EL ULISES DE NOLAN

F. Garrido • 30 de julio de 2026

EL ULISES DE NOLAN


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Fernando Garrido, 30, VII, 2026


Ya no se va al cine como antes y menos que anteriormente a ese antes y a otros sucesivos anteriores hasta remontarnos, entre las brumas tejidas en la memoria, a aquellas ciudades en que existían varios cines en el centro y en los barrios, con patio de butacas, gallinero y una gran pantalla que competía por proyectar en ella la mejor cartelera de la semana...

Es esta la hora y el ahora del cine en casa; home cinema en televisión plana de muchas pulgadas con conexión a plataformas o, en su defecto virtuoso, vencer perezas y acudir a las salas múltiples de centros comerciales, adaptadas para un público más reducido, porque ya no nos va tanto salir al cine.

Sin embargo, hay títulos, sagas o directores que conmueven y provocan la ansiedad suficiente para que el público acuda al cine para contarlo cuanto antes, sin tener que aguardar al streaming. Por ejemplo, esta temporada lo son el Torrente-Segura y el Odiseo-Nólan. Esta última, La Odisea homérica, la que no me he querido perder, aunque debo de decir que la experiencia no ha sido ciertamente gozosa, ni tampoco para lanzar hortalizas, pero sí una crítica no demasiado grata teniendo en cuenta las expectativas y consiguiente decepción.

Es por ello que tenía iniciado un artículo a tal propósito cuando, a través de un buen amigo periodista, Frido, me llegó un opúsculo crítico analítico de otro su amigo, Iván Dragoev, en el cual estaba ya escrito buena parte de lo que un servidor hubiera puesto y seguramente peor. Así que, me dije, para qué gastar horas y tristezas; pedí permiso para publicarlo y aquí está, a continuación, para que quienes tengan interés lo den una lectura. Advirtiendo de que el texto es bastante extenso, que está traducido del original en cirílico y, a fin de no demorar la novedad, no lo he corregido como debiera ni tampoco pasado a audio. Aun así, es íntegro lo que sigue bajo el título de, Salvemos al soldado Nóland.



SALVEMOS AL SOLDADO NOLAND


Por, Iván Dragoev


Hace dos días vi la película "La Odisea" de Christopher Nolan. Por el bien de mi salud mental, intenté dejar mi mente en casa.

Gracias a este gesto desesperado, pude tragarme el caballo de Troya, el armamento que era una mezcla ridícula de loriga segmentada de legionarios imperiales romanos y armadura medieval.

Los barcos vikingos en lugar de trirremes (aunque entre esto últimos y los barcos acayos hay unos 7 siglos de diferencia) empezaron a ser una prueba que superar los límites de poco mi templanza voluntariamente robotizada. Los drakares vikingos eran solo tres. Es cierto que la flota de Odiseo era una de las más humildes. Por esto el gran director tuvo toda la razón de no gastar parte de su presupuesto de 250 millones en una simulación holográfica de 12 barcos.

Pero como premio de consolación los barcos tenían velas rojas. El efecto estético es deslumbrante. Me quede tan deslumbrado que casi olvide de que en la Antigüedad el color rojo estaba reservado exclusivamente para dioses y reyes.

El uso de la purpura por un simple mortal es una transgresión de la justa medida (MEDE AGAN - nada demasiado): Era considerado como acto de arrogancia y orgullo (Clitemnestra logró persuadir a su marido Agamenón para que pisara una alfombra roja y así le quitó la protección a los dioses para poder matarlo) ...

Supongamos que, desde un punto de vista cinematográfico, es lógico que en los barcos los soldados se vistan con armaduras para remar... Me gustaría ver cómo podría pasar esto en el mundo real con 30 grados de temperatura y con una armadura de bronce que pesa entre 10 y 15 kg. El remero sufriría un golpe de calor literalmente en menos de media hora si primero no se convirtiera en una sardina marinada en salsa propia o en un trozo de lomo escabechado.

