GUERNICA, PICASSO Y CÚCHARES

F. Garrido • 11 de abril de 2026

GUERNICA, PICASSO Y CÚCHARES


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© Fernando Garrido, 11, IV, 2026


—Calla, Nando —dijo mamá —déjame escuchar. Yo tenía 7 años. El transistor estaba en alto, sobre nuestra nevera norteamericana de la General Electric Co., grande, robusta y de color mostaza. La noticia que daba la radio parecía ser importante: un tal Pablo Picasso había fallecido de viejo en un lejano lugar llamado Mougins.

Pregunté que quién era ese, y mamá me explicó que se trataba de un famoso pintor español que vivía opíparamente exiliado en Francia. Yo no alcanzaba a comprender qué diablos nos importaba aquello. No sabía nada sobre aquel tipo. El nombre y su ovípara vida me sugerían la estampa de un ave exótica. Pero un Picasso no era un pájaro, sino una firma que cotizaba con extraordinario valor y que se rifaban galerías, coleccionistas y museos del mundo entero. Pensé que sería porque cualquier cosa de fuera era mejor que lo de aquí, aunque fuese un anciano muerto. Ahora, consultando en Wikipedia, sé que aquel día era exactamente un ocho de abril de 1973.

Creo que fueron cinco años después cuando escuché, no recuerdo dónde ni a quién, decir que el más grave problema de los jóvenes artistas contemporáneos, consistía en que comenzaban a pintar inspirados por el Picasso más incisivo y maduro, prescindiendo de recorrer un camino personal más auténtico que les llevase allí o a cualquier otra parte de veras original y meritoria.

Quiso la casualidad que llegase por entonces a mis manos un libro. Se trataba del volumen 35 de la gran biblioteca Sarpe: los genios de la pintura. Una para entonces impresionante colección, con reproducciones de buen formato y aceptable calidad, que papá me compraba mensualmente en el quiosco para estimular mis primeros pasos entre lienzos, pinceles e incursiones pictóricas. En ese volumen y en el siguiente, también dedicado al malagueño, pude comprender en parte aquello que había oído sobre el vicio de los artistas noveles en emularlo. Yo, ni por asomo lo intenté; en aquel momento probaba a pintar torpemente las «lágrimas de San Pedro» del Greco, que me hicieron llorar de pura rabia.

Eso sí, algunos años después gané un concurso de christmas en la Facultad con una bonita propuesta, realizada con técnica de collage utilizando varios personajes recortados de obras picassianas, para montar una especie de Belén muy ecléctico y posmoderno, aunque perfecta y canónicamente encajado. Lástima que no poseo una copia.

Pero mucho antes, apenas comenzada la década de los 80, cursando el BUP, nos llevaron de visita a contemplar el gran acontecimiento artístico del momento. La devolución del Guernica, llegado a España desde el Moma neoyorquino, y su exposición al público en los pabellones del Casón del Buen Retiro pertenecientes al museo del Prado. El cuadrazo estaba colgado en solitario ocupando una sala especial, tras una inmensa mampara como las que ahora separan a los visitantes de los tiburones vivos en los acuarios zoológicos. Esa fue precisamente la primera impresión que me causó: una especie de contenedor de vidrio que albergaba monstruos abisales de los que protegerse por si acaso cobraban vida.

Pero, al parecer, el verdadero motivo de aquel dispositivo de urna titánica, estaba en evitar un eventual artecidio. Aunque entonces este término era prácticamente desconocido, se temía equivocada o interesadamente que fuerzas reaccionarias (franquistas) atentasen contra él. Una suposición que más bien estaba encaminada a dar mayor importancia y propaganda política al cuadro, ya que en aquellos momentos los atentados de verdad eran cometidos por los que mitificaban y aún mitifican el Guernica, tan gris y plomizo como esos años de entonces con indiscriminadas matanzas terroristas a manos de asesinos vascongados.

Por lo demás, sabido es que las colecciones del Prado finalizan cronológicamente con Goya. Un límite histórico y técnico necesario a fin de establecer un orden y coherencia en el discurso museístico propio. Por tanto, el Guernica dentro del ámbito del Prado era una excepción ilógica contra natura, motivada por una caprichosa exigencia póstuma del inflamado ego de su autor, coyunturalmente aliada con la complacencia del consenso de la transición. Pero tras una década el suflé decayó y, como le correspondía por su filiación estilístico cronológica, se trasladó al museo de arte contemporáneo Reina Sofía, donde ahora aún está si el aldeanismo vizcaitarra lo deja en paz y no triunfa su última extorsión.

Digo esto porque la avaricia del pensamiento mágico del aborigen vascongado lo ha puesto en su punto de mira para cobrárselo a mayor gloria y beneficio de su endémico racismo victimista, basado en el extraño agravio de poseer la mayor riqueza, renta per cápita y niveles de autogobierno que nadie, y así revienten los principios de igualdad y solidaridad.

Aparte, la mitificación del Guernika árbol y del Guernica cuadro, tienen su otro místico, kazurro y primitivo akel...

Quienes escribimos sabemos bien que un relato, crónica o artículo puede empezarse refiriendo determinados acontecimientos y después darlos la vuelta para aludir a otros bien distintos.

Más aún en el caso de las artes plásticas. Pues, sobre todo el pintor es de entrada y necesariamente un encantador metafísico de lo auténtico, que carece de una tercera pata para sentar su trasero en el sólido taburete de lo tridimensional, si bien sea su farsa, liberada de la realidad, incluso a veces más acorde a la percepción sentimental que de ella tenemos.

El cubismo al que llegó Picasso, inventándolo, es un buen ejemplo del intento de superar en la representación figurativa los límites del plano bidimensional, mediante el descubrimiento de la poliédrica realidad en sí misma y de una sola pieza, sin sombras ni dependencias relacionales, elevando al cubo el estrecho cuadrado.

En el Guernica se puede encontrar además ese bífido cambiazo exegético narrativo que apuntaba anteriormente, pues es una obra que fue iniciada por Picasso como último homenaje a un torero muerto, su buen amigo Sánchez Mejías, que pasa a reconfigurarse después como la caprichosa crónica negra de un bombardeo aéreo, servida a la carta bajo encargo presupuestario de la II República.

Picasso también en esto es genial, se carcajea hermenéutica e intelectualmente de todos, motivado por su exclusivo bienestar, conveniencia y egocentrismo trascendental. Él, a pesar de su genio, indiscutiblemente el mayor de sus contemporáneos, no fue desde luego un ejemplo de honestidad y coherencia personal. Quizás yo de niño tuviese algo de inocente razón: sí, Picasso era un pájaro..., de cuentas y cuentos.

Creo que el más sutil bofetón definitorio se lo propinó Salvador Dalí, cuando expresó: «Picasso es español, yo también. Picasso es un genio, yo también. Picasso es comunista, yo tampoco».



Eso es, Picasso no era sino absolutamente de sí mismo. Lo demás es mera especulación. El Mejías-Guernica, ni es lo que se dice ni todo lo contrario. Y, ya puestos, tampoco su mejor contribución a la verdad del arte de Cúchares ni de la pintura historicista.


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