DERECHO A MENTIR

F. Garrido • 26 de mayo de 2026

DERECHO A MENTIR

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© Fernando Garrido, 26, V, 2026


Creo que a las gentes de bien, es decir, a los ciudadanos que hemos sido degradados a parias contribuyentes del bienestar y lujos ajenos, debería de epatarnos eso que cada vez escuchamos con mayor recurrencia en los tugurios de variedades televisadas que, con pocas honrosas excepciones, llaman tertulias de análisis y opinión política.

Me refiero al «derecho a mentir» que, al parecer, asiste a los imputados por un delito.

Esto, además de ser impropio y odioso a la inteligencia, supone admitir la ilegitimidad inmoral del engaño como buena moneda dentro de la legitimidad ética que se presume en la Ley.

Pues, si bien es cierto que esa posibilidad queda encubierta o subsumida bajo el principio de que un acusado podría no declarar en contra de sí mismo (aunque el juez le preguntará y advertirá, quizás bajo palabra o juramento, de que ha de decir la verdad), guardar silencio en según qué asunto, no significa que se pueda mentir indiscriminada e indecentemente sobre todo.

Dicho lo cual, ya vemos cada día y a todas horas como los políticos más enfangadamente gloriosos y corruptos niegan sistemáticamente sus actos y condición delictiva, justificada, por ejemplo, en ser un presunto heredero de la Castafiore e incluso víctima de un robobo de las jojoyas.

Pero entonces, siendo la mentira una condición inherente y legal no punible para un acusado, ojo, pues en buena lógica, digo yo, deberíamos de eliminar la fórmula «presunción de inocencia» y sustituirla por «presunción de falsedad» o «sensación de culpabilidad» al referirnos a esos personajes y al citar sus insultantes afirmaciones exculpatorias.

Por tanto, aunque debo de admitir que esto supone un enorme problema lógico y filosófico, creo que irresoluble, existe otro no menor de tipo psicológico porque, ¿cómo hallar verdad en aquel que use de sinceridad afectado de pseudología fantástica o mitomaniática?, es decir, de mentira patológica, o sea, de un mecanismo mental autoprotector por el cual uno llega a creer sus propias mentiras, que a su vez son replicadas por una legión de creyentes fanáticos y difundidas por medios que son otra pata más de sus tramas delictivas y organizaciones criminales: medios de comunicación cuya apariencia de parcialidad es insoportable e indisimuladamente ostentadora a la vez que existencialmente muy, muy lucrativa a cuenta nuestra, pero administrada por quienes roban, trafican y delinquen.

No obstante, no sé si es cierto, pero se dice que las ratas son las que anuncian con su salto al mar la inmediatez del naufragio, y ya se va viendo a algunos medios y periodistas con unos hocicos y orejas de roedores que dan prisa... o sea, podría haberlas, es decir, o sea, es decir, o sea, es decir...

 


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