FLOR NUEVA DEL VIEJO CRISTO DE BURGOS

F. Garrido • 3 de abril de 2026

FLOR NUEVA DEL VIEJO CRISTO DE BURGOS


© Fernando Garrido, 2026


Ya desde los tiempos de godos, mozárabes, mudéjares y moros, afiladas lenguas hebreas comentaban que sería posible crear un bosque bien arbolado de leña seca, reuniendo en él todos los lignum crucis adquiridos por abades, obispos, nobles y reyes para el tesoro de cenobios, basílicas o palacios, y contemplar al mismo tiempo una babilónica rosaleda de espino rejuntando las reliquias de la spinea corona custodiadas en guardapelos a lo largo y ancho de la cristiandad.

En aquellos lejanos siglos amorfos de exuberantes pestes, de morbos inexplicables, de terribles mitos y crímenes de lesa supervivencia, no existía inseguridad en nada, porque simple y llanamente no se sabía que era el estar seguro, así que la incertidumbre no formaba parte del ánimo antropológico, sino que constituía el sentimiento mismo, el estado básico, radical, inconsciente y reptiliano sobre el que se construían las conciencias empíricas y el espíritu moral elevado a inefable misterio trascendente. La naturaleza toda tenía un valor oculto, animado y sacro. Lo pequeño podía sustituir a lo enorme y vencer su resistencia, así como lo enorme troceado era igual y lo mismo que el todo y lo absoluto.

En Burgos, un viejo cronicón secreto escrito en ladino cuenta cómo unos comerciantes judíos habían importado de la Judea algunas macetas con pequeños plantones de euphorbia mili, florido arbusto que sirvió de materia prima a un maestro orfebre de fibras vegetales, esclavo de Tanaj, para trenzar la indigna corona con que las atribuladas tribus de Israel, bajo las complacientes facies romanas, laurearon para escarnio y peor INRI a un desconocido semidiós y virrey terrenal, el Cristo vivo, Jesús el nazareno.

Aquellas matas orientales, aunque originarias de la romana Mauritania, llegaron para ser plantadas en la hispana, castellana y burgalesa judería, en un maravilloso patio ajardinado perteneciente a Mosén, pariente de Samuel Ha Leví Abulafia, consejero del rey don Pedro.

A Raquel, la esposa de Mosén, que cuidaba de aquel entrañable y doméstico vergel, le fue encomendado un trio de esas exóticas euphorbias para que se aclimatasen a los rigores del norte y se multiplicasen al cuidado de sus delicadas y experimentadas manos de jardinera. Raquel, obediente al encargo marital, dedicó sus días al mimo de aquellas florecillas de color rojo, amarillo y blanco que sin interrupción nacían a borbotones gozando de orientación sur y gracias también al óptimo drenaje y abonado de su pequeño terruño.

Samuel, el sabio rabino de la aljama principal, la informó una tarde en que fue a visitarla de que aquella variedad debía su nombre a Euphorbus, un antiguo médico griego al servicio del rey Juba II de Numidia y de la Mauritania, yerno de Cleopatra y Marco Antonio, que luchó en Accio junto Augusto contra sus célebres suegros y sincréticos amantes. Pues, al parecer, ese Juba fue curado de un grave estreñimiento causado por su traidor quebranto familiar, gracias a Euphorbus, el galeno greco, dándolo a beber el jugo obtenido de la tal planta, entonces aún sin nombre. Y en efecto, aquellas floridas matas no sólo tenían afilados pinchos sino un potentísimo veneno que alternativamente mata o cura según su uso dependiendo del sujeto y sus circunstancias.

Tanto fue el esmero de Raquel que, sorprendentemente, en apenas dos lunas contadas desde Janucá, el amable patio fue todo él colonizado por la invasiva frondosidad de las euphorbias, algunas de las cuales ya llegaban a alcanzar más de una vara de talla. Raquel, algo asustada, sin explicarse una razón botánica para tan prodigioso fenómeno, trató de podarlas poniendo en riesgo sus propias manos, pero sin éxito. Hasta que no pudiendo más, comentó a su esposo, Mosén, cómo estaba de disgustada, porque aquellas flores iban arruinando el resto de sus más preciadas plantas, y así le rogó por favor que la permitiese buscar un expeditivo remedio para eliminar de algún modo parte de aquella avarienta y espinosa jungla, donde ni siquiera ya los pájaros bajaban a posarse, a pesar de regalarles, como era costumbre, migajas de pan blanco a cambio de sus nutritivas deposiciones que fertilizaban los parterres y arriates. El esposo la tranquilizó comunicándola que ya él tenía previsto y bien dispuesto aquello, y que a no tardar tornaría el patio conyugal a lucir su delicioso esplendor doméstico, libre de dentados tallos. Y así sucedió. Cada amanecer iba desapareciendo sin dejar rastro cada una de aquellas prolijas euphorbias, y Raquel fue recuperando la sonrisa al tiempo que emergía de poco a poco su precioso vergel.

