SINÉCDOQUE FUTBOLERA
SINÉCDOQUE FUTBOLERA
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© Fernando Garrido, 20, VII, 2026
El partido, digan lo que digan, un solemne y mundial tostonazo de aupa: mucho dominio, demasiada defensa; poco Messi, ni tampoco Yamal; el uno no acaba de morir y el otro no termina de nacer. Y, lo peor, que nadie la enchufa ni cuela durante los noventa, más los quince y otros cuatro minutos de añadidura hasta que, alabado sea Dios, en el ciento trece nos santiguamos porque quizás no hay que acudir a los penaltis.
En fin, son las cinco de la madrugada, escribo esta crónica mientras aún discurren bajo mi balcón gentes muy heridas de celebrarlo, con cánticos destemplados, entonando berridos de ganado salvaje e indios de las praderas. Es la España que grita y madruga porque siquiera se acuesta.

Vuelvo al asunto. Al parecer, aun con vaticinio de un hipopótamo pigmeo, casi todas las finales futboleras se resuelven con sinécdoque. Es decir, el todo por la parte, en la prórroga o en la ruleta de lanzamientos desde los once metros. Y digo yo, por qué no, abreviando, se empieza por ahí y luego si eso ya se juega el partido, como de propina, en plan amistoso. Así cada cual según su aguante se queda o se marcha a la cama conociendo el resultado, sin soportar (de sopor) todo ese dilatado tiempo basura reglamentario, con pausas de hidroterapia, Shakiras aguachirri, infancia corista y publicidad, en que no pasa nada y menos de lo que queremos ver. Porque el fútbol de hoy es pesadísimo, extremadamente técnico, reservón, más dependiente de lo defensivo que de lo ofensivo, lo cual ofende la paciencia del espectador y aficionado que desea espectáculo.

He visto pocos partidos de este Mundial, casi ninguno entero, pero me he llevado la misma impresión: un equipo, el mejor armado física y técnicamente, domina, reside en el campo contrario, pero se topa siempre con la zaga en
catenaccio de la otra escuadra, la menos dotada e inferior talento, aunque muy ordenada y tácticamente hábil en la defensa; es lo que llaman poner el autobús ante la puerta.

Así las cosas, puede transcurrir una eternidad, o dos, sin goles, que son la salsa del balompié, sin ellos carece de diversión y cada encuentro se torna correoso, especulativo, previsible en su cálculo de probabilidades, basado no en el acierto propio sino en el fallo contrario.
Lo dicho, un coñazo que, en el caso de eliminatorias y finales que no pueden terminar en empate, se resuelven en prórrogas o tiempos de descuento agónicos, donde el fallo acontece por falta de fuerzas, extenuación y cansineo o, peor aún, finalizan en tandas de penaltis, cuya justicia ya me dirán si no es harto azarosa y espiritualmente antideportiva.

Hace unas horas, España ganó su segunda estrella mundial y nos alegramos con avaricia, incluso algunos más de la cuenta, abrazando esquinas y farolas de regreso a casa.
Sí, mereció ganar nuestra selección y, sin embargo, venció pudiendo perder en cualquier tris de bellaca lid. Ya se sabe, a un argentino se le conoce por lo mucho que dice valer y no por lo que cuesta su motosierra de segar. Lo siento por Milei, sin duda un gran tipo.

Enhorabuena a la rojigualda y vuelvo al balcón. Lo abro para ventilar. Son ya las seis. La barahúnda parece haber cesado. Los empleados de limpieza municipal arrastran las basuras y vidrios estropiciados con el potente chorro de su manga riega. Pasa un último contento blasfemando insondables cánticos en arameo. Y pienso: si yo tuviese esa manga, cuantas ranas no regaría... In vino veritas, in aqua sanitas. Agua va.