Los cascos por si solos son todo un poema. Mi favorito es el de Agamenón, que, pobrecito, se encuentra convertido en una mezcla absurda entre Dark Vader y Batman. Pero cuando entra en Troya impresiona. Todo el ejercito griego se acerca a las murallas sin que ningún vigía los haya visto y están esperando tan solo que el regimiento de fuerzas especiales del caballo de Troya les abra las puertas de la ciudad. Es casi tan emocionante como cuando Dar Vader entra en la capturada nave de la república en búsqueda de la princesa Lea.

¡Hágamos acto de fe! ¡Hay que comulgar y tragarse beatamente la ostia de la necesidad artística estética, que justificada por la belleza del contraste entre el casco corintio de cobre del siglo V y los pómulos negros de un auténtico heleno de origen africano, indio o del este asiático! Todo en el nombre de la santa multiculturalidad. Es más bonito y además más políticamente correcto.

Las escenas militares desde un punto de vista puramente estratégico son un completo absurdo. Exclusivamente combates con espada y absurdos e imposibles tiros con arco. La lanza y el escudo casi no existen, aunque eran las principales armas de los helenos. ¡Qué importa! A cambio tenemos bonitas batallas al estilo las Tortugas Ninja con elementos del arte marcial de Jason Bourne (no olvidemos que este es uno de los papeles de culto de Matt Diamond).

¿Qué cosa más normal que la escena en el reino de Hades debería parecerse al menos un poco a Resident Evil? Así los niños acostumbrados a los zombis, no tendrán miedo.

Todo esto y mucho más estaría dispuesto a tragarlo por el placer de ver una película épica.

¿De qué me serviría mi conocimiento histórico? ¿Enfadarme con lo inverosímil en el nombre de una pretendida verdad histórica que tampoco existe?

¡Olvídate hombre! ¡Hay que disfrutar del bonito espectáculo épico!

Cristofer Nolan hace una apuesta admirable por su audacia: lo verídico simplemente brilla por su ausencia. Y esta elección estética y artística seria completamente aceptable si el director no actuase y jugase a un nivel completamente diferente.

¿Por qué no rodar en el Mediterráneo sino en el paisaje puramente septentrional de Islandia?, ¿Qué ganamos en representar a la hija de Leda   "de brazos blancos", a la mismísima Elena de “hermosos rizos rubios" y por su hermana Clitemnestra por una misma actriz negra que en la escena del asesinato de Agamenon es digna de un Oscar de serie B de películas de terror?   

Hay que admitir que todo esto no es casual, no es una negligencia ni equivocación.

De la parte de Nolan es un movimiento brillante de prestigiador. El auténtico objetivo es provocar un debate "racial" y defender los valores de lo "políticamente correcto".

Parémonos tan solo a un pequeño detalle insignificante:  Se supone que todas los bravíos quereros de Ulises provienen del pequeño y discreto islote de Ítaca.

Pero esto no nos impide encontrar entre ellos africanos, indios y centroasiáticos.

Si empezamos a criticar todos estos, y muchos otros detalles que son ridículos de por si entraremos en una batalla perdida de antemano. Nolan obviamente quiere desafiarnos. Impone el tiempo el lugar y el supuesto tema del debate sobre la multiculturalidad el género y la tolerancia. Lo importante es que se hable de esto no de Homero y de Ulises. Así nos perdemos lo más importante: el juego sutil a nivel arquetípico, la sustitución de los códigos culturales y los problemas básicos de la identidad europea y humana en general.

Volvemos al principio: para ir a la película había dejado mi cerebro en casa.

Había desarmado todos mis instintos históricos, filosóficos y filológicos. Quizás precisamente por ello, sentí una ingeniería intelectual bastante exquisita que se encontraba más allá de mis defensas intelectuales habituales. Era como un intento sutil, muy amable y muy agradable de reemplazar todos mis valores humanos y culturales fundamentales.

Llamar la atención sobre el multiculturalismo, los temas de género, la moralidad patriarcal del machismo blanco, no es más que una distracción exquisita: mira mi mano derecha, mientras te estoy te robando con mi mano izquierda.  

