EL VISIGODO YA NO ESTABA ALLÍ

F. Garrido • 9 de mayo de 2026

EL VISIGODO YA NO ESTABA ALLÍ


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© Fernando Garrido, 9, V, 2026


A veces uno preferiría ser visigodo, o romano, o mozárabe...

¡Qué felices tiempos aquellos!, en que si necesitaban ensanchar la ciudad lo hacían sin que los hechiceros y regidores, hoy devenidos en arqueólogos, burócratas y soplagaitas, les aguasen la fiesta, declarando a las baldías tierras veganas lugar sagrado para oficiar el ritual de escarbar, emulando al cánido lebrel que busca su hueso filosofal enterrado en el jardín...


Y ahora, como todo el mundo sabe y celebra con júbilo, el llamado yacimiento arqueológico de Vega Baja es la quintaesencia de las maravillas que constriñen a Toledo. Es decir, constituye ese precioso éter patrimonial que puede explicarnos el progreso en retroceso y conmemoración de sí mismo y, sin embargo, los tontos no vemos allí nada de nada o casi na. Así que la ocasión nos la pintan obligada para que los bobos hagamos finta, como sí lo viéramos, y nos rediman de la estulta ceguera que, al parecer, loda nuestros sentidos más comunes.

Algo semejante a lo que sucedía en el conocidísimo cuento de Hans Christian Andersen. Sí, donde aquel vanidoso rey se paseaba en pelotas como un pollo desplumado, confiando en unos sastres bellacos que lo esquilmaban vistiéndolo con una carísima tela, tan rica y prodigiosa que sólo apreciaban los listos, de tal forma que todos quisieron serlo, tanto que veían lo inexistente confirmando que eran tan gilipuertas como su rey envuelto en tamaño engaño.

Sí, vale, venga, admitámoslo, algún resto de cimientos arrasados por aquí, un caminito desdibujado por allá, zanjas, hoyos acullá, y basta, ya está.

Aunque será insuficiente la credulidad basada en nuestros propios ojos, porque nos seguirán tachando de herejes si contemporáneamente no expresamos que esas cuatro piedras que no arrancaron los arados son valiosísimas gemas, y que por nada del mundo podríamos privarnos en Toledo de contemplar aquel excelentísimo secarral de alcaén y ortigas, donde apenas quedan las raspas roídas de lo que fuese un conjunto urbano y palaciego de época visigótica. Otro cuento memorable, porque, efectivamente, cuando el arqueólogo despertó el visigodo ya no estaba allí..., pero, oye, de algo hay que vivir.


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© Fernando Garrido, 2026 Ya desde los tiempos de godos, mozárabes, mudéjares y moros, afiladas lenguas hebreas comentaban que sería posible crear un bosque bien arbolado de leña seca, reuniendo en él todos los lignum crucis adquiridos por abades, obispos, nobles y reyes para el tesoro de cenobios, basílicas o palacios, y contemplar al mismo tiempo una babilónica rosaleda de espino rejuntando las reliquias de la spinea corona custodiadas en guardapelos a lo largo y ancho de la cristiandad. En aquellos lejanos siglos amorfos de exuberantes pestes, de morbos inexplicables, de terribles mitos y crímenes de lesa supervivencia, no existía inseguridad en nada, porque simple y llanamente no se sabía que era el estar seguro, así que la incertidumbre no formaba parte del ánimo antropológico, sino que constituía el sentimiento mismo, el estado básico, radical, inconsciente y reptiliano sobre el que se construían las conciencias empíricas y el espíritu moral elevado a inefable misterio trascendente. La naturaleza toda tenía un valor oculto, animado y sacro. Lo pequeño podía sustituir a lo enorme y vencer su resistencia, así como lo enorme troceado era igual y lo mismo que el todo y lo absoluto.
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