ⱯMORES APÓCRIFOS

F. Garrido • 18 de noviembre de 2023

ⱯMORES APÓCRIFOS



…para Y de luna llena

 

-¿Me quieres cariño?

Le preguntaba la Noche, casi extinta, al Amanecer que puntual llegaba al relevo de la guardia.

Este, a ella contestó:

- Sí, Noche, te amo en tus claros de luna, porque en ellos te confundes con ese despertar a la luz, promesa de un nuevo día, que ahora soy yo.

- ¿Entonces no me quieres toda, Amanecer?

- Dímelo tú, cuán dispuesta Noche estás a seguirme iluminada, y yo de cierto lo sabré…

- Pues ya lo conoces ¡qué pesado eres Amanecer!… No depende de mí la claridad para gobernar corazones, ni tampoco el color y forma de los cuerpos terrestres cuando, en la oscuridad, sucede su nocturno brillante renacer.

- No me engañes Noche, pues sólo por ti y en ti la blanca luz de la esfera celeste se hace notar, esa misma que a mí me huye y entre brumas azules desaparece.

- Te equivocas sin embargo tú, Amanecer, que eres siempre brillante, tal como yo en plenilunio, mas con luz ambos prestada de un generoso Sol.

- Siendo cierto, entonces Noche, ya te respondo ahora yo:

Sí. Sí que te quiero aun oscura, porque nada y una misma cosa somos tú y yo, sino apócrifos amores de estrella encontrados, ávidos reflejos de un lejano astro abrasador.

 

Vuestro, Amanecer F.


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© Fernando Garrido, 2026 Ya desde los tiempos de godos, mozárabes, mudéjares y moros, afiladas lenguas hebreas comentaban que sería posible crear un bosque bien arbolado de leña seca, reuniendo en él todos los lignum crucis adquiridos por abades, obispos, nobles y reyes para el tesoro de cenobios, basílicas o palacios, y contemplar al mismo tiempo una babilónica rosaleda de espino rejuntando las reliquias de la spinea corona custodiadas en guardapelos a lo largo y ancho de la cristiandad. En aquellos lejanos siglos amorfos de exuberantes pestes, de morbos inexplicables, de terribles mitos y crímenes de lesa supervivencia, no existía inseguridad en nada, porque simple y llanamente no se sabía que era el estar seguro, así que la incertidumbre no formaba parte del ánimo antropológico, sino que constituía el sentimiento mismo, el estado básico, radical, inconsciente y reptiliano sobre el que se construían las conciencias empíricas y el espíritu moral elevado a inefable misterio trascendente. La naturaleza toda tenía un valor oculto, animado y sacro. Lo pequeño podía sustituir a lo enorme y vencer su resistencia, así como lo enorme troceado era igual y lo mismo que el todo y lo absoluto.
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