LOS PERSAS
LOS PERSAS
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© Fernando Garrido, 18, II, 2026
«Los Persas», es el nombre por el que se conoce un manifiesto evacuado por los absolutistas y oportunistas traidores a la Constitución liberal de 1812. En él, rendían culto y pedían disculpas al rey felón por la Carta gaditana cuando, en mala hora, regresó a España del resort parisino en que le tenía colmado su anfitrión, Bonaparte, de la amabilidad de los caldos y las furcias franchutes. Mientras que en España se combatía al hijoputesco ejército invasor de ese engreído emperador de los franceses.

Ominosas historias decimonónicas aparte, traigo aquí ese infame manifiesto porque llevaba, como argumento exculpatorio y asaz pelotillero, un extravagante símil histórico atribuido a los antiguos persas, por el cual, cuando acontecía una sucesión a la corona, se permitían cinco días de anarquía para dar rienda suelta al desenfreno de las gentes, antes de que volviese a imperar la ley bajo la autoridad del nuevo monarca.

Y, mutatis mutandis, parece ser que también, de manera algo análoga y un tanto sui generis, la tradición cristiana establece un breve lapso, el Carnaval, para dar un respiro a los fieles, haciendo la vista gorda por unos días mientras catan pecaminosamente de los placeres carnales y mundanos, burlando el estado de derecho divino antes del gran periodo cuaresmal de penitente abstinencia.

El carnaval es básica y perogrullescamente una mascarada. Es decir, la ocultación o negación de la identidad para que, bajo alevoso anonimato, la subversión moral cobre una dimensión apócrifa, transitoria y exculpatoria, sobre ese principio homérico por el cual lo que no tiene nombre (identidad) no existe; ergo, no puede pecar. Algo bastante pueril y estúpido; pero así funcionan hoy las cosas aplicadas a la política gubernamental, inmersas en una suerte de carnestolenda permanente, que se naturaliza en declarar oficialmente bulo a la realidad y negar la existencia de sus excesos y delitos.

Hoy es miércoles, miércoles de ceniza. Una fecha quizás para recordar a los persas monclovitas y a sus deshollinadores lamenalgas, cuál es la inexorable realidad, la última y definitiva.
Memento, homo, quia pulvis es, et in pulverem reverteris, (Génesis 3:19).










