RETRATO DOMINICAL
RETRATO DOMINICAL
Relato de entretiempo
© Fernando Garrido, 2026
Audio I
I
Caminaba de regreso al centro en dirección Este, en sentido contrario al curso del río, especulando sobre la posibilidad de malgastar satisfactoriamente aquella mañana que presentía plena de muchas maravillosas nadas.
Había dejado atrás el mercado ambulante que llaman de los «chamarileros», al que suelo acudir cada domingo antes del meridiano a fisgar entre las variopintas mercachiflerías y preseas ofertadas en almoneda callejera. Cientos de objetos usados, raros, comunes o insólitos, útiles o inútiles que, queriendo, se prestan bien a imaginarles historias improbables acerca de sus empleos pasados o las vidas de sus anteriores propietarios, tal vez ya desaparecidos, cuyas biografías de alguna manera están apegadas a aquellas pertenencias que nadie dice ni sabe cómo acabaron allí, en un rastro semanal de chismes y antiguallas torpemente inventariadas junto a otros despojos extemporáneos, tan anochecidos como furtivamente expoliados al lento banquete de termes ciegas y polillas cenicientas en la penumbra de trasteros, aparadores, baúles y armarios de casas viejas inhabitadas en espera de reformas cosméticas para remedio de urgencias habitacionales.
Objetos barnizados con pátinas estratigráficas de polvo y groseras mugres, que ahora yacen dispersos y desubicados en las improvisadas mesas de autopsia trashumantes de anticuarios de poca monta, como cadáveres solemnes de una batalla injustamente perdida contra el uso del tiempo y sus ingratos herederos. Y a pesar de su desconocido origen y su más que incierto destino, cada uno de esos entes presuntamente inánimes, por prosaicos o líricos, entrañables o indiferentes, excesivos o baratos que sean, siempre cotizan con impenetrables misterios imaginados, tan asequibles a la fantasía del incauto como dóciles al bolsillo más ladino e inexorablemente superfluos al escaso espacio de repletos anaqueles domésticos del afanado coleccionista compulsivo.

Brujuleando, me había interesado por una reproducción de una pintura posromántica que representaba a una bella mujer con aires eslavos y elegantes ropajes exóticos; una especie de zarina burguesa y nihilista cuyos encantos, no sé por qué, me llevaron a evocar un personaje femenino de una breve novela de Turgueneff que tenía leída y olvidada hacía años.
Aunque el precio inicial no era alto, lo regateé por cumplir con la convencional y deontológica obligación moral de no ofender al vendedor aceptando la primera cifra, y también por el mero placer de apostar hacia abajo hasta dónde pudiera apretar la cantidad final. Y, si bien pudiera ser cierto que nosotros no elegimos algo, sino que eso mismo nos llama y escoge cuando comparecemos a su lado, no albergaba intención alguna de cargar de vuelta con ese cuadro. Tenía otros planes en que entretenerme antes de regresar a casa.
A decir verdad, el plan era ninguno y seguramente el mejor de todos: sólo el dejarme llevar ligero de mis pasos, porque aquella era una bonita mañana de domingo, soleada, la primera de marzo, tras demasiadas jornadas grises y de lluvias.

El centro de la ciudad olía más que otras veces a perfumes de festivo, y lo era. La luz estallaba insolente sobre la hojarasca de los árboles y salpicaba las losas del gran paseo con pinceladas sueltas, de colores vivos, variados, nerviosos y alegres, como en una de esas amables pinturas de Monet, donde la realidad se recompone con toques de luz entremezclados con sus sombras más puras y tonos complementarios.
Las gentes deambulaban pausadas con satisfecha calma y tañían en sus bocas murmullos de merengue, celebrándose con fruición en la deliciosa e inusitada amenidad dominical.
En la ribera del río, junto al paseo, los juncos vibraban tensos y rítmicos como bordones de rondalla, y las folias lanceoladas de los sauces prendidas de sus lianas buscaban el primero y más temprano acuoso elixir de apresurada primavera, balanceándose y lagrimando en iniciáticas alegrías sobre las aguas su dulce rocío de clorofila.

