estruendosa claridad muchas veces, tantas como pasaba por el lugar para recrearse en un dulce fantasear con su futuro, que se la presentaba halagüeño y no muy lejano en ese local que poseía el tamaño perfecto y la situación adecuada para su proyecto. Un vértice céntrico, prodigioso, que clamaba con una secreta llamada al éxito a quien fuese capaz de escucharlo: ¡Aquí, aquí tienes un buen negocio para toda la vida, si sabes descubrirlo!

Por eso resultaba triste de veras contemplar el fiasco contumaz de pequeños emprendedores, tan ignorantes e incautos como incapaces de acertar.
Claro que esto resultaba harto rentable para la agencia inmobiliaria, que ya había alquilado el local tantas veces que la comisión se replicaba periódicamente y sin parar en su cuenta de resultados. Si bien el propietario no estaba tan satisfecho del continuado ajetreo, pues en el impase entre uno y otro inquilino le quedaba vacío algún mes sin obtener la renta. Dado lo cual, había decidido subirla, a fin de compensar aquellos inevitables huecos improductivos en el calendario. Aun así, el incremento de precio no había mermado en absoluto el interés de nuevos posibles arrendatarios, pues siempre aparecía otro con no mucho tiempo de demora después de marchar el anterior.
Recientemente se acababa de abrir otra nueva actividad. Se trataba de un servicio de arreglo de uñas y manicura, tan en boga que ya eran multitud degustando un pedacito del apetitoso pastel de la estética femenina de baja intensidad y poco precio.
No quedaba otra de momento, sino esperar y apostar maliciosamente cuánto tardaría en cerrar «Nails Center by Wimen Cats», que así rezaba en un gran rótulo exterior. Para entonces, ella ya dispondría de los recursos necesarios al propósito de dar la campanada con su proyecto soñado en ese lugar tan apropiado, concurrido y perfecto.

Flor María tenía 25 primaveras cumplidas, sin novio, ni mascota. Con tal juventud, nombre, libertad y determinación, además de un curso de arte floral realizado con excelencia, se auguraba un futuro floreciente de veras. Ahora, mientras tanto, en la espera, sólo cabía aprovechar el tiempo para emplearlo en madurar la idea y conseguir el dinero necesario hasta que el localito en que se ubicaban sus deseos estuviese nuevamente disponible.
Durante semanas se ocupó sin pausa de preparar las cosas y tener previsto cada pormenor. Se reunió con un amigo, poeta de gran talento, pero de escasa fortuna, para celebrar una tormenta de ideas a fin de encontrar ese nombre especial que habría de brillar más que los de la competencia. Barajaron un número de ellos similar a pétalos de una margarita, que deshojaron de buena fe, descartando síes y noes hasta quedarse con un trébol de cuatro folias del cual elegir el ganador.
La deliberación no fue sencilla; la lista se manifestaba nominalmente extensa, a la vez que muy original. Los versos finalistas fueron: «De Flor en Flor», «Las Flores de Flor María» y «La Florida Esquina». Aunque finalmente se alzó con el título aquel que rezaba, «Flores a Porfía», tan primaveral y florido como los mayos de antaño. Un original hallazgo. Pero sobre todo imprescindible, puesto que las cosas sin nombre carecen de una verdadera existencia, si bien aquella abstracción verbal debería de adquirir fondo y forma real. Así que, contemporáneamente, encargó el proyecto de interiorismo a una antigua compañera de colegio que recientemente había acabado los estudios de arquitectura. Entre las dos fueron diseñando cada detalle de los elementos interiores y exteriores. También el mobiliario, el logotipo y la papelería aplicada a sus productos. Incluso ya fue apalabrando los trabajos de reforma con una empresa polivalente muy eficaz que la habían recomendado, amén de contactar y seleccionar a los futuros proveedores. Todo ello fue quedando a punto y bien atado, junto con la negociación de los plazos e intereses del crédito bancario que permitiría convertirse en realidad todo lo demás.

