QUÉ BUENA YERNA
QUÉ BUENA YERNA
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© Fernando Garrido, 4, VI, 2026
La melena lisa, melosa, recogida, con cola ecuestre; clara y fina su tez; cuello y cráneo proporcionados, hombros largos; los pechos justos, de cazuela, a medida de caballerosa palma; la cintura exacta, la cadera amplia, y nada mejor a pedir de boca si al observar su expresión tranquila te intranquiliza y conmueve el alma, que es un caer y decir, no quiero ver ninguna otra porque esto, esto es belleza, sin exagerar, sin componendas ni postureo.

Es bella, clásicamente, como ha de ser: contenida, limpia, sin policromía, equilibrada y armónica, de líneas puras, ligeras y compensadas. Así es aquella joven que lleva por nombre Belén. Es nieta de un torero antiguo, Pedrosa, así, de casta tiene mucho y femenino trapío. Incontestable y rotunda ovación... ¡Dios, qué buena yerna sería, si yo la oviesse un buen novio!

Olé. Eso es. Aunque la gracia fue encontrarme al medio día con mi amigo Salinas, Miguel Ángel, «Chavisqui», que va y me regala los dos tomos de su monumental Historia Taurina de Burgos, y más delicia aún conversar de rondas en torno a un huevo escalfado sobre las olivas pobres, y de la política que huele fatal, de la historia que se cuenta peor, de fútbol no, de toros siempre, de chismes tampoco, de etimologías cotidianas sí y de costumbres también. Saludar a estos y a cuál otros: a las del Lobo, a los de la Radio, suma y sigue; tomar la matrícula a Sigfredo...

Y, después, llega lo mejor. Pues la sorpresa nos esperaba, pero no se comenta dónde, porque lo importante es descubrirse por dentro con esa alegría cuando te sirve un Riscal aquella chiquilla que lleva el nombre de Belén y apellido de insigne torero burgalés, tras esa barra que era tedio y con ella se eleva a ruedo y templo.
Bares, qué lugares, decía la canción... Luego suena el ritmo
the beguine,
en el caribeño Riviera castellano, atrapando el sol de las cuatro hasta las cinco de la tarde, con mis apreciadas Galarreta, ellas estupendas, como nuevas, y aún sin comer.
Rien ne va plus. Un no parar torero.

Y digo yo, quién necesita en Burgos sentarse en un horrible banco pintado de naranja con el cartel de «por favor», si no le da a uno el mediodía ni el día entero para más pláticas ni menos capeas.











