MARLEY
MARLEY
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© Fernando Garrido, 30, V, 2026
Él era polígloto y casi canalla. No sé mucho más, pues lo conocí lo suficientemente poco e intenso para que me resultase un tipo simpático, entrañable y breve como lo que vinimos a hacer aquí.
Aunque no podría decir su nombre y apellido de registro, porque nunca lo supe, sí que escuché el más auténtico y verdadero: él era el Marley, nada más, para mí, para casi todos, y así lo escribo.
Tal vez la voz más rota conocida en varias jergas a la redonda, que siempre se anunciaba inconfundible a la vuelta de cualquier esquina. Una estampa superviviente, náufrago entre las ruinas quijotescas de unos tiempos salvajes y bohemios que nos pasaron por encima.

Repelente a las lágrimas, a las tinieblas y a las injusticias, lo imagino ahora, quizás, como a aquel caballero de la triste figura, acuchillando pellejos en la bodega de una castiza venta del más allá, celebrando su propio óbito junto a los fantasmas peregrinos de Chaucer, en la taberna de Tabard, camino de Canterbury.

Fue ayer viernes cerca de las dos, tras meridiano, se sabía y él también. Creo y estoy seguro de que no lo asustaba, sólo le jodía por tener que irse algo pronto a casa, abandonando un soleado mediodía este sembrao burgalés, regado de rubias y efervescentes espumas, donde tantas fueron sus batallas libradas sin gloriosa pena, ni apenadas causas.

De mi parte, Marley, recibe esta corona de palabras, escrita para vos sobre hojas de cáñamo, tejida con tus flores ininteligibles y adornada de aquellos fragantes cogollos sublimados en espolontina oficina.
Recíbela de este escribidor, allá donde sea que recites a partir de hoy tu incombustible esperanto callejero.
SIT TIBI TERRA LEVIS











