SIN FRANCESES

F. Garrido • 13 de julio de 2026

SIN FRANCESES


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© Fernando Garrido, 13, VII, 2026



Cómo estará el resto si es la segunda ocasión en una semana que me sulibeya la afirmación de algún prócer del principal ministerio de la oposición. Esta, sin embargo, me cuesta turbación y lamentos antes de comentarla, pues su autor, Mariano, en mala hora nos legó el actual punto de casi no retorno del Estado caníbal y plurinacional en que la democracia española se debate hoy...

Como columnista, M., no es muy distinto a cuando hacía como de presidente, virtualmente conservador, insulso, comedido, cobardón y gallegamente esquivo en su elocuencia parlamentaria, aunque salpicado de alguna que otra mordacidad...

La coz, que en Mariano parece más una especie de agudo pellizquito monjil, la ha soltado en El Debate. Un artículo de análisis futbolístico, plagado de obviedades y ñoños resabios, que no aporta absolutamente nada, ni al punto de artificio prosístico conceptual. Qué otra se podría esperar de la pánfila flema del registrador de la propiedad que nunca dejó de ser su Ser...

Pero he ahí que entre esas líneas atiza un zasca casi chistoso, pero con más razón que la de un inocente santurrón...

En el párrafo de marras, que comienza con el verso de una canción de Raphael, dice:

¿Qué pasará? No resulta fácil dar una respuesta a semejante pregunta. Sin entrar en mayores detalles, no hay que olvidar que Francia (...) ha ganado todos los partidos en los que participó en este Mundial y ocupa la primera posición del ranking FIFA. Tiene, además, una plantilla de altísimo nivel. Eso sí, sin franceses.

Ha faltado el tiempo para que la brigada 62, con sus peonadas y cabos sueltos, junto a la desorientada progresía franco jacobina, salgan desaforados a gritar: ¡Racismo, racismo, xenofobia, fascismo, tardofranquismo!

Y es que lo resaltado en negro, es la tostada e insoportable realidad, aunque no guste oírla. Es verdad, y no sólo en lo que respecta a los galos, porque en el Mundial de fútbol como en tantas otras competiciones o ligas deportivas ya prácticamente contienden una cantidad cualificada de individuos, mayormente africanos contra otros, igualmente de origen africano o musulmán, vistiendo, eso sí, la camiseta de países europeos u occidentales en los que están nacionalizados, si no en la presente, de una o dos generaciones anteriores.

Pero si nos retrotraemos al espíritu y origen de las competiciones deportivas occidentales, hay que mirar hacia la antigua Grecia, donde el agón representaba la lucha, la contienda, el desafío, la disputa, y, sobre todo, el reto de ganar entendido no de un modo individualista, sino como un acontecer capaz de generar un fuerte sentimiento de pertenencia a la propia comunidad política e histórica, a su idiosincrasia y particulares cualidades, enfrentadas a las de otro pueblo o ciudad diferente; por lo que el desafío era un elemento de cohesión social fundado en la propia manera de ser constitutivamente, ya fuese en lo físico como en lo cultural o mental.


Esto no era desde luego racismo, sino una forma de destacar los innegables valores de un pueblo taxonómicamente homogéneo y por tanto reconocible como tal. Y así ha venido sucediendo prácticamente hasta nuestros días, donde las naciones modernas se enfrentaban con sus caracteres propios, definidos a través de una determinada manera de competir con sus capacidades hechas virtud.

Bien, o mal, aquello se acabó con la inclusión de individuos que no representan las características autóctonas, conformadas durante siglos, en la nación que representan.

Así, la competición ha degenerado en mera burocracia nominal de bandera, bajo la cual actúan deportistas originarios de cualquier otra parte, aunque con un documento habilitante para actuar en nombre de otros.

Con todo, actualmente, el que sea Francia, Holanda, Alemania o España la nación que juega al fútbol, da igual, pues, en definitiva, ya nada tiene que ver con las maneras adquiridas e incrustadas en un pueblo, o su conjunto regional, lo que contiende, sino equipos nacionales que paradójicamente son una selección internacional de futbolistas, bastantes de ellos y cada vez más, con falsa bandera.

O sea, en el sentido más hondo: sin holandeses, alemanes, españoles ni franceses...

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