MALESTAR EN LA DEMOCRACIA

F. Garrido • 11 de enero de 2026

MALESTAR EN LA DEMOCRACIA


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© Fernando Garrido, 11, I, 2026


Es un dato estadístico, que algunos califican de preocupante, la opinión contraria a la democracia que expresan cada vez más jóvenes, a la vez que se muestran inclinados hacia un sistema de corte autoritario.

No es extraño, pues en realidad ellos nunca han conocido la democracia, sino a su fantasma. Ese fantasma que Marx y Engels sacaron de su utópica chistera de burgueses con mala conciencia de clase, para realizar un gran tour por Europa, recorriéndola hasta convertirse en un abominable monstruo viajero intercontinental, que desde hace más de un siglo ha operado a cara descubierta unas veces o, como ahora, con disfraz democrático.

Así, hoy, se puede escuchar a todos sus vástagos ideológicos y herederos de crímenes millonarios, erigirse en exclusivos valedores y representantes de una democracia que les ha sido cedida por los tecnócratas adocenados, conservadores descreídos y liberales agnósticos que cayeron rendidos a las dinámicas intervencionistas que inopinadamente les han venido a proporcionar un poder material y espiritual omnímodo sobre lo público, lo privado y lo íntimo.

Particularmente, me resulta lógico y tengo para mí que esos jóvenes sienten un profundo malestar en esta democracia, igual que lo sentimos aquellos que con mayor perspectiva vital e histórica hemos visto sucumbir las bases del estado liberal intervenido por los dogmas socialistas, fuera de cuyo discurso toda oposición y crítica queda proscrita o cancelada.

Pero la juventud no reconoce sus anhelos de libertad ni proyectos de futuro en esta (falsa) democracia. De ahí la reacción en búsqueda de alternativa, pues si les dijeron en la escuela y en la propaganda oficial que este sistema proporcionaba el mayor bienestar, sin embargo no encuentran sino el malestar en esa que se desvela como una dictadura de castas, sustentada sobre minorías instrumentales que ahogan cualquier libertad, siempre supeditada a una distorsionada igualdad hacia abajo donde prevalece la mediocridad, el nulo esfuerzo, el espíritu acrítico, el subsidio de subsistencia y la actitud servil para aceptar una vida intervenida por el estado.

Entiendo perfectamente a esos jóvenes desamparados, desafectos a un sistema que promete fantasmagorías utópicas, repelentes a la razón e incompatibles con la naturaleza antropológica y biológica del ser humano.

La mayor perversión estratégica del fantasma es hacer que la democracia aparezca imperfecta para llevarla hacia su orilla, donde el concepto se vacía para llenarlo con garrafón toxico que conduce a borracheras que acaban necesariamente en las mayores e inhumanas violencias imaginables.

Así puede suceder y sucede que los más jóvenes y nuevos votantes dejen de creer y se adhieran a soluciones de signo inverso. El fenómeno de esa desafección juvenil es en realidad la identificación de democracia con un sistema que se les presenta hostil. De ahí que, desorientados, se sientan favorables a su contrario, pero auténtico y sin máscaras retóricas.


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