En realidad, como ella sospechaba, era Mosén quien se empleaba en las horas intermedias de la noche, cuando todos dormían, para arrancarlas y trasladarlas desde su morada a otro lugar donde las replantaba. Para ello se hubo procurado herramientas de minero y un gran saco de aspillera muy tupida, así como de un grueso hábito encapuchado y unos grandes guantes de cetrería, a fin de no sufrir daño y encubrirse en la oscuridad ante cualquier indiscreta mirada de vecinos insomnes.

Así fue que algunos decían haber visto en sus desvelos la extraña sombra de un hombre con un saco a cuestas y sonidos metálicos que transitaba por las noches desde el barrio de los judíos, pasando por la calle del conde Fernán González, hasta desaparecer cerca de la puerta septentrional de la muralla, junto a la iglesia de San Gil Abad.

Y efectivamente, era allí mismo donde Mosén y su fantasmagoría de saco a cuestas, que después sería recordada por los siglos como espantajo corrector de niños aviesos, acudía cada noche a trasplantar las euphorbias, en el empinado terraplén de subida al templo donde, para asombro de las cristianas gentes, cada mañana aparecían in crescendo las exóticas plantas. Tantas que a la vuelta de unas semanas la engañosa bella flor rodeada de espinas se había multiplicado y apoderado de gran parte de la cuesta, de tal contraria suerte que cualquiera que quisiese subir a la iglesia parroquial debía de esquivarlas o sufrir heridas de las afiladas y puntiagudas púas leñosas que cuajaban los tallos. Pero nadie se atrevía a despejar el camino, pues el párroco y capellanes, que competían con otras iglesias y parroquias, gustaban de identificar milagros allá donde hubiese una mínima señal o improbable misterio. Así que, desconocedores del origen de aquella exuberante colonia vegetal, asaz prodigiosa e ignota, atribuyeron interesadamente el hecho a la inescrutable voluntad divina, basándose en el testimonio de un peregrino goliardo que, casualmente, pasaba por Burgos llegado desde Compostela, el cual les dio noticia de la clase de arbustos que eran aquellos, tan similares como idénticos a las euphorbia mili que él había visto en su anterior peregrinación a Tierra Santa, dándoles cabal cuenta de ser precisamente aquella una malhadada planta que sirvió a los judíos para infligir tormento a Dios nuestro Señor en Jerusalén. Párroco y capellanes quedaron maravillados y sumamente complacidos. Aunque a cambio de su valiosa noticia, el goliardesco peregrino, les conminó a adquirir para su iglesia parroquial una de las astillas de la Santa Cruz que él traía consigo de aquel arriesgado viaje, porque con el provecho de ellas él luego se procuraba el vino, la poesía y el sustento con que andar adelante su peregrina vida. El cura no tuvo otro remedio que pagarle en onerosa gratitud una buena suma de los fondos parroquiales a cambio de uno de esos tuertos palillos, que escogió entre ciento que el goliardo llevaba guardados en un carcaj de cuero a modo de soez relicario.

Pero, a pesar del esfuerzo pecuniario por el frágil lignum crucis, harto sospechoso e inocuo, quedó muy satisfecho ya que con esa información peregrina podría cerrar perfectamente el círculo del pretendido y sonado milagro que, a no tardar, sería difundido razonadamente a su feligresía.

—El Señor —decía, en todas y cada una de sus prédicas y homilías —nos ha querido advertir por nuestros pecados, y su soplo todopoderoso nos envió justo hasta aquí, desde los Santos Lugares, atravesando ríos, lagos y mares, las semillas espinosas de su agudo dolor para obtener la redención de nuestros pecados.

El hecho corrió de boca en boca repetido como un rosario engarzado de ajos, hasta trascender el ámbito parroquial a toda la ciudad y su alfoz, y de ahí a otros territorios más lejanos. De tal modo que la colación de San Gil Abad cobró una notoriedad tan rampante y más aún que la cuesta donde se hallaba sita su imponente iglesia.

