CLIMATISMO EN TRES MOMENTOS

F. Garrido • 28 de julio de 2026

CLIMATISMO EN TRES MOMENTOS


© Fernando Garrido, 28, VII, 2026

 

Momento primero

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Cada verano tiene su aquel, pero hay algo que repite y se comenta con un dogmatismo recalcitrante que merece no menos crítica, aunque nos cansemos a veces de hacerla, porque el adversario nunca cesa en su empeño demagógico por confundirnos la razón práctica con la pura desazón.

Esto, por tanto, requiere al menos la extensión de tres momentos para explicarnos esas llamas que son la potentísima materia visual panorámica, que incesantemente alimenta el mayor espectáculo de terror que las pantallas puedan ofrecernos, donde se intercala la propaganda explícita, implícita o subliminar, interesada en que aceptemos dócilmente los productos expresionistas, abstractos y surrealistas de la política ambiental que pinta a la naturaleza con la promesa de un nuevo amanecer de las especies en un paraíso totalitario pero seguro.

La industria de la ficción ya encontró antes del inicio de siglo en la meteorología un género de éxito, tal como lo fuese en su época el western, los péplums o esa ciencia ficción que recreaba otros mundos y galaxias con maquetas de cartón piedra, que tuvieron gran efecto popularizando y extendiendo el fenómeno UFO a la vida cotidiana, e incluso a través de las ondas radiofónicas, provocando situaciones de pánico real (recuérdese la guerra de los mundos, de Orson Welles).

Más recientemente aparecerían las pelis de apocalipsis postnucleares con la saga de los Simios y demás, que en su momento alimentaron al movimiento pacifista hippy y el «nucleares, no gracias», serigrafiado (contra ese tipo de energía) en chapas y camisetas.

Pero ahora, escindido de lo fílmico, las secuelas de los relatos fantásticos de terror profético han pasado a ser materia diaria de seguimiento fan (fanático), en las agendas de bloques políticos, etiquetas comerciales, documentales, medios informativos y de cultura de masas.

Narran que si no perecemos abrasados de calor o de frio, será ahogados en las aguas desbordadas, o tragados por terremotos resultantes del fráking o envenenados por microplásticos. Pero hace sólo unas décadas las profecías apuntaban a que moriríamos —porque en estos vaticinios mueren casi todos— de hambre por la superpoblación del planeta o achicharrados por los ya olvidados boquetes de ozono —que, por cierto, han desaparecido de manera espontánea para decepción de quienes gustaban del argumento—. En fin, se trata, en definitiva, de cobrar la entrada o la reserva anticipada de butaca para el más allá, antes de que nadie escape sin pagar de la vida hacia ese lugar donde no podrán seguir vaciándole el cerebro ni la cartera.

El gran lanzamiento fundacional del reality meteorológico fue la producción, Una Verdad Incómoda (An Inconvenient Truth, 2006), docudrama patrocinado por Al Gore, cómodo magnate de la contaminación minera y exvicepresidente de los Estados Unidos, que buscaba alertar y educar a los ciudadanos sobre la amenaza cierta del calentamiento global, para convertirlo en taquillazo y negocio de fe.

Desde entonces el susto no ha hecho otra cosa que crecer al mismo ritmo que se multiplican las grandísimas fortunas y poderes construidos o acrecentados en torno a un fenómeno que no cesa y aumenta, mientras la población mundial empobrece y decaen las libertades ciudadanas, sobre todo en el lado occidental donde la producción industrial y las actividades mineras, forestales, agrícolas y ganaderas se ven restringidas y gravadas sin límite, así como los costes y precios de los productos o servicios.

La última gran aportación de esa Europa incapaz —salvo el legislar contra los europeos—, es imponer otra tasa —la enésima—, en esta ocasión sobre los envases, en el marco del nuevo sistema de retorno. Pues, a partir del próximo 12 de agosto, los bares, restaurantes, tiendas y supermercados en España estarán obligados a ser recaudadores de un recargo de 10 céntimos por cada lata, brik o botella de plástico de un solo uso. La exacción —otra más—será milmillonaria de necesidad, amparada en el remedio, cuyo extraordinario éxito acumulado es que no se ha logrado aminorar ni una centésima de grado la media ambiental del continente. Al contrario, aumenta a pesar de —y, diría que, gracias a— los remedios sacrificiales exigidos a las clases bajas y medias, progresivamente en vías de homogeneización hacia abajo, como castigo y redención por el uso y abuso del estado del bienestar que prometían las mismas instancias que hoy inducen a la emergencia de su desmantelamiento necesario.

Ante la silenciosa evidencia del fracaso, sin embargo, se insiste con contumacia y se proscribe cualquier atisbo de disidencia, acusada de ser una especie de fascismo filosófico de nueva generación, que es, sin embargo, el espejo fiel del que emergen los acusadores. El presente artículo constituye —sin ir más lejos—, según aquellos, una apostasía herética, ya que no cabe albergar otra hipótesis que la tesis oficial interesada en soslayar que existen y ha habido siempre ciclos o cambios azarosos e imprevisibles en el universo. La novedad es que nunca se tuvo el desparpajo de cobrar por el aire que se respira a cuenta de las contingencias y fenómenos más o menos naturales.


Segundo momento

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Así las cosas, la fortuna de los dogmas ambientales gore viene sustentada por la validación universal de hechos o fenómenos observados y cuantificados parcialmente, considerados como un todo que desprecia y reemplaza a la enormidad de los múltiples factores que son —hoy por hoy y quizás por siempre— no mesurables e inabarcables práctica ni teóricamente por la ciencia actual, e inasequibles en su complejidad causal a los soberbios afanes de absoluta certeza científica.

