LA TORRE FLORENTINA
LA TORRE FLORENTINA
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© Fernando Garrido, 29, IV, 2026
No, no se trata de glosar aquí aquellas torres de Florentino, ese «ser superior», construidas en la madridista Castellana, ni las atalayas renacentistas alzadas en la antigua república toscana, como tampoco de traer a Alberti, Michelozzo, ni a Brunelleschi...
Ya quisiera, pues Florencia, reconozcámoslo, es una cura de humildad para aquel que hubiese creído que en casa tiene de lo bueno lo mejor. Y no sólo por lo artístico y monumental, pues aún sería mayor pesadumbre comparar el orden, decoro y excelencia urbana de Firenze, con el caos y la cochambre alcanzada en el entramado histórico toledano que es, sin hipérbole, para morirse de asco y de vergüenza.
Pero ni ladramos ni cabalgamos, el toledoplanismo es ciego y autocomplaciente, vive en la ficción y de la pompa grandilocuente con que tortura a la realidad hasta que, cautiva y estresada, se confiesa emperatriz del trono cutrelux en que nos defecan las miles de cochinas aves torreras, sarcástico emblema de la ciudad.

Pero la toledana torre que quiero referir aún no existe, aunque debería. Es la de Florentino Delgado, concejal de urbanismo en este archipiélago de tierra adentro. Se trata de un interesante y renovador proyecto para el distrito de Palomarejos que han dado en llamar la «torre de Florentino», pero que no solo es eso, a ella va asociada un nuevo y moderno entorno dotacional que nunca antes se había siquiera intentado.

Bien lo sabemos quiénes sin ñoñeces ni embargos, echamos en falta un verdadero centro neurálgico de referencia para el ocio, el negocio y la socialización, acorde a una capital que se precie. Pues la realidad es que para el toledano no existe algo así. El Centro Histórico dejó de ser eso hace mucho y los pésimos intentos en los nuevos barrios: Santa Teresa -Reconquista, Buenavista – Avenida de Europa, han sido clamorosos fracasos, deudores de un desarrollo urbanístico ramplón, tacaño y de cortas miras.

No es extraño que el Alcalde, Velázquez, receloso hacia su concejal, tilde al proyecto de «intangible» pues, para el utilitarismo cortoplacista, el calendario político se reduce a cuatro anualidades y así nos va... Una ciudad hostil, desmembrada, carente de proyectos de calado a futuro. Dinámica por la cual en Toledo no existiría nada de lo que la hizo célebre en otros siglos.
El proyecto de Delgado es, en cambio, ambicioso, diría que revolucionario, de largo alcance y, eso sí, a medio plazo, frente al secular inmovilismo timorato y cautelar. Pero sobre todo, viene a dar solución a lo ya apuntado y a resolver el vacío creado por la obsolescencia del complejo hospitalario y su entorno, tras su traslado a ese monstruo infausto e insular llamado Polígono, a 10 kilómetros, que lleva décadas tragándose el presente y futuro de Toledo sin más merecimiento que la de ser el contenedor de despropósitos generado por la incompetencia y la centrífuga planificación urbanística. Así, Toledo, no es ni podrá ser nunca la amable ciudad de 15, 20, ni 30 minutos, mientras exista ese tumor pedano que nos hace dependientes absolutos de un vehículo.
De todas formas, amigo Florentino, ya sabemos que torres muy altas han caído, alegrémonos, pero con tristeza, de que al menos esta tuya no caerá.
El alcalde tiene otra mayor y vanidosa ambición: que le terminen rápido la tramoya de opereta electoral en la Vega, para ponerse guapo en la foto mojando churros en venial horchata, que al parecer es la prioridad y máxima expresión popular de tradicional toledanía.










