EL FANGO Y EL YO

F. Garrido • 9 de junio de 2024

EL FANGO Y EL YO


© Fernando garrido, 9, VI. 2024


Sabemos por la Física que un par de fuerzas de igual intensidad y sentido contrario, aplicadas sobre un objeto, genera un movimiento de rotación o efecto de abolladura.

(Ese par de fuerzas, F1,F2, está siempre caracterizado por su momento, M, cuyo valor es igual al producto de una de las fuerzas por la distancia, d, que la separa de su homóloga, así M=F1d = F2d)

Aparte de la abstracta teoría, el par de fuerzas está presente en múltiples aspectos de la vida cotidiana, aunque estamos en la era en que hasta los tapones de plástico actúan contra el sentido común de nuestros dedos inocentes.

Y sostengo que, yendo de lo particular a lo general, tal efecto es debido a que el par de fuerzas, zurdas o siniestras y diestras, operan especialmente hoy en el insoportable lodazal de la política.



Su momento es recalcitrante. Los pares llamados "progresistas", se concitan de par en par, para voltear las mentes como tortillas, para mover el delito hacia la impunidad, girar lo dicho y lo hecho hacia su negación. En suma, se trata de dar la vuelta a la verdad, a la ley y la a moral hacia lo contrario, esto es, desplazar el bien hacia el lado del mal y la vida saludable hacia su corrupción.

He ahí el gran giro del "progreso" en cuya cúspide se sitúa la pareja presidencial, que se proclama como Seres de luz (punto de partida de la nueva civilización), cuya limpieza no es cuestionable, no se discute, es axioma de ley consustancial a sus personas, porque todo lo que dicen y no hacen o aquello que hacen y no dicen, no requiere demostración ni exige más refutación que su proteica palabra.



El matrimonio de la corrupción, que tiene su acta fundacional en un prostíbulo de la madrileña calle San Bernardo, inició la gobernanza celebrando, como los griegos antiguos, una gran hecatombe con miles de víctimas (oblación propiciatoria con gran número de reses sacrificadas), sobre todo hembras, a las que sentenciaron un ocho de marzo de 2020, siendo ya el gobierno más feminista, pacifista, ecologista y demás “istas” paritarios habidos en el universo.





Pocas cosas hay más repugnantes a la razón moral que justificar la práctica del mal por necesidad y urgencia ante la existencia de otro mal mayor que se inventa a tal fin, al tiempo que señalar de ser causa de ese mal a quien sin embargo lo padece. Y sigue siendo igual de repugnante el malhechor que se presenta como víctima de quienes lo descubren, identifican y lo juzgan. Pero continua aún siendo repugnante aquellos que especular y sistemáticamente acusan al otro de hacer las barbaridades, destrozos o delitos que ellos cometen y de endosar a los demás las falsedades que ellos, y sólo ellos, emiten.



No hay mayor corrupción que la mentira, porque toda corrupción es en primer lugar negación de la verdad. Ese negociado que integran la pareja BGÑ&SNCHZ es el gran paradigma de lesa corrupción.

Así que cuando el par SNCHZ&BGÑ dice doña, dice yo, cuando dice yo dice bulo y cuando dice fango dice doña. O sea, son el par del Fango y el Yo corrupto.


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© Fernando Garrido, 2026 Ya desde los tiempos de godos, mozárabes, mudéjares y moros, afiladas lenguas hebreas comentaban que sería posible crear un bosque bien arbolado de leña seca, reuniendo en él todos los lignum crucis adquiridos por abades, obispos, nobles y reyes para el tesoro de cenobios, basílicas o palacios, y contemplar al mismo tiempo una babilónica rosaleda de espino rejuntando las reliquias de la spinea corona custodiadas en guardapelos a lo largo y ancho de la cristiandad. En aquellos lejanos siglos amorfos de exuberantes pestes, de morbos inexplicables, de terribles mitos y crímenes de lesa supervivencia, no existía inseguridad en nada, porque simple y llanamente no se sabía que era el estar seguro, así que la incertidumbre no formaba parte del ánimo antropológico, sino que constituía el sentimiento mismo, el estado básico, radical, inconsciente y reptiliano sobre el que se construían las conciencias empíricas y el espíritu moral elevado a inefable misterio trascendente. La naturaleza toda tenía un valor oculto, animado y sacro. Lo pequeño podía sustituir a lo enorme y vencer su resistencia, así como lo enorme troceado era igual y lo mismo que el todo y lo absoluto.
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