Se trata, en definitiva, de extraer un momento bárbaro y verdadero contenido en una epopeya de lo falso, donde el número 2030 es el marca páginas de una urgencia falaz e imposible de cumplir, aunque un eficacísimo instrumento para conducir la mente de la sociedad hacia una obediencia ciega, justificada en el miedo y la asunción de responsabilidad por cada catástrofe, que ha de ser aceptada como retribución evitable mediante la renuncia al actual sistema de progreso y desarrollo vital, que ha de ser obligatoriamente sustituido por otro modelo de irresistible necesidad —aunque benigno terriblemente— que nos salvará de nosotros mismos, descubriendo en el Hombre —como Hobbes— a un lobo individual y colectivamente incapacitado por su propia naturaleza atroz para la libertad.

En España, e incluso en esta gélida Invernalia llamada Burgos, los veranos son mucho más calurosos. Es una bochornosa evidencia empírica que nada dice en sí misma del vínculo causa-efecto indemostrado que se pretende, y sería más lógico buscarlo, por ejemplo, en una mayor actividad del Sol, fuente indiscutible del calor terrestre, o en la variación cierta y comprobada del eje de la Tierra respecto a aquel. Pero seguramente puedan existir otros muchos factores en el sistema solar y planetario ajenos al Hombre. Por tanto, lo que debería de estar haciendo la humanidad es prepararse para subsistir técnica y tecnológicamente en la nueva era geológica, si es que el calentamiento global se verifica de manera sistémica en adelante.

Sin embargo, encontramos que, en la poderosa idea conceptual de cambio climático de raíz antrópica, reside una retroalimentación y amplificación efectiva y afectiva del fenómeno, causado —en esto sí— por el ser humano, a través precisamente de las políticas radicales y erráticas que se aplican para supuestamente combatirlo.

El caso más palmario se evidencia en los incendios que cada verano convierten a la España verde en una gigantesca barbacoa que, como explican los expertos no gubernamentales e independientes (por ejemplo, véase, Francisco Castañares), se deben al despiadado intervencionismo pasivo que prohíbe el tradicional cuidado y sistemática planificación y explotación del territorio, considerado ahora como museo de las ciencias naturales o, mejor dicho, de las ciencias salvajes independizadas del ser humano...

Por eso estamos ante incendios claramente provocados —e incluso intencionados— por la acción y omisión del gobierno que gestiona la llamada emergencia climática, alimentándola a capricho de la ideología totalitaria utópica —abiertamente incendiaria y criminal— que lo soporta.

Esa es la verdad incómoda que crepita tras las llamas que recorren nuestro país, alimentadas por los millones de toneladas de paja deshidratada y a merced de su contemplativo abandono ecológico, tan combustiblemente crujiente como el carbón leñoso en un brasero crematorio.

Imágenes episódicas de veras inquietantes, que invitan a reflexionar sobre el porqué se ha emprendido el tuerto camino de sacrificar y embelecar a la sociedad con el abrasador espectáculo, en lugar de prepararla en la medida de lo posible para lo real e inevitable de los cambios y efectos que escapan a nuestra voluntad y capacidad destructiva.

Todo ello confirma que la nuestra es exactamente esa sociedad del espectáculo que describía Guy Debord como, «la reconstrucción material de la ilusión religiosa». Así pues, el espectáculo de las llamas forma parte del «discurso ininterrumpido que el orden actual mantiene sobre sí mismo, su monólogo auto elogioso; es el autorretrato del poder en la época de su gestión totalitaria de las condiciones de existencia». Una existencia donde «lo permitido es lo absolutamente contrario a lo posible».



Tercer y último momento

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Regresando a la inmediata actualidad, da miedo, a la vez que hilaridad inútil, escuchar el grandilocuente pacto de Estado que ahora propone y propaga aquel coloso de carne y hueso que ya se consume ardiendo en llamas, pero que se nos presenta como la energía útil, renovable por otros «cuatro años y más allá» para salvarnos a todos de sus propios infiernos, de las miserias, la corrupción y condenas habidas y por llegar.

Cuando, tras ocho años de poder, viene a hablar de «pacto de Estado por la emergencia climática», es en realidad su emergencia personal por evacuar responsabilidades del desastre, no solo en materia medioambiental, sino fiscal, presupuestaria, vivienda, inflación, pensiones, inmigración...

Porque cuando plagia y habla de «prioridad nacional» se refiere al sí mismo ante el espejo, y cuando se refiere a «refugio climático» habla de una cortina de impunidad para resguardarse contra la Ley, junto a parientes, contadores de nubes áulicos, urnas, nietos y votos apócrifos por correo postal.

¿Un pacto? No, gracias. Pacte usted, como ya hizo, con esa investidura suya de la vergüenza.

¿Pacto? No, gracias. Pactar con el pirómano es pactar con todo el combustible fósil caribeño y la pólvora china, junto a la gomadós vasca y la mecha catalana que lleva adosada en la mochila.

¿Negación? Sí, por supuesto. Negación humanista, ética, racional y rotunda a la afirmación dogmática, incendiaria y criminal hacia nuestras aguas, bosques, campos, montañas y la vida activa de sus pobladores. Y, contra lo que clamorosamente quieren hacer creer, vamos siendo mayoría la beligerante legión situada en esa parte del No que, queriendo, se entiende.


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