ODA ELEGIACA AL MAL NACIDO

F. Garrido • 16 de noviembre de 2023

ODA ELEGÍACA AL MAL NACIDO



© Fernando Garrido, 16, XI, 2023


Yo te declaro la guerra, mal nacido, hasta destruirte y que sea mi patria, en tu ausencia, felicidad.

Creerás, miserable, que poca cosa soy.

Mejor así, tú desprecio, narciso, es tu debilidad. Una de tantas enfermas arrogancias que te harán tropezar, soberbio, en el muladar de tus repugnantes deseos.

Te declaro la guerra eterna hasta el final.

No das miedo ni pena, destilas, como lepra en rostro, asco y vahos de podredumbre.


Ya lo sabes, estúpido, indigno roedor, estoy en guerra contigo y tú contra mi desde que manchaste, falsario, balbuceando, torpe, la palabra democracia, ese lugar común de libertad que viniste, sucio y perverso, a destruir.

Tu historia, maldita, se escribe con odio patológico y tinta, cobarde, de calamar.

Tus armas, corrupto, son las de traición y tu ejercito huestes hediondas, apestadas con tifus incubado en el resentimiento de los difuntos.


Yo, hideputa, me conjuro para acabar con vos, para librar a este solar nuestro del peor mal hallado que la historia tendrá a disgusto recordar.

Borraré, me prometo, tus huellas con sal.

Quebrantaré tus huesos, desgarraré tus tejidos, reventaré tus vísceras con esa espada toledana que dignifica la causa del guerrero, investida de legitima humanidad: frente a la mentira, bestia, el filo de la justicia, implacable caballero de la verdad.

¡Estás muerto y no lo sabes!


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© Fernando Garrido, 2026 Ya desde los tiempos de godos, mozárabes, mudéjares y moros, afiladas lenguas hebreas comentaban que sería posible crear un bosque bien arbolado de leña seca, reuniendo en él todos los lignum crucis adquiridos por abades, obispos, nobles y reyes para el tesoro de cenobios, basílicas o palacios, y contemplar al mismo tiempo una babilónica rosaleda de espino rejuntando las reliquias de la spinea corona custodiadas en guardapelos a lo largo y ancho de la cristiandad. En aquellos lejanos siglos amorfos de exuberantes pestes, de morbos inexplicables, de terribles mitos y crímenes de lesa supervivencia, no existía inseguridad en nada, porque simple y llanamente no se sabía que era el estar seguro, así que la incertidumbre no formaba parte del ánimo antropológico, sino que constituía el sentimiento mismo, el estado básico, radical, inconsciente y reptiliano sobre el que se construían las conciencias empíricas y el espíritu moral elevado a inefable misterio trascendente. La naturaleza toda tenía un valor oculto, animado y sacro. Lo pequeño podía sustituir a lo enorme y vencer su resistencia, así como lo enorme troceado era igual y lo mismo que el todo y lo absoluto.
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