Miles de fieles acudían allí a pincharse abducidos en la creencia de que esa era la voluntad y alianza con el Señor para el perdón de los pecados, así como la sanación de sus cuerpos, estableciéndose de manera espontánea un rito consuetudinario por el cual habían de recibir todo el daño que pudieran de las espinas, hasta sangrar con ello, para pasar al templo y ofrecer el sacrificio al único y viejo Cristo crucificado de tamaño sobrenatural, que desde tiempos remotos era venerado en San Gil por los burgaleses. Aunque a decir verdad era tan antiguo que ya tenía un aspecto harto lastimoso. Pues para entonces a causa de las humedades del templo y la incuria del tiempo había perdido su policromía y podría decirse que todo él estuviese despellejado en la mismísima carne viva del leño. Circunstancia que propició un expresivo y testimonial rito de repinte por el cual se untaba y vertía en él la sangre hecha en los fieles por las zarzas.

Conocidos con lacónica satisfacción los extraordinarios hechos en la comunidad judía, el rabino convocó discretamente en casa de Mosén a los más notables de su estirpe en Burgos. Allí les hablo de cómo el plan estaba en marcha. Les recordó que tenía como finalidad el abandono voluntario del templo por los cristianos, para ser convertido en sinagoga aljama.

Todo había sido acordado anteriormente en secreto por los más hacendados comerciantes judíos, que deseaban un lugar más representativo y acorde a su meritorio estatus en la ciudad, allende su ceñida barriada, para el culto y reunión de su próspera comunidad, habiéndoselo hecho saber previamente al rey don Pedro, amo y protector suyo, a través de su más estrecho colaborador, banquero y consejero, Samuel Ha Leví, el mismo que acababa de erigir una magnífica sinagoga en Toledo, adquiriendo una vieja ermita cristiana. El rey les había enviado, sotto voce, su aprobación, siempre y cuando los titulares tuvieran a bien venderles libremente su templo, cosa que consideraron poco probable, salvo que fuese por motivos diferentes a obtener una buena e incluso exagerada suma de dinero. Así pues, habían pergeñado una estrategia disuasoria para dejar sin feligreses ni rentas a la parroquia, al sumirla en un espinar maldito e imposible de reducir sin el conocimiento hermético que sólo ellos, los judíos, poseían para erradicar la diabólica euphorbia mili.

El fenómeno entorno a las floridas zarzas espinosas de San Gil y su efecto salvífico fue amplificado y glosado en romances por juglares, aedos y ciegos de solemnidad, que recitaban en aleluyas por las plazas castellanas las curaciones milagrosas para quienes restregaban sus cuerpos y extremidades enfermas entre las espinas, hasta adquirir el lustre martirial de haber sido flagelados en jueves tras una cuaresma.

Pero la realidad era que al contacto con las espinas se inoculaba un veneno natural que segregaba la planta, provocando un estado de euforia similar a la embriaguez que causaba una placentera sensación transitoria de curación, sentida como un inmediato milagro, aunque  lo peor fuese que al mismo tiempo los restos de sangre que quedaban en las espinas propagaban las enfermedades que traían las gentes en busca de sanación que, bien al contrario, las acrecentaban o contagiaban cada mal a quien no lo tuviese.

No pasó mucho tiempo hasta que algunos fieles escépticos empezasen a sospechar y advertir la terrible verdad. Los casos de enfermedad se multiplicaban y hubo de habilitarse en Burgos nuevos lugares de enterramiento extramuros, a fin de alejar de allí los muchos cadáveres apestados.

Para aquellos desasosegantes días la santa madera del Cristo ya había absorbido tanta sangre de oferentes heridos, que terminó por hincharse toda su leñosa fibra con azumbres del sacrificial plasma humano, de tal modo que el labrado leño quedó desfigurado y teñido de rojo, asemejando un ser monstruoso, que más pareciese ser una vengativa burla del Demonio que un representante de la Sagrada Historia.

A tal punto llegaba el horror que asustaba no sólo a los niños y ancianas, sino a toda la comunidad de los justos, que poco a poco dejaron de acudir al lugar sospechando que aquellos sacrificios no fuesen ofrecidos al Señor, sino a su mayor e infernal enemigo, como resultaba evidente al observar aquella imagen que exudaba, cual dionisiaco demonio beodo, la atroz demasía de sangre que había ingerido el maderamen.

Y con la misma voluble facilidad que el de Nazaret fuera aclamado en Jerusalén por la multitud un Domingo de Ramos, para acusarle y condenarle a la cruz en los siguientes días, pasaron las gentes a considerar al milagro una maldición, hasta que el templo fue abandonado de todos, horrorizados por aquel sangriento castigo, que algunos atribuían al mismísimo Belcebú.

Sin feligresía, párroco ni capellanes, San Gil Abad quedó a expensas de las zarzas espinosas y como refugio de leprosos desahuciados que seguían llegado en peregrinación de todos los reinos, con sus carnes tan necrosadas y echadas a perder que no temían nada, sólo les restaba la última esperanza de clamar a Cristo el milagro desesperado de su curación. De tal modo que, al hacer el ritual baño de espinas, quedaban prendidas de las púas los girones y tajadas de sus carnes inánimes, a cuyo pestilente rastro se llegaban aves de mal agüero, les crecían gusanos y acudían alimañas nocturnas a participar en el gran festín de podrida carroña humana.

