LAS LONCHITAS

F. Garrido • 3 de mayo de 2026

LAS LONCHITAS


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© Fernando Garrido, 3, V, 2026


Según advertía una vieja conseja, aunque uno fuese tan rico y poderoso como Cósimo de Medici, o tan princesa como la de Asturias o más glotón que el rey Enrique VIII de Inglaterra, ha de cenarse como un mendigo, aunque coyunturalmente ahora sólo sea por la urgencia que nos obliga la inminente operación tanga.

Por eso, tal vez 75 gramos de jamón cocido tallado en sutiles lonchitas, expuestas en los lineales de frio al increíble precio de un euro, sean incluso un exceso calórico, y además un magno sobresfuerzo económico e intelectual si lees como buen consumidor responsable la cubierta del blíster, porque lleva impresas más divisas y emblemas que el pecho de un general de brigada y tantos créditos como preliminares hay en una edición del Quijote para bibliófilos.

Un despliegue icónico y textual del que bien pudieran deducirse inquisiciones para un tratado sobre el progreso humano occidental, e incluso acerca de nuestra relación con esa cochina especie de la que, dicen, todo se aprovecha. Ya lo creo..., porque mucho antes de que las apetitosas láminas rosáceas lleguen al efervescente ritual de jugos gástricos y provoquen un ruidoso desconcierto en las tripas quejándose de horror vacui, existe todo un engorde normativo hispano europeo que relega a las carnes del generoso marrano al ultimísimo lugar de un frenético proceso extractivo.

Observando el ligero envase cuadrangular de plástico (paradójicamente, 85% de material reciclado, pero reciclable 100%), se puede deducir el coladero por el cual unos pocos gramos de jamón cocido a un euro, es un potente instrumento del régimen bulímico que, sin embargo ni piedad, nos adelgaza.

Atención, pues aparte de una atractiva foto bodegón del producto sobre una tosta aderezada con rodajas de tomate y algún vegetal (por supuesto no incluidos), encontramos toda una maraña de polillas revestidas de información asociadas a algún impuesto, tasa o arancel, es decir, un mordisco al pastel del jamón loncheado, en este caso.

A saber: te cuentan que el producto está libre de alérgenos, no contiene lactosa ni gluten, te dan los valores nutricionales y energéticos pobres en grasas, azúcares, proteínas e hidratos de carbono en gramos y kilocalorías, las condiciones de envasado, la temperatura de conservación, su fecha de caducidad, el código de verificación y de barras; además, si se necesita, disponen de atención telefónica al consumidor y, para mayor tranquilidad de conciencia, respetan el bienestar animal y cuidan del planeta siempre y cuando utilices el contenedor amarillo.

Luego, del ticket de compra, detraigamos el IVA final y estimemos los costes y gravámenes a la logística, la cadena de frio y los márgenes del fabricante y del establecimiento comercial. Por tanto, de ello deduzco que las traslucidas lonchitas tras el trajín normativo casi nada cuestan, y más que jamón cocido es otro prodigio dietético del estado parasitario para llevárselo crudo.


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