EL SIN EMBARGO SIN VERGÜENZA
EL SIN EMBARGO SIN VERGÜENZA
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© Fernando Garrido, 1, VIII, 2026
Tocar las narices a quien no debes ni conviene, para ir de guapo supermán que salva al mundo del mal, tiene consecuencias si el mamarracho con el calzón rojo puesto sobre las mallas de fitness, resulta ser el tramposo y desleal presidente del gobierno de una nación aliada.
Y basta ver como se expresa altivo y balandrón ante los amigos OTAN, y ayer cobarde en Ceuta, titubeante, timorato y servil a su señor feudal, el enemigo moro invasor.

Dicho esto, cuando, el sin embargo ni vergüenza marido de Begoña, tiene el cuajo de echar las culpas a las mafias de lo que es un indiscutible acto de guerra híbrida, habría que interpretarlo —a fin de no enfermar de ira—como una repentina buena disposición por auto inculparse. Es decir, hacerse un Aldama, dado su conocimiento, pertenencia y condición de jefe de la cosa cloaca.

Pero si no, es insultar con ensañamiento a la párvula inteligencia. Pues, que nos esplique cuál es el beneficio que unas mafias tan espabiladas puedan sacar a miles de invasores o emigradores ilegales que recorren por sí solos, a nado y a pie, un par de kilómetros costeando. No sé, quizás les venden los flotadores de goma y calzado para rocas, o les cobran por propinarles un beso tierno y un adiós antes de partir.
Es una estúpida posibilidad, pero quién sabe... Pregunten a Zapatero, que conoce bien el arte de cobrar tieso por la oralidad de unas palabrejas irrelevantes en un momento de inquietud...
Difícil y paupérrimo beneficio mafioso veo a esa pacotilla. Entonces ¿no será que la mafia más gorda de todas, la dictadura marroquí, actúa para demostrar lo que puede hacer? He ahí, Mohamed, el auténtico autor material e intelectual de la invasión, la extorsión y advertencia clara sobre la soberanía de Ceuta y Melilla.

Aunque no cabe esperar que, ni por un atracón de tiopental, Pedro vaya a atreverse a decir verdad e incomodar a su obligado rey, el baladí norteafricano, siquiera con una leve acusación pactada para quedar indigno a medias...
Pero, como el sin embargo ni vergüenza hermano de David, es una sima sin fondo de creatividad para mentir, evacuar culpas y responsabilidades sobre otros, también ha apuntado —cómo no— a su preferida: la justicia. En este caso acusa al tribunal supremo por una sentencia que, según él, habría desencadenado un «efecto llamada», tan espontáneo, como imposible, dada la magnitud logística y sincronía de setenta mil asaltantes organizados.

Y resulta lacerante que el hacedor de la mayor regulación masiva de ilegales, sin ningún rigor, achaque a otros el «efecto llamada» que él mismo lleva alimentando meses.
Como quiera que sea la vaina, España hoy, por esta y otras causas de Pedro, está apestada; representa un problema para la de por sí débil y desorientada Unión Europea, provocando ayer la más que preocupante quiebra del espacio común Schenghen.
El de Begoña, sin embargo ni vergüenza, nos viene arrastrando desde hace tiempo a ser considerados un
rogue state, un país gamberro, canalla, irresponsable y traidor, e incluso virtualmente alineado en los BRICS.

Lo peor es que la podredumbre del sin embargo cobarde y sin vergüenza, está cada vez más desquiciada y fuera de control, y quizás —no hay que descartarlo— una ruptura significase una ventana de oportunidad a su supervivencia fuera del escrutinio u homologación democrática del estado de derecho y de la comunidad internacional.

Pues una España en sus manos, rota, aislada y victimizada, le conviene para no someterse a las ataduras que hoy por hoy impedirían dar un vuelco al régimen constitucional del 78, lo que facilitaría su huida adelante hacia la república bananera y plurinacional que tiene agendada en su suelo pélvico, para entronarse sine die.
Atentos pues, la invasión de Ceuta no ha hecho sino empezar, es sólo el primer acto. Los servicios de inteligencia lo conocían, pero no se hizo nada. Cabe preguntarse por qué, y si los delincuentes, invasores e ilegales gritan «viva Pedro Sánchez», pero el llano pueblo español lo identifica como «traidor, hijo de puta», se contesta fácil y resulta terrible.