Trasladada la noticia de tan horrendos, luctuosos y heréticos desmanes al obispo metropolitano, que estaba en misión pastoral por los confines de su diócesis, hubo de regresar para intervenir inmediatamente en el asunto, so pena de mayores males e incluso la excomunión por su responsabilidad in vigilando. Así mandó llamar a un célebre dominico conocido suyo, Nicolau Eymerich, exorcista e inquisidor de Aragón, que había elaborado un manual llamado Directorium Inquisitorum, donde daba instrucciones precisas para sanar de hechizos, brujerías y posesiones. Examinado el caso por fray Nicolau y no encontrar respuesta adecuada entre sus recetas, fue a buscar en antiguos libros becerros y documentos el remedio que, tras un casi infinito escrutinio por bibliotecas y scriptorium monacales, lo halló en un mugriento pergamino judaico escrito en arameo, el cual hizo traducir a un monje amanuense de la escuela toledana, originario de Palestina. En él se daba cuenta de un abono tan potente que debilitaba y quemaba de raíz a esa variedad de vegetales punzantes, mezclando sus propias flores con agua ferruginosa, excrementos de paloma torcaz con blanco collar y sangre caliente de toros bravos desollados al después de un Sabbat, para una vez mezclado dejarlo todo en maceración hasta un jueves para verterlo al siguiente día, viernes, en chaparrón de regadera sobre las agresivas brozas arbustivas. Y así se hizo, coincidiendo con la Semana Santa, según la particular exégesis de fray Nicolau. De tal modo que, para cumplir lo escrito junto a lo no explícitamente dispuesto, se utilizó un gran canalón de tejas romanas existente desde antiguo en la cubierta de la iglesia, que acababa en una gárgola de piedra berroqueña, que a su vez vertía aguas sobre la cuesta y puerta de entrada principal al templo. Hasta los altos tejados subieron mediante sogas y garruchas las varias cubas con el brebaje, que fueron vertidas en el canalón, justo a las siete de la tarde, según también interpretó a su acomodo el clérigo exorcista.

Nada más sentirse en la ciudad aquella lluvia encarnada que caía de los tejados de la iglesia, se congregó abajo una muchedumbre que exclamaba jubilosa que aquello sí era la auténtica sangre del Cristo, derramada para la redención del Hombre. Así pues, el bermejo brebaje discurría cuesta abajo en brava cascada, cual torrente fluvial sanguíneo, arrasando y abrasando las zarzas de euphorbia que ya para el Domingo de Resurrección habían desaparecido por completo, ante el asombro de una feligresía enardecida y feliz por la revocación del milagro mediante otro singular prodigio divino.

En conmemoración, el obispo encargó a un experimentado maestro, que trabajaba por aquellas fechas en las Reales Huelgas pintando murales al fresco, que restaurara la talla para devolver al hinchado monstruo la majestad original de un verdadero y venerable Jesús crucificado. No escatimó el obispo en gastos para dotarle de la mejor y más rica policromía, y fray Nicolau, el exorcista, determinó que, a fin de conjurar y conmemorar los hechos, quedase plasmado sobre la carnación de la antigua talla las huellas del flagelo corporal infligido por las euphorbias, pintadas y abultadas en estuco modelado, como sentido, aséptico e indeleble recuerdo de lo acontecido. Y así se hizo. La figura quedó magníficamente acabada con un bello tapizado de hematomas goteantes, estampados como un brocatel en tan perfecta formación geométrica que asemejaba a un parterre labrado en hileras con florecillas violáceas y carmesíes.

Aun así, toda la sangre absorbida por el leño nunca pudo ser totalmente drenada pues, a pesar de los esfuerzos del maestro restaurador, persistió rezumando gotas de allá para cuándo y siempre jamás hasta los sucesivos y venideros presentes.

Ahora, vos, viajero, turista, peregrino o burgalés del siglo XXI, creyente o no, cofrade, sacerdote, alcalde, procurador o penitente que ignorante subes la fatigosa escalinata de San Gil, chapada con rústicas losas de Hontoria de las catedralicias canteras, debes de saber que estás pisando sobre un empinado terregal y yacente camposanto de malvadas espinas inertes, porque esta y no otra es la historia apócrifa, verdadera e indemostrable leyenda del Santísimo Cristo de Burgos, el de las incontables Gotas, la más bella e historiada imagen del arte sacro medieval burgense que nos pudo ser impíamente legada.


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