EL NUEVO EMPERADOR

F. Garrido • 25 de enero de 2026

EL NUEVO EMPERADOR


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© Fernando Garrido, 25, I, 2026


Se solía y aún se suele hablar del imperialismo yanqui, no siempre mal, pero casi. No desde luego el que suscribe, porque visto el panorama, creo más y mejor en los imperios fundados en el empeño de dotar al Mundo de un cierto orden a qué atenerse dentro del caos universal, y si además sus basamentos son liberales, ya ni les cuento.

A decir verdad, nosotros, los occidentales, somos los enésimos tataranietos de un imperio. Tal vez el más grande. Roma dotó a buena parte del orbe conocido de leyes justas y una manera ordenada de entendernos, dentro de un vastísimo espacio bajo un único y necesario principio de autoridad. Pero para ello, Roma, antes hubo de sacudirse un sistema republicano que la tuvo entretenida en luchas y asuntos intestinos, desatendiendo el cuidado propio y el de sus alrededores. Así es como, enmendándose, llegó a ser después lo que fue.

Anacronismos o presentismos aparte, y excusando simplificaciones, Roma fue lo mejor que nos pudo suceder a los europeos. También a la Península Ibérica. Ese extremo continental al borde del Finis Terrae que llamaron Hispania. Un pedacito del Imperio bañado por el acabose Mediterráneo y el comenzose Atlántico. Una provincia, cuya incorporación al proyecto latino de convivencia fue bastante tranquilo para una época tan bestia.

Pues, la romanización, es decir, la asimilación cultural y civilizatoria por parte de aquellos primitivos y variopintos pueblos ibéricos puede considerarse relativamente rápida y exitosa. Buena prueba de ello es que aportó a Roma no solo moluscos, productos agrarios o recursos mineros, sino hombres, literatos, filósofos, y nada menos que varios grandes emperadores: Adriano, Trajano, Teodosio, y un cuarto, Marco Aurelio, que aunque nacido en la Urbe condita, toda su ascendencia era cordobesa pura cepa.

Riámonos pues, cuando ahora, algunos zoquetes dicen aquello de, “cuando nos invadieron los romanos, tal y cual, pascual...” Como si ellos no lo fuesen, invocando a un no se sabe cuál íbero gen, identitario, incólume, resistente, indómito... ¡Una verdadera e inverosímil gilipollez!

Bueno, no quisiera ponerme melancólico, sin embargo, abreviando, a Europa le fue faltando ya desde entonces, desde la caída de Roma allá en el siglo V, aquella identidad y fortaleza que la hizo grande. Lo que vino después ha sido un paulatino sobrevivir en decadencia de la dolche herencia mal entendida, cada vez peor empleada, para finalmente entregarla a todo bárbaro enemigo que se pase a cobro por la ventanilla de liquidación y concurso de acreedores.

Pero, he aquí que con su parte del legado hizo fortuna un tío nuestro, que marchó a América, donde erigió un nuevo imperio contemporáneo, que luego tantas veces vino a prestarnos lo que tan estúpidamente, sesteando, habíamos malgastado. Craso error, pues se lo devolvíamos tarde, mal y nunca, con moneda de desprecio y enviándolo a cambio las semillas de cizaña que aquí cultivamos como prodigiosos árboles del Edén. Tantas de esas malas hierbas cruzaron el Atlántico que los buenos frutos del imperial pariente norteño del Nuevo Mundo, se agostaron en el olvido de quien era y, como aquella antigua Roma, desfallecía entre sueños hedonistas, utopías woke y dogmas suicidas.

Y ahora, cuando pareciese que aquello estuviese perdido, surge un nuevo emperador de veras, aquel que sabiendo quien era, no se avergonzase de serlo ni de ejercer su imperio aplicando una dura, pero necesaria, Pax Augusta, para enmendar y poner a cada cosa y a cada cual en su sitio.

Ese es Trump, por si alguien no se ha percatado. Y si salvando veinte siglos echásemos la vista atrás, de Cayo Octavio César Augusto seguramente no fuese muy distinto lo que las malas lenguas dijesen de sus maneras y de sus políticas. Pero, dio igual, él sabía quién era y que le correspondía hacer, e impuso sin arrestos y con determinación su visión de cómo y bajo qué principios debía de ordenarse el Mundo; iniciándose el periodo de mayor esplendor durante varias dinastías y centurias.

De mi parte, que no quede duda:

Ave César, ave Donald, ave Imperator, gloria in excelsis Terra.




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