LA FILFA DE LAS RAZAS

F. Garrido • 8 de abril de 2026

LA FILFA DE LAS RAZAS


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© Fernando Garrido, 8 de abril de 2026


Son más o menos las 5 de la madrugada. Como de costumbre acabo de ponerme un café y tomar mi ampolla energética de jalea real. Abro el portátil, me conecto al mundo. Estoy en vilo: ¿Qué hizo ayer el Real Madrid? ¿Habrá «muerto toda una civilización para no volver jamás»? ¿Los tripulantes de la misión lunar de la NASA, ya de regreso, seguirán teniendo problemas con el WC? ¿Estará mejor la extraña mala salud de la Paqui Visa Cerdán?

Ardo en deseos de conocer ahora mismo todo lo que haya sucedido desde que anoche fui temprano a planchar oreja.

Pues, ya veo que el Madrid no acabó muy bien, sino mal. De la Paqui no dicen nada nuevo, y del inodoro inter espacial de la Artemis II, tampoco obran gravitatorias novedades fecales a reseñar.

Eso sí, de Trump esperaba más: que ese algo «revolucionariamente maravilloso» sucediese, según anunciaba él mismo en X ayer, «uno de los momentos más importantes de la larga y compleja historia del mundo», y añadía que «terminarán 47 años de extorsión, corrupción y muerte» ... Suena bien, muy, muy bien, aunque no se refiriera a estos ayatolas de más acá sino a los de alá. Pero, tampoco, qué tedio, no ha sucedido nada de nada, salvo el aplazamiento aplazado de la prórroga prorrogada de otro paréntesis para una tregua entre el último y el ultimísimo ultimátum del desacuerdo en el acuerdo sin principio ni the end.

No obstante, el mundo woke está que no para. Leo que la FIFA, órgano cleptomano donde las corruptelas se cifran en miles de millones, abre un expediente contra España por racismo tras gritarse en un estadio de Barcelona «musulmán el que no bote». Alguien debería de explicar a esos lobistas con corbata de Nike o Adidas, fabricadas en Pakistán, que en el territorio aragonés llamado Cataluña también se canta a menudo «español el que no bote», y aún cosas peores. Entonces, dígannos, ¿somos los españoles una raza bajo amenaza de nosotros mismos, o de otros? ¿estamos también racializados? ¿será entonces esta una lucha entre razas? ¿existen de veras las razas española o cristiana o mahometana o judía o budista tibetana?

En el antiguo orden racional, casi extinto, siempre habíamos considerado que un musulmán es el seguidor de una religión monoteísta, tributaria del judaísmo, que desde su tardía fundación en el siglo VII generó en torno a su ley una civilización llamada islámica, cuya pretensión de universalidad, émula del cristianismo, siempre ha querido pastorear a todos los pueblos de la Tierra bajo su atadura a la Huma o comunidad musulmana de ellos. Por tanto, entérense, no exclusiva de una determinada raza humana.

Aunque los filósofos y periodistas deportivos, que sí deben de ser una raza de indocumentados evolucionada a mucho peor, nos vienen a decir que el conjunto de los que ponen la cerviz hacia la Meca son una raza, tal vez implícitamente superior a quienes practican sexo trascendental con ángeles o demonios menos medievales, salvajes y pendencieros.

Los achaques al racismo apestan a herramienta y combustible del neocomunismo woke, para crear otro clima de hostilidades y despiste inducido. Una lucha de razas que quieren sumar a las demás que van provocando allá donde encuentran hueco para enfrentar a la sociedad y civilización que han de fragmentar y destruir. La racialización de todo es su más reciente creación, la dictadura racista de las razas que se nos viene, cuando la realidad que oculta es una lucha de civilizaciones. Me temo, míster Trump, que sea la nuestra la que está muriendo para no volver jamás.



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© Fernando Garrido, 2026 Ya desde los tiempos de godos, mozárabes, mudéjares y moros, afiladas lenguas hebreas comentaban que sería posible crear un bosque bien arbolado de leña seca, reuniendo en él todos los lignum crucis adquiridos por abades, obispos, nobles y reyes para el tesoro de cenobios, basílicas o palacios, y contemplar al mismo tiempo una babilónica rosaleda de espino rejuntando las reliquias de la spinea corona custodiadas en guardapelos a lo largo y ancho de la cristiandad. En aquellos lejanos siglos amorfos de exuberantes pestes, de morbos inexplicables, de terribles mitos y crímenes de lesa supervivencia, no existía inseguridad en nada, porque simple y llanamente no se sabía que era el estar seguro, así que la incertidumbre no formaba parte del ánimo antropológico, sino que constituía el sentimiento mismo, el estado básico, radical, inconsciente y reptiliano sobre el que se construían las conciencias empíricas y el espíritu moral elevado a inefable misterio trascendente. La naturaleza toda tenía un valor oculto, animado y sacro. Lo pequeño podía sustituir a lo enorme y vencer su resistencia, así como lo enorme troceado era igual y lo mismo que el todo y lo absoluto.
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