Pero los meses pasaban y Flor se impacientaba; las uñas de gata —o como los diablos quisiesen que se tradujera aquello al castellano — siquiera parecía dar síntomas de agotamiento. Al contrario, cada vez que pasaba por delante de la gatera a fisgar, ella enfurecía porque encontraba una mayor cantidad de clientas, tan ufanas que incluso guardaban cola esperando turno en la calle como si regalasen dineros. Circunstancia que alentaba el fervor de las bobas que en el mundo hay, dispuestas a tallar y tapizar sus uñas de colorines y demás jeribeques.
Flor María, impaciente, empezó a sentir truncado y con algo de pesimismo el sueño de su vida. Temió que la profecía no se cumpliese esta ocasión en que lo ansiaba de veras. Entonces, por si acaso, fue a la iglesia a encender velas a todos los santos y vírgenes más famosos de los altares parroquiales; rezaba en cada reclinatorio centenares de padrenuestros y avemarías, confesó sus pecados otro tanto y cumplió cabalmente las penitencias impuestas por sus peores alegrías y malos pensamientos.
No mucho después, sin esperarlo, llegó el gran momento. Fue tan poco extraño como acostumbrado, porque en la cúspide del rampante éxito de «Nails Center by Wimen Cats», el negocio cerró y el local quedaba vacío de un día para otro, sin motivo aparente ni previo aviso. Solo aparecía en la puerta el luctuoso cartel de «SE ALQUILA».
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II
Flor no podía casi creer su suerte y juró arrancar, con sus propias garras sin pintar, esos malditos letreros: el rótulo de las uñas de gata primero, y el del alquiler después, para ya no ponerse ahí nunca jamás. Corrió sin perder ni un minuto a la inmobiliaria a depositar una señal para reservárselo antes de que nadie se lo pisara.
La agente que estaba en la oficina se sorprendió de aquella inusitada velocidad, pues acababa de regresar de colocar ella misma el cartel de vinilo con el rótulo fosforescente. Así, Flor María, se convirtió a toda prisa en la nueva y virtual arrendadora del maravilloso local. En la agencia también la informaron detalladamente de los pasos que habría de seguir antes y después de firmar definitivamente el contrato, para todo lo cual la recomendaban encarecidamente, nunca mejor advertido, ponerse en manos de una gestoría asociada a ellos que la facilitaría los trámites burocráticos y permisos para la apertura.
Así lo hizo y menos mal. Qué lio si no. Pues antes de iniciar la actividad ya había anillado en dos carpesanos grandotes multitud de documentos y papeles oficiales, gastando a cada paso burocrático buena parte del capital que tenía disponible, pues la lista de desembolsos se hacía interminable. Había abonado el primer mes de alquiler, la comisión de la agencia, la fianza, la tarifa del gestor, la tasa de supervisión colegiada del proyecto de interior y permiso de obra menor, el impuesto municipal de apertura, el pago adelantado de la recogida anual de basuras y alcantarillado, los gravámenes arancelarios de la hacienda pública, el alta en la seguridad social, así como los contratos y cambios de titularidad del agua, la luz y telefonía, además de los seguros de robo, incendio, vandalismo, responsabilidad civil, etcétera. Pero todo se hizo en tiempo y forma según los plazos y normas establecidas para cada capítulo.

En fin, fueron tantos los trámites como cuantiosos los gastos antes de abrir la persiana del negocio, que sólo la restaba dinero para la mitad del género que hubiera deseado encargar para que su floristería luciera en la inauguración como merecía. Aun así, la ilusión de cumplir su sueño se había realizado. A partir de ahora esperaba recoger los frutos sin dar más trigos al pio, pío...
Era feliz, aunque su vida empezó a cambiar como no hubiera imaginado. Se levantaba antes de las cinco, salía de casa a las seis. A las siete ya estaba esperando el furgón de la flor fresca cortada de madrugada. A las ocho preparaba unos bellísimos ramos y centros. A las nueve tejía alguna corona fúnebre —a las que tenía bastante gato —. Antes de las diez abría al público, tras colocar floreros, macetones de plantas vivas y cestos de flor variada a pie de calle, para que la esquina luciese como un exuberante vergel paradisiaco. A partir de ahí y hecho todo con esmero, si no llovía, esperaba sonriente a la concurrencia que con especial agrado había acogido a la nueva florista que tan amablemente bien les atendía.
En verdad que, en poco tiempo, Flor María había cosechado una nutrida y variada clientela que tomó por costumbre acudir allí mismo a entonar a coro aquella alegre cancioncilla de ofrenda floral, que decía: venid y vaámos todos, con flores a porfía, con floores a Mariía, que madre nuestra es...
Tanto así se popularizó el establecimiento, que en menos de seis meses había consolidado unas ventas e ingresos bastante más que aceptables. Sin embargo, no todas eran corolas que relucían, ni clientes los que pasaban por allí, pues al poco comenzaron a visitarla ciertos personajes nada interesados en comprar flores, sino en meter las narices y libar en ellas como avispas glucémicas.
La primera en pasar fue una señorita muy señoreada y algo inquisitiva. Se presentó como técnico del consistorio, con la misión de supervisar las instalaciones. Mientras Flor atendía a algunos clientes, la iba mostrando alegre, satisfecha y sin temor, todo cuanto la fue solicitando, segura de haber cumplido con todos los preceptos exigibles. Tras media hora la funcionaria municipal se despedía sin hacer ningún comentario, salvo una mención particular a una maceta de lirios blancos que, según dijo, la encantaría tener en la entradita de su apartamento, pero que quizás otro día pasase a por ella.