El propósito principal de la película es ofrecernos o mejor dicho, imponernos un nuevo tipo de relación con los arquetipos fundamentales de lo humano, nuevos. Me parece que aquí lo principal es reemplazarlo todo en el espacio simbólico.

Hay que ajustar nuestra relación simbólica con arquetipos como:

-       La relación entre la violencia-poder

-       El precio del retorno a una comunidad pacífica tras la guerra

-       las modalidades de la memoria y del olvido

Para no darse cuenta de los cambios impuesto, para normalizar todo este proceso se deja la posibilidad de involucrarse debates mediocres. Cuando más apasionados y violentos mejor.

Todas las provocaciones por parte de Nolan pretenden distraer nuestra atención para dejar el campo de la ingeniería psicológica y social libre de obstáculos.

Ideológicamente la película "La Odisea" está directamente relacionada con la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de París. Para muchas personas se trata de una especie de revolución "cultural" impuesta por la fuerza, el desprecio y la complacencia de impunidad de lo políticamente correcto.

La burla flagrante de la santidad de la Última Cena y del texto evangélico un profundo rechazo en millones de católicos.

En cuanto a fuerza y perversidad, el ataque de Nolan no es inferior a la grotesca puesta en escena de Thomas Joly en la apertura de los Juegos Olímpicos de París.

Con una diferencia fundamental: ¿quién puede defender a Homero y a sus personajes cuando en la escuela solo se enseñan resúmenes desangrados en catalán o en vasco o en gallego?

El hecho de que hubiera apagado mi cerebro, que hubiera bajado voluntariamente mis “defensas” críticas” para evitar debates absurdos con los dogmas morales de Hollywood, hacía parecer que sentía con todo mi cuerpo y mente (aliento, alma, vida) el proceso irreversible que las imágenes en la pantalla me imponían.

Era como si alguien rompiera las vértebras de mi columna vertebral una a una. Sin prisa, pero sin pausa. Con deleite. Las molieron en harina para que siguiera viviendo como un molusco sin espina dorsal. Un gusano que puede atravesar cualquier obstáculo. Quizá más bien una medusa que puede ser llevada libremente por las corrientes (¿neoliberales?) de la vida. ¿No es eso lo que Calipso ofrece al Odiseo de Nolan?

Quizá este sea un buen punto de partida para describir al menos parte de la psicoingeniería hollywoodiana.

La Calipso de Nolan aparece con una prenda de red de pesca, al estilo de Rachel Wells. Pescaba peces (olvidando oportunamente que, siendo diosa, tendría que alimentarse de ambrosía). Trata el trauma psicótico posbélico de Odiseo con las flores de loto (teniendo en cuenta que la escena con el loto transcurre en una isla completamente diferente y en un mundo completamente distinto).

El Ulises de Nolan está drogado y amnésico. La buena enfermera Calipso le trata de su adicción a las drogas, reduciendo gradualmente las dosis de loto con las que se atiborra para olvidar los horrores de la guerra... es culpable de idear el plan de la toma de Troya y de la masacre que sigue, de destruir las leyes de Zeus, que convierten a los griegos en los llamados PUEBLOS DEL MAR. SI NO ES VERO ES BEN TROVATO, "si no es verdad, suena bien".

En nuestro caso, suena a pesadilla porque implica la creación de absurdos como una "nación griega" en el siglo XII a.C., "la conciencia del final de la Edad del Bronce", "la conciencia de que he pasado de un actor histórico a uno completamente diferente”. Queda que confiemos en el psicoanalista de Noland.

Pero no nos distraigamos de lo principal. El Ulises de Nolan derrama algunas lágrimas mientras comienza a recuperar la memoria y a darse cuenta de los horrores que ha cometido durante la guerra. La buena enfermera Calipso sugiere que se quede con ella en la isla paraíso y no busque volver a un lugar donde aparentemente nadie le espera.

En otras palabras, el Odiseo de Nolan es como un marine norteamericano en un centro de rehabilitación, con una sexy diosa enfermera que, además, se enamora de él y está dispuesta a hacer cualquier cosa solo para quedarse en Ogigia (su isla).

