EL FULANO PUCELANO

F. Garrido • 30 de enero de 2026

EL FULANO PUCELANO


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© Fernando Garrido, 30, I, 2026


Ayer, esa furia pucelana insomne, que pasa por un antropoide vestido con traje de corbata y que dicen ministro, ofreció otro macabro recital de ese género dramático del club de la tragedia nacional, guionizado en la escuela de traductores áulicos del hormigón armado y neoconceptismo socialista.

El tal fulano ha demostrado sobradamente su condición de astado brabucón, y desgarbado burriciego en la obediencia al capo («puto amo»); un animal político de la peor casta y más traicionera ganadería gubernamental, que pace verdulera e improductiva en la dehesa de selváticas redes insociales.

Por eso creo que la petición de dimisión, no por leve, locuaz y recurrente, sirva siquiera para ser considerada como una chistosa posibilidad aplicada a ese o cualquier otro cornúpeta con divisa de corrupción homicida. Debería de irse más allá, para que al menos escuchemos pedir algo menos monótono y conjurar quizás lo que en justicia, si la hubiese, merecerían.

No sé, se me ocurre, por qué no, exigir la fulminante detención y procesamiento o, mejor, el destierro inmediato. Total, así gozaríamos en la frustración con mayor altura de miras, sin menoscabo de que sucediese un milagro. Porque sólo eso, un hecho sobrenatural obraría el efecto de librarnos de la caterva de sofacos (qué mal suena). Excúsese el críptico acróstico; no, no está en el diccionario, pero se me va haciendo necesario abreviar con profilaxis la deixis para la simbiosis de malhechores, lapas y parásitos: es decir, el ganado socialista, fascista y comunista, tres realidades iguales y un solo interés verdadero por expoliar e intervenir todo lo ajeno.

Aquellos de los cuales resulta ya incluso enternecedor escucharles espetar que el mundo los necesita, que sin culpa de nada se les envidia por lo bien que hacen todo y que sin ellos no se puede vivir (peor), pero sin embargo cualquier error es por nuestro mayor bien, porque su amor filial es igualitariamente aconfesional (teofóbico) y, sobre todo, profano, por cuanto profana cualquier principio moral y la dignidad humana, ya sea de los vivos o de los muertos.

Es la suya una religión sectaria de provocación permanente, que da culto al Narciso que marchita todas las flores, desde el bancal de rosas al pudridero de crisantemos sobre las tumbas o en las cunetas sembradas por terroristas y socios colaterales; mientras, la amaestrada jauría de rapsodas sincronizados, cantan ciegas loas y aleluyas al macho alfa del estercolero.

Así es el pedrismo regimental: no los dimite, no los mata, no los ejecuta, deja que los suyos se mueran de ganas antes de ir al excusado para que, sacrificialmente, desplieguen toda su iracunda incontinencia, con más rabia si cabe, en su numantina e irracional defensa de la criminal biografía del mayor impostor e ilegítimo presidente que vieron nuestros peores años.


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