Algunas jornadas después un inspector del fisco hizo aparición a última hora de la mañana. Pidió a Flor que le mostrase los libros de cuentas, el listado de tiques de caja y los extractos bancarios desde la fecha de apertura. Ella le contestó que en ese momento no la era posible atenderlo porque estaba muy ocupada con un encargo de ramos y coronas para un sepelio de tronío, pero que en cualquier caso toda esa documentación obraba en manos de la gestoría que sin duda y cabalmente podría darle todo eso. Y a tal fin le escribió en el reverso de su tarjeta comercial el nombre, dirección y teléfono del gestor.
Flor María empezaba a hartarse ya de tanto personaje indeseado e indeseables que la hacían sentir como si fuese preventiva y presuntamente culpable de algún delito. Porque tras de aquellos, en lo sucesivo, pasaron a visitarla ni se sabe cuantos más. Cada cual traía un suspiro distinto y siempre en el momento más intempestivo, cuando Flor estaba atendiendo a clientas soprano, que alegres declamaban su estribillo a María, o tal vez preparando un pedido de nardos para un caballero, o un ramito de violetas sin tarjeta, o componiendo un ramo binario de gardenias con el calor de besos para la declaración de un enamorado machihembrado a la antigua usanza.

El carrusel de plomizos inquisidores resultaba tan incesante y agotador que la estaban volviendo agria de carácter a causa de las porfías que se traían con María: hoy, los boletines con huella de carbono y sostenibilidad ambiental; mañana la declaración de valores añadidos, bienes y rentas; pasado, los certificados de bienestar floral o de especies protegidas e invasoras; al siguiente, las cédulas de resiliencia ecológica y permisos de manipulación vegetal; luego, más impuestos, tasas y conceptos.
Cada una de esas periódicas razias oficiales, persecutorias y ávidas de botín, rapiñaban con cualquier insólito e inverosímil argumento normativo sus haberes de caja y vaciaban la cuenta corriente del negocio, más rápido de lo que entraban los ingresos por ventas.
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III
Así se fueron sucediendo las incursiones parasitarias, cada vez con mayor escarnio y procaz promiscuidad. Como cuando una infeliz cantamañanas llegó para colmar la santa paciencia de Flor. Se trataba de una machanga sindical con pelo desteñido en rojo que, con actitud harto beligerante, la advirtió de que había observado cómo su horario excedía lo establecido, y que como autónoma también estaba obligada a secundar la jornada como los demás, pues lo contrario perjudicaba universalmente al resto de trabajadores. Así que, si seguía en su empeño de trabajar como dos o tres personas, sin contratar a nadie más, se vería obligada a denunciarla ante el comité para que iniciaran las oportunas acciones sancionadoras que dictara el tribunal de lo laboral. Antes de salir, mientras Flor colocaba unos ramos subida a una banquetita, la sindicalista se la acercó por detrás y la pegó un azote avaricioso y lascivo en el trasero... Flor María hubo de contenerse para no darla un bofetón; sabía que de hacerlo las cosas podrían empeorar en su contra. Pero, no contenta, la virago sindical la hizo una proposición deshonesta señalándola el lavabo, si quería que olvidase el asunto que traía. No pudiendo más, la mandó largo de allí inmediatamente a sobar nalgas a sus compañeras piqueteras.

De modo no muy distinto había despachado a aquella técnico municipal, cuando tras unos días se dejaba caer de nuevo, en su tiempo libre, con la intención de apropiarse de aquel tiesto de lirios blancos por las buenas, insinuando archivar alguna sanción que debía imponerse por cierta deficiencia detectada en su visita anterior.
Lo mismo que aquel inspector, que quiso postularse telefónicamente a posteriori, para ser agradado con un surtido de crisantemos y claveles a título gratuito para adorno de la sepultura familiar el día de todos los Santos, bajo la advertencia de que tal vez pudiera ser benevolente con el escrutinio de las cuentas «algo confusas» que —según él — le remitieron de la gestoría.
Tampoco cierto diputado, responsable del área de conservación y bienestar de las especies herbáceas, florales y arbóreas, había dejado de visitarla y encontrar la ocasión de intentar algún provecho, instándola a que donase gentilmente la decoración floral para el próximo comité de su partido. El desinteresado obsequio debía de consistir en varias docenas de capullos de rosa roja, dispuestos en manojos, a cambio de no hurgar el sospechoso origen ultramarino de las variedades exóticas de palmáceas enanas que vendía, o en los abonos prohibidos que pudieran encontrarse prospectivamente en el resto de plantas. Pues las multas podían ascender —la advirtió con severidad — a tropecientas ciento mil púas de vellón.