Unos niños jugaban entusiasmados al que te pillo, subidos al viejo templete de la música, mientras sus padres vigilaban y les advertían que no se estropeasen el vestido restregándolo en el parduzco robín de las barandas de forja.
Las campanadas en la catedral marcaban firmes y jubilosas las doce del mediodía, al mismo tiempo que el tacaño relé programado de la bomba propulsora de la fontana se reiniciaba, tras un prolongado descanso, disparando generosos chorros y parábolas de agua sobre la lámina verde del estanque que ondeaba locuaz frente a la concurrida terraza del ambigú.
Yo, inercialmente iba hacia allí, a disfrutarme entre aquellas galanas estampas costumbristas que adornan el álbum festivo de las vanidades provincianas, que interpelan indiscreciones inconfesables escudriñando a las gentes de reojo para gastar livianas severidades de cronistas espontáneos, abandonados al íntimo regodeo en un espejo mágico que nos devuelve una regalada imagen ideal en el reparto actoral, a la vez que espectadores de las tramas melodramáticas que se resuelven en cien teatrillos sin nudos ni desenlaces concretos, pero sin embargo tan consuetudinarios como recurrentes. No esperaba nada otro que acomodarme en un discreto palco de butaca de la función virtual, entre el sol y sus sombras, al trasluz bajo el palio de las enhiestas sombrillas en el gran velador del paseo central, para falsificarme tras espumas de lúpulo vertidas en orondo vidrio de ágapes matutinos.
Audio II
II
Miré y busqué alrededor. No había mesa disponible, todo parecía completo. Estuve casi tentado de marchar, pero deseché la idea de improvisar una alternativa aún ignota y quizás menos apetecible a esa hora. Y decidí aguardar con ojo de halcón a tomar el relevo de los primeros que levantasen el vuelo como esos jilgueros urbanitas, que escapan canturreando felices tras aprovisionarse furtivos de las sobras abandonadas de tostadas y croissants.
Ella aparentemente estaba sola, inmóvil en sí misma. Mostraba una pose de pictórica languidez y tenía un prosaico café con leche en vaso de cristal sobre la mesa. Llevaba puestas unas gafas de sol y su bonita melena lucia al contraluz matices fogosos que la otorgaban un aire sensualmente distinguido y sutilmente enigmático, como suele ser habitual en cualquier osada dama solitaria. La pregunté si podía disponer de una de sus sillas vacías para llevármela y colocarme en cualquier lugar de la terraza hasta que dejasen libre alguna mesa. Ella, sin embargo, despertando de su improbable duermevela, me invitó muy amable, sin superflua retórica, a tomar asiento allí mismo, en su mesa.

No lo esperaba. No suele suceder, pero me sentí gratamente sorprendido y orgullosamente afortunado. Acepté de inmediato y me senté frente a ella.
Agradecido, quise corresponder puenteando el espacio sentimental entre ambos con algunas palabras de intrascendente cordialidad, tratando de no caer en burdas referencias al buen tiempo atmosférico tan espléndidamente evidente como nuestra presencia allí. No recuerdo bien qué dije, pero enseguida se mostró dispuesta a conversar e intercambiar impresiones personales sobre cualquier tema que nos iba surgiendo cada vez con más íntima naturalidad.
Así, una media hora después ya conocíamos algunas cosas el uno del otro. Ambos no teníamos planes concretos, simplemente habíamos ido a parar allí a disfrutar del sol y el buen ambiente, observando el discurrir de lo ajeno alrededor como peces solitarios en la aséptica comodidad branquial de su panóptica pecera de observación.
Llegado el momento, la propuse continuar nuestra animada conversación con un aperitivo en otra parte. Ella aceptó gustosa, e incluso intuí que deseaba con cierta actitud de complacencia y propiciatoria expectación el que yo lo propusiera. Y así hicimos: pululamos de sitio en lugar conquistando una suave ladera de desinhibiciones entre bocados sabrosos y tragos brillantes de aromáticos fermentos de rubís y espumosos ámbares hasta que, bobamente risueños ya cerca del atardecer, nos despedimos con mutua gratitud y sincera satisfacción por la agradable travesía dominical, no sin antes intercambiar nuestros números de teléfono con la intención pactada de tal vez volver a vernos.

Regresé a casa algo agitado, inquieto y nebulosamente feliz. Deseaba que en efecto llegase pronto esa ocasión comprometida y aplazada, mientras recreaba mentalmente el enorme instante en que ella se había despojado de las gafas ahumadas y aparecieron sus ojos brillantes, extrovertidos, como dos ventanas abiertas a un mar calmado e intenso, y vi en su rostro la elocuente expresión de su femenino ser inundado de aquella gama cromática que reviste de cálidos matices a los objetos y de esperanza a los humanos sentimientos. Tuve entonces esa sensación de haber visto en algún otro tiempo y lugar esos ojos claros de amable, poderosa y delicada majestad.
Juntos, las horas habían transcurrido ligeras y veloces mientras nos narrábamos con generosidad y sincera pudicia. Yo había visto algo mío en su mirada, volcada al mundo con extrañeza y expectación, asomada al presente inmediato, libre de memoria y de incómodos equipajes. Éramos, tal vez, el encuentro dual de biografías incompletas e inacabadas que, inopinadamente, se habían cruzado en un instante y lugar de la ciudad para reconocerse en el fulgor de un breve rayito de sol, entre cientos de destellos tan dispersos como fugaces.

