LA VIRGEN DEL QUIOSCO
LA VIRGEN DEL QUIOSCO
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© Fernando Garrido, 11, VII, 2026
Recuerdo aún aquel modesto y pequeño quiosco junto a la ermita del Valle, hecho de ladrillo tosco con leves guiños de estilo toledano mudéjar. Lo regentaba el tío de Roberto, un amable señor que servía refrescos y botellines de cerveza en otros tiempos, dónde ni los propios ni el turismo lo demandaban con avaricia. Luego, su sobrino, heredó la encomienda que otorgaba la Hermandad de la Virgen a cambio de una renta para sufragar sus asuntos piadosos y gastos corrientes.

Roberto lo tomó con ganas e ideas renovadoras. Amplió el quiosco, lo dotó de lavabos, mobiliario, toldos, iluminación..., y creó el movido ambiente musical, pop y estéticamente posmoderno que se llevaba en aquellos incesantes años 80. Lo rebautizó como «Kiosco Base», y al fondo colocó un memorable y original mural panorámico que encargó a Andrés, a cambio de algún dinero y no se sabe cuántas copas de añadidura. En la pintura se contemplaba una deliciosa vista de allí mismo, el Kiosco en primer plano y detrás la hoz del Tajo y la ciudad idealizada, con playa y salida a un mar que se perdía en un horizonte que como el nuestro, el de aquellos jóvenes que éramos, aún no tenía definido el cómo ni el hacia dónde.

Las tardes y noches de verano tuvieron en el Base un lugar obligado e inexcusable para alternar a la manera canalla y snob que se hacía entonces, en la edad de oro de una España satisfecha, despreocupada, en libertad, creativa e innovadora, con un poder adquisitivo óptimo, de lo que, lamentablemente, no gozarán nuestros hijos. Cosas del progreso...

En fin, los aires turbios trajeron a Roberto disputas conyugales y se quedó sin su Kiosco en favor de su exposa y prole, que lo han regentado ya sin el esplendor ni carácter propio de antaño. Y, de nuestro entrañable Roberto, se sabe que marchó a trabajar en el cine, como actor de reparto. Así que, por ahí se le ve de pantalla en pantalla caracterizado de mil cosas en películas y series.
El caso es que por no sé qué disputas administrativas con la Hermandad acerca del contrato, el quiosco últimamente fue clausurado hasta la resolución de la querella y discordias que, ahora, finalmente se han resuelto.

Y, para sorpresa de los implicados, la superficie de terraza (unos 65 metros cuadrados) pertenece al ayuntamiento, y el pequeño inmueble kiosquero (de 15 metros) a la ermita de la Virgen del Valle y, por tanto, a la diócesis.
Así pues, a tenor de ello, el órgano municipal ha acordado ceder su suelo público al Arzobispado a cambio de un canon mensual no pequeño (597 euros), para que a su vez arriende su explotación a quien estime oportuno que, no obstante, tendrá que abonar la correspondiente licencia de terraza al consistorio.
Una decisión creo que salomónica y en buena lid acertada. Pero hete aquí que, Txema, ese señor, fonéticamente impronunciable, que ejerce de orco comunista a sueldo público en el pleno concejil, ha desatado su inherente y resentida bilis contra la Iglesia, institución a la que los simpáticos milicianos de moqueta siempre han pretendido emular en dogmas, jerarquía, cuestiones ciegas de fe y, sobre todo, en aquello disimuladamente más obsceno y pecaminoso.

Así, el Txema, ha desplegado que, "es inadmisible que quien tiene que gobernar para sus vecinos y vecinas lo haga para la Iglesia permitiendo que el Arzobispado obtenga unos ingresos extraordinarios fuera de cualquier control sobre suelo público municipal".
Vano y tuerto argumento que no merece mayor pábulo ni comentario, porque de una propiedad dual complementaria e indisociable, quiosco diocesano y terraza municipal, lo que en justicia cabe es compartir su beneficio.
Aunque convendría advertir que, tal vez, el alcalde Velázquez, debiera dar una taza de su propio caldo a Txemari, y sacar de una vez a licitación la iglesia de San Vicente, templo desacralizado de entera propiedad municipal, que durante demasiadas décadas se halla en manos muertas de esa encarnada casta de polillas políticas, artistas de la pacotilla naif anticapitalista que, sin embargo, lo explotan y subarriendan arbitrariamente con lucro y al servicio de perversas profanaciones y cristos ideológicos.

No así el Kiosco Base que, aunque para nuestra generación ya nunca será lo que fue, seguirá atendiendo a cualquier gente que quiera disfrutar de las maravillosas vistas, como siempre, sin montar vírgenes, quínolas, propagandas, ni proclamas tostoneras que mezclen lo público con lo piadoso.










