LO DAO, POR LO QUITAO

F. Garrido • 20 de febrero de 2026

LO DAO, POR LO QUITAO


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© Fernando Garrido, 20, II, 2026


Su apariencia es más bien la de un pensionista que quizás fue fontanero, o encargado de almacén, o vigilante en un polígono industrial, o también, por qué no, el cartero de tu barrio. Su imagen es, a pesar de toda la chapa que lleva puesta, la de un jubileta común vestido de policía con uniforme de despacho, pero no tiene cara de poli, ni de jefazo. Tampoco la de un violador, ni siquiera la de un mujeriego sin éxito. Tiene toda la pinta de ser un tipo vulgar tirando a rústico, algo cabroncete y con malas pulgas. Nada más. Pero, es otro más.

Y nos quedamos ingratamente decepcionados al saber que ese sujeto antes de ayer era el mandamás operativo de todo el cuerpo de la Policía Nacional. Más aún cuando te dicen que es impulsor de los puntos violetas, y nos enteramos de que luego va por ahí haciendo ñapas de banderillero, en ruedos donde no le permiten que las ponga. Pero él va y las pone, forzando a la res porque cree que es suya. Que pertenece a su ganadería.

Abuso de poder, coacciones, violación, agresión sexual, lesiones psíquicas y malversación, son, al parecer, delitos que lo adornan. No está nada mal para ser un poli intachable y de la plena confianza del ministro, según él mismo declaraba recientemente. Tiene un ojo (en sentido estricto) que para qué, a no ser que sea eso lo importante: el tamaño de las inclinaciones y un pasado turbio del subordinado que garantice su perruna fidelidad en lo que sea que le ordenen. Del mismo modo que el superior, tal vez, a su manera, tenga algún asuntillo menor apuntado en los estudios Paramount de don Sabiniano. Liberarse de un pasado tiene su aquel en lo DAO por lo quitao.

Si el sexo, dicen algunos, es lo que mueve el mundo, aquí, en España, el gobierno va que lo peta. Sin embargo, no mueven un tren ni la construcción de viviendas, tampoco corren ni un decimal a favor del contribuyente en los impuestos, ni una coma del relato que invariablemente es el no saber nada, no estar enterados, no conocer a nadie, no tener responsabilidades, y mucho menos el conjugar en primera persona del singular el verbo intransitivo dimitir, junto a las palabras honradez y honestidad. La primera se localiza cintura arriba, la otra bragueta abajo.

No siendo así, qué queda de un hombre, qué les resta a los hombres deshonestos que gobiernan sin honra, sino revolcarse en su propia cochiquera de sexo, mentiras, corrupción, prostíbulos, audios y archivos de video.




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