Así como pasaron varios días sin mayores noticias de su parte, intenté sanar mi inquietud escribiéndola algunas líneas para mantener el hilo invisible de nuestra reciente amistad. Pero, a cada mensaje apenas recibía algún trisílabo aséptico, escuetos monosílabos y bisílabos forzados. Era inútil, cada vez su respuesta llegaba más tarde, fría, parca y lejana. Luego, silencios absolutos y frustrantes. Me resultaba incomprensible. No sabía a qué achacar aquella extraña e inmotivada desafección.
Después, melancólico y acompañado de incómodas ausencias, pensé que quizás aquella sólo fuese una irrepetible y bonita mañana perfumada de viejo idealismo romántico para adjuntar a la colección de recuerdos concluidos sin suceder, cuando tras un «hola» queda diferido en el memorable vacío de días aciagos un eterno e impreciso «adiós». Nada más y, sin embargo, quién puede saberlo... Beato te.
Audio III
III
El domingo siguiente, como de costumbre, regresé al rastro. La mañana estaba pesada y desapacible. Nubes inquietantes, turbias y tumultuosas con vetas de tocino mohoso y vahos alquitranados transferían sus soplos tajantes y húmedos con apesadumbrada tristeza a cada calle y horizonte de una ciudad que presentía casi desahuciada y fantasmagórica. A lo lejos, se escuchaban ladridos angustiados que prefiguraban el dolor místico de un sombrío atardecer anticipandose al mediodía.
Los chamarileros llevaban puestos semblantes violáceos y acartonados, las manos ateridas en bolsillos hueros, y sus saldos pintaban tan deslucidos y crepuscularmente expuestos que asemejaban montones de momias desmembradas que esperan sin éxito ser sepultadas de una vez, antes de que un fanático e inmisericorde comprador con ínfulas de arqueólogo les pusiera su garra en las cuevas de la memoria, para extraerles del codillo el tuétano con que hacer un caldo amargo, cocinado con salfumanes de carbono catorce.

Encontré apostada aún allí la pintura por la que me interesé la semana anterior. Aguardaba marchita a que un pretendiente desdichado la sacase a bailar una danza de difuntos prematuros, para renacer a la vida vegetativa sobre las paredes de un salón con chimenea, tiznadas de ayeres anónimos e innombrables. La observé de nuevo con estupor: tenía un aspecto tan diferente, un algo extraño, estremecedor. Aquel delicioso delirio romántico, oníricamente épico y de literaria prestancia que lucía apenas siete días atrás, había mutado en sublime melancolía. La figura humana, ahora matizada por un cielo tempestuoso emborronado de grisallas tenebrosas, se mostraba insolente y consumida en sibilinas elucubraciones. Su alma desvaída y mancillada por el filo cruel de un reloj con agujas de guadaña segadora, me llevó inmediatamente a imaginarla como una réplica femenina de aquella célebre pintura que Wilde describió con pinceles afilados de palabras y el descreído escepticismo macabro de un profeta bufo, vuelto de espaldas y al revés. Probablemente el más contemporáneo, horrible, sobrecogedor y universal retrato humano jamás novelado.

No obstante, la contemplación de la reproducción elevó e inundó mi alma de un preclaro sosiego en el reconocimiento de la estupidez empírica por hallar certezas huecas y respuestas imposibles en un mundo pendular que se manifestaba de aquella forma, ora triste o alegre, encubierto por la falaz percepción sentimental de imágenes incompletas en un retablo de títeres sin autor, con almas de paja licuadas en agridulces almíbares existenciales y venenosas pócimas de ensueño placentero. Porque, consolándome, sólo se trataba de una copia de otra copia de un original irreal. Y acaso también fuese cierto que me angustiaron ciertos remordimientos considerando caprichosamente que aquel cuadro no mereciese la pena, ni el peso bajo el brazo en el camino de regreso hacia mi incombustible techo de confort rutinario.

Aunque recordaba perfectamente cuál fue el último precio que sonsaqué sin gran empeño al chamarilero, volví a preguntarle cuánto pedía, sólo por el extraño placer de autoinculparme.
—Señor, este cuadro no está en venta —me contestó —, lo tengo reservado a un caballero que vendrá a recogerlo.
Bueno, me dije, otra ocasión habrá. Pero, ya marchaba cuando, alborotado, me llamó alzando la voz para que lo oyese en la distancia —eh, eh, oiga, espere, perdóneme, no lo había reconocido. Es usted, ¿no va a llevárselo? Me lo dejó pagado el otro día...
—No —contesté firme, desdeñoso y sin mirar atrás, mientras me alejaba caminando tranquilo, —hoy tampoco, quizás la próxima semana..., quién sabe.
FIN