En otras palabras, Calipso le ofrece la inmortalidad del anonimato. Para ello, solo tiene que olvidar su nombre, dejarse llevar por la corriente del placer siempre recurrente.

¿No es este un sueño realizado del Proyecto de Inmortalidad de Gilgamesh, en el que las personas más ricas de Silicon Valley invierten miles de millones?

El precio de la inmortalidad es el olvido (en griego, el nombre Calipso está relacionado con el verbo "καλύπτειν" “caluptein”: ocultar, atenuar la luz, que en el lenguaje poético es sinónimo de muerte).

Si hubiera permanecido oculto en la isla paraíso, lejos de los ojos de mortales y dioses, Odiseo podría haber recibido la juventud eterna, pero haber perdido para siempre la gloria inmortal (κλέος ἄφθιτον) KLEOS AFTITON ganada en sus incontables aventuras. Ulises elige tomar el camino hacia Ítaca y regresar con la mortal Penélope. De este modo, su mirada puede seguir inmortalizando a doncellas como Nauzicaa y hacer que las diosas quieran encontrarse en la piel de un mortal, al menos por unas horas.

¿Por qué Ulises eligió volver con su esposa? ¿Por amor a Penélope o por amor a la fama?

De hecho, sin volver con su esposa, su fama permanecerá para siempre enterrada en el olvido.

Homero deja esta pregunta sin respuesta. Pero nos da una pista:

El magnánimo Ulises no estaba con ella: seguía como siempre en sus lloros, sentado en los altos acantiles, destrozando su alma en dolores, gemidos y llanto que caía de sus ojos atentos al mar infecundo.


Canto V versos 80-85

 

Cuando Hermes viene a informar a Calipso de que debe liberar al hijo de Lejar de su pesada "cautividad sexual", descubre su isla de cuento de hadas: una cueva rodeada de chopos, pinos y cipreses. De la gruta brotan cuatro manantiales que desembocan en un campo de violetas y perejil.

Calipso está tejiendo y canta. De la misma manera que Circe y Penélope. De este modo, ambas diosas entrelazan los hilos de los tejidos con los de la eternidad. La mortal Penélope parece haber congelado el tiempo, porque lo que se hila durante el día se deshila por la noche.

La único que perturba la armonía de esta imagen de cuento de hadas es el llanto  de Odiseo.

En lugar de aceptar la inmortalidad que le ofrecen, el llora  como un bellaco y sus lágrimas saladas nutren las aguas saladas e infecundas  del mar.

En la medicina hipocrática, la pérdida de líquidos y de fluidos concentrados como el semen y las lágrimas conduce a un envejecimiento prematuro y a la muerte eventual.

Llorar como un bellaco es la única forma posible de que Ulises renuncie a la perfección ideal del aburrimiento divino eterno, inherente a la inmortalidad, a su repetición irrevocable. Ser mortal y vulnerable implica la apertura hacia un horizonte en el cual nos podemos cruzar con la alegría y el dolor. Es entrar en el tiempo y, por tanto, en el envejecimiento y la muerte, que son tan inherentes a nosotros como la vida. Llorando, Ulises defiende su mortalidad y memoria como condición de posibilidad para la humanidad.

El llanto del Odiseo de Homero canta la memoria, mientras que las raras lágrimas de Matt Daimon son destellos de culpa en la niebla del olvido.

La amnesia y la falta de memoria histórica son requisitos necesarios para romper la columna vertebral de los pocos valores humanos que quedan. La presencia de valores, de apego a estructuras tan "sólidas" como "género", "familia", "patria" son inaceptables en un mundo multicultural de flexibilidad y adaptación.

La memoria es un requisito previo para el pensamiento crítico, para defender mi propia opinión (y no "mis propios sentimientos" los que me inculcan las redes sociales).

Sin memoria, es imposible que haya coherencia, actitud constructiva y lealtad. Todo ello puede sacrificarse fácilmente en nombre de la «autenticidad».

