EL LADO TONTO DE LA HISTORIA

F. Garrido • 7 de marzo de 2026

EL LADO TONTO DE LA HISTORIA


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© Fernando Garrido, 7, III, 2026


En rigor, no hay un lado bueno de la historia. Sin embargo, hoy más que nunca se habla inapropiadamente de un lado bueno y otro malo, correcto e incorrecto, aunque estrictamente ambas categorías no pertenecen al ámbito del conocimiento histórico, sino que caen más bien en el elástico plano de los juicios éticos y morales.

Habrá, acaso, una historia buena y otra mala o peor, atendiendo a su mayor aproximación objetiva a los hechos. Si bien es cierto que la historia es esa ciencia social difícil o imposible de objetivar como una verdad científica, ya que la produce y escribe el mismo ser actuante, contemporáneo o extemporáneo, que constituye a la vez el sujeto y objeto de investigación o estudio. Por tanto, existen dos subjetividades en tensión (el historiador y sus fuentes o datos) complicadas de conciliar en una verdad única y absoluta. Aquí ya entraríamos en un farragoso terreno hermenéutico epistemológico sobre la posibilidad de hallar la verdad y, además, reconocerla como tal cuando esta se presenta ante nosotros. Mucho menos cuando la historia oficial la redactan o reescriben los vencedores, que inevitablemente se atribuirán la propiedad del lugar sagrado donde se conforman los mitos e hitos establecidos.

En fin...

Todo esto viene a cuenta de los conflictos actuales y sobre quiénes son los buenos y quiénes los malos. Pedro ya se ha manifestado en positivo, autoproclamándose el único bueno de la historia frente al mal. Nos ha dicho que los aliados son los malos y que los ayatolas también, aunque algo menos. Su relato doctrinal se resume en un eslogan publicitario fácil de comprar: «no a la guerra». Precepto moral que suena tan delicioso como falso para un hacedor de muros y otros noes que le atañen. Por ejemplo: no a la mentira, no a la corrupción, no a la lujuria, no a la prostitución, no al machismo, no a la desigualdad entre españoles, etcétera.

Pero, además, este no a la guerra es auto lesivo y miserable porque choca contra el derecho a la legítima defensa propia o a la de otros amenazados. En el caso que nos ocupa, Irán declaró y hace la guerra al infiel hace ya casi medio siglo. Tiempo en que no ha cesado de atacar y asesinar a ese sujeto infiel que somos los demás, incluidos los musulmanes no ortodoxos, propios o extraños. A tal fin el régimen fundamentalista iraní, basado en la ley y designio divino, no en un derecho civil ni internacional, ha desplegado durante décadas todas las armas a su disposición, incluidos los terrorismos y la financiación de aquellos elementos de desestabilización regional e internacional.

En definitiva, si esto acaba bien para los aliados, significará que en Irán se habrán dado pasos hacia una libertad más o menos cercana y el mundo será un lugar más seguro. Si sucede lo contrario, habrá resistido un régimen asesino y de esclavitud, exportador de terrorismo e inestabilidad permanente en Oriente Próximo o Medio y los países llamados occidentales. En este lado, pues, estamos los amenazados y no puedes declararte neutral, o sea, en el lado tonto de la historia, so pena de, además de víctima, ser un país traidor.

En España, un gobierno en minoría que apela constantemente al diálogo, sin embargo, prescinde del mismo en sede parlamentaria, y nos lleva a ser víctimas en ambos lados del conflicto. El coste va, como siempre, a cuenta nuestra, los tontos útiles que soportaremos dobladas las consecuencias, como mínimo económicas, de esta desafección y traición que se suma a tantas otras.


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