LAS MARÍAS AUXILIADORAS

F. Garrido • 30 de agosto de 2026

LAS MARÍAS AUXILIADORAS



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© Fernando Garrido, 30, VIII, 2026


Atacar a la policía podrá ser considerado un delito de atentado contra la autoridad encargada de la protección y la seguridad de los ciudadanos, manteniendo el orden interno de un país; para lo cual, su actuación ha de ser proporcionada a la magnitud de la fuerza empleada por quienes quebrantan ese orden enfrentándose a sus garantes armados.

Sin embargo, enfrentarse al ejército es cosa de distinta y más grave naturaleza; es un acto de guerra contra toda una nación, porque el ejército es y ha sido siempre a lo largo de la historia el elemento o institución que en última instancia asegura y defiende las constituciones y leyes, la libertad, la soberanía territorial y existencial de un país o estado frente a la amenaza o agresión externa.

Por eso mismo, la respuesta ha de ser militar y requiere aplicar una fuerza desproporcionada y superior a la infligida por el atacante, ya que sólo así puede hacer valer la fortaleza de ese Estado, su superioridad moral y operativa (recuérdese, Perejil). Pero si el ejército no actúa tal que así frente al agresor, dada la magnitud efectivo simbólica que tiene conferida, estará cometiendo un espantoso delito de traición, cuyo mando (gobierno y alto estado mayor) será responsable.

Esta semana el ejército español registró en Ceuta una emboscada nocturna sobre cuatro de sus mílites desarmados. Un ataque sin respuesta inmediata ni posterior en orden a categorías abstractas de retorcido humanitarismo, que victimiza y legitima al individuo que viola fronteras bajo la premisa de que «ningún ser humano es ilegal», prescindiendo de la realidad concreta y factual de sus actos.

Tanto así de idiota es el argumento como que una piedra no es de suyo un objeto ilegal; sí, claro, pero ¿qué hay de los actos criminales que con ella se cometieren?

El cómico Gila denunciaría quizás en tal caso, con irónica prosodia especulativa que, una piedra está atacando a alguien...

Aunque lo sucedido no tiene ninguna comicidad.

No cabe mayor indefensión, bochorno, deshonor e indignidad para una nación que ver a su ejército actuando de chachas, babysitters, quitamierdas y marías auxiliadoras de una hueste de asaltantes, ante la que se rinde vapuleado con industria lítica (pedruscos), a la manera de aquellos prehistóricos homínidos de Cromañón.

Esa es la lógica traidora que ya avanzó un ministro socialista de defensa, nacionalizado y con sociedades sospechosas, fincas, palacios e intereses muy lucrativos en el extranjero; nos dijo, «es preferible morir a matar».

Una infamante declaración de intenciones (para los demás), que  habla de la corrupción moral, material e institucional que invierte los términos, considerando leal y amiga a la hostil potencia agresora, mientras que miente, insulta y acusa de xenófobo y violento al pueblo que trata de salvarse a sí mismo, resistiendo a la masa de invasores y ocupantes impunes por la deliberada ausencia del Estado.

Un Estado español que falla como tal y se presenta únicamente como fuerza gubernamental que ejerce su poder contra el ciudadano libre y sus bienes públicos o privados. Un gobierno que en cualquier circunstancia se alinea estratégicamente con todo aquello que permita su continuidad en la permanente estafa infrademocrática en que vivimos.




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