Las lágrimas de Odiseo son el precio de preservar la memoria, no solo una vaga sensación de culpa por algo en lo que sinceramente creía, siguiendo ciegamente a un ideal lejano.

Las lágrimas en la obra de Homero son una expresión de fortaleza. Son inherentes a todos sus personajes heroicos: la mitad de su vida Aquiles lucha y se enfada, y en la otra mitad llora.

Tras la destrucción de la "santa Troya", Odiseo no puede regresar y seguir siendo simplemente el padre de Telémaco, esposo de Penélope y el pacífico rey de Ítaca. Diez años es el tiempo durante el cual debe lavar la sangre derramada en Troya y tener cualquier mínima posibilidad de empezar una vida normal y pacífica.

Pero en la Odisea de Homero, el hijo de Laertes nunca se arrepentirá de lo que ha hecho, como Noland quiere sugerirnos.

Cuando Demódoco, en el palacio del rey de los feacios, Alcinoo canta sobre la caída de Troya, y Odiseo vuelve a llorar:

Tales cosas contaba aquel ínclito aedo y Ulises consumíase dejando ir el llanto por ambas mejillas.

Como llora la esposa estrechando en el suelo al esposo que en la lucha cayó ante los muros a vista del pueblo por salvar de ruina a su patria y sus hijos; le mira que se agita perdiendo el respiro con bascas de muerte y abrazada con él, grita y gime; la hueste contraria le golpea por detrás con las lanzas los hombros y, al cabo, se la lleva cautiva a vivir en la miseria y en pena con el rostro marchito de tanto dolor; así, Ulises, de sus ojos dejaba caer un misérrimo llanto.

Sin remordimientos, ni conciencia, ni el sufrimiento de la viuda. Ni un ápice de remordimiento ni de compasión por una viuda cualquiera.

Las mujeres son lo que los guerreros defendían aún más que el baluarte de la ciudad. Una vez la batalla perdida, del bien más preciado, las mujeres se transforman en mero botín, en recompensa dulce y apreciada para los esfuerzos el vencedor. Es una relación lógica elemental de causa a afecto. 

Homero simplemente pone un signo de igual entre esta mujer y Odiseo.  Sin consideraciones morales baratas ni sensiblería hollywoodiense.

Esta mujer que pierde su marido en parte gracias a la obra de Ulises pronto será violada, convertida en esclava y perderá todo atisbo de esperanza, salvo el de la posible benevolencia de su futuro amo. Aunque se llamase Andrómaca y el cadáver fuese el de Héctor, aunque Ulises matase delante de sus ojos a sus hijos es algo normal. Simplemente un efecto colateral.

De la misma manera, en las circunstancias actuales lo ocurrido con Odiseo no es más que un efecto colateral.

Odiseo ya no es uno de los principales héroes de la Ilíada; se ha visto reducido al papel de rehén a merced de la voluntad de «mujeres» como Calipso, Circe, Atenea Palada e incluso de una joven como Nausicaa. Se ha convertido en un mendigo. El héroe de la batalla de Ilión solo puede confiar en la benevolencia y la generosidad de Adraste, la esposa de Alcinoo quien, de hecho, ostenta el poder real en Esqueria.

Sus lágrimas son, una vez más, un signo del contacto entre la conciencia y la memoria: la defensa de una identidad a través de la vergüenza (aidos). El pudor de que el estado en el cual me encuentro ahora mismo no es digno de mí mismo.

Pudor, dignidad, memoria.

Estos son los valores que ya no tienen cabida en la visión del mundo impuesta por Hollywood. Impiden que el ciudadano se convierta en un consumidor que delegue la responsabilidad de tomar decisiones en la nueva deidad llamada «inteligencia artificial». 

Por eso, el Odiseo de Homero, el astuto héroe de la memoria y del retorno, debe ser reescrito, ajustado a las nuevas realidades.

Es una pena que esto se haga con la ayuda de Matt Dimon, alguien que me gustaba como actor...

Pero aparentemente Homero y su Odiseo son una cuchara demasiado grande para las bocas de este actor y de este director.


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