Aunque, Flor María, en un principio achacaba aquella desparpajada picaresca a la inmoralidad aislada de algunas sujetas y sujetos, no tardó en sospechar —al alza— que estaba siendo víctima de un sistema perverso más amplio, generalizado y transversal, que afectaba de arriba abajo a cualquier órgano administrativo o de poder.
¡Era todo tan injusto e hiriente! Ella, que trabajaba como si fuese una de aquellas negras azuladas que recolectaban algodón en las antiguas películas de blancos. Ella, que hacía frenéticas jornadas agotadoras que rebasaban las doce horas diarias. Ella que nunca regresaba a casa antes de las diez de la noche, tan cansada y a trizas que, apenas sin cenar, caía a plomo en la cama. Y así cada día, incluidos los domingos y fiestas de librar, y, sin embargo, era imposible retener el rendimiento de su trabajo más allá de un discreto estipendio, que apenas superaba el que percibiría cualquiera por el mero hecho de existir en modo ameba, sin arriesgar nada ni doblar el espinazo.
Poco a poco, según transcurrían los meses, Flor comenzó a comprender lo ingenua que había sido, creyendo que aquella maravillosa esquina no encontraba la pareja perfecta porque nadie había entendido su generosa alma. Qué estúpida —pensaba —, hasta un negocio de tarros con humo de Chernóbil vendería allí cientos, tal vez miles. Pero no se trataba de eso, sino la impiedad que acaba con la ilusión de cualquier emprendedor, rehén de los vicios ocultos del sistema Róbin Judas.
Su sueño —se decía — había resultado ser tal que aquella fábula esópica que la contaban de niña: el cuento de la lechera; que ahora tocaba protagonizar a ella misma. El triste cuento de la florista con alma de cántaro, cuya legítima ambición de prosperidad y progreso se desvanecía en la fatalidad de una plaga de langostas.

Así, tras nueve intensísimos meses, Flor María, había caído en una considerable depresión. Estaba tan delgada, pálida, falta de descanso y desorientada que se plantó y dijo, como la O ‘Hara en la película de negros, ¡nunca más pasaré calamidades para que otros se lo lleven!
Dicho y hecho. Se puso en contacto con la gestoría para que activasen un plan que tenía dando vueltas en su cabeza algún tiempo. En la oficina, aunque sorprendidos por los términos de su llamada, atendieron lo que les solicitaba. Procedieron a dar de baja todo; liquidaron, con los restos de caja, hasta donde se pudiese los plazos y pagos que aún quedaban por hacerse al banco y proveedores, para después iniciar el expediente de vulnerabilidad de Flor María. Si todo marchaba como tenía entendido, en breve recibiría un salario mínimo vital, más que suficiente comparado con lo que hasta ahora había sacado en porfías con las flores. Total —se dijo — antes era yo quien pagaba todo eso.
Una semana después, en una mañana encapotada cercana al fin de mes, entre lágrimas y con las mejillas entumecidas, Flor, recogía en unos cestos de rafia los últimos efectos personales que tenía en el local. Lo demás ya había sido cargado en una camioneta que retiraba trastos y restos de stocks para obras benéficas. Al mismo tiempo que se personaba la agente inmobiliaria a recuperar las llaves y colocar de nuevo el anuncio de «SE ALQUILA», siempre bien visible en el vitral de un maravilloso local vacío que gritaba a quien quisiera escucharlo: ¡mirad, mirad, aquí hay un buen negocio para toda la vida, si sabes verlo!
No tardó mucho, sólo un par de días, cuando un joven que pasaba oteando por allí se detuvo pensativo. Tomó con su teléfono una fotografía del cartel. Sonrió y dijo, ¡eureka!, acabo de verlo y escucharlo, este es el lugar perfecto que estaba buscando para abrir la primera sucursal de mi futura gran cadena de riquísimas rosquillas sin agujero.
Y colorín colorado.










