EL PAÍS DE SIEMPRE HAMÁS

F. Garrido • 14 de octubre de 2023

EL PAÍS DE SIEMPRE HAMÁS



© Fernando Garrido, 14, X. 2023


Nunca merecería hablar de SNCHZ ni demás reptantes que lo siguen y jalean porque, bajo leyes justas, bastaría enjaularlo y arrojarlo al abismo desde la roca Tarpeya, tal como Roma hacía con sus traidores.

Pero estamos en el increíble país de siempre Hamás, de Bildu y los cristales rotos.

Vivimos la era en que los “pájaros” disparan heces a los jueces y, algunos togados embarrados, matan moscas a cañonazos con “bolas” de odio y resentimiento.

Estamos en la oscura época de los votos al bríos mefistofélico, que valen para canjear equidistancias y crímenes por poder y franquicias para cometerlos.

Y como lo único -ya escaso- es expresar el desastre con lírica mordacidad, aprovechemos mientras dure, porque lo cierto es que toda alimaña sin encubrimiento no es otra cosa que piltrafas de sí, intoxicadas en un saco de maldita piel.



Por eso, afrentemos a las repugnancias, porque si las deyecciones fecales fuesen seres sensibles se irritarían.

Si el vómito pudiese responder gritaría que no lo ofendan.

Si el puerco tuviera conciencia de sí, gruñiría por recibir tanta crueldad.

Si el asco fuese algo más que un nombre común, presentaría una queja en la Real Academia.

Si la psicopatía tuviese derecho de admisión, se negaría a aceptarlo.

Si el hedor del muladar supiera, huiría despavorido.

Y así, si cada una de las enfermedades, las bestias e inmundicias que en la Tierra existen tuviesen conciencia, se estremecerían indignadas de que un hombre como él sea tildado por los justos como todas ellas y una misma cosa.

Porque no cabe mayor ofensa para las asquerosidades del Mundo habidas, que involuntariamente poseen el monopolio de la sordidez, que un ser infinitamente peor que ellas les usurpe con tal avaricia su nombre, oficio e identidad.


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© Fernando Garrido, 2026 Ya desde los tiempos de godos, mozárabes, mudéjares y moros, afiladas lenguas hebreas comentaban que sería posible crear un bosque bien arbolado de leña seca, reuniendo en él todos los lignum crucis adquiridos por abades, obispos, nobles y reyes para el tesoro de cenobios, basílicas o palacios, y contemplar al mismo tiempo una babilónica rosaleda de espino rejuntando las reliquias de la spinea corona custodiadas en guardapelos a lo largo y ancho de la cristiandad. En aquellos lejanos siglos amorfos de exuberantes pestes, de morbos inexplicables, de terribles mitos y crímenes de lesa supervivencia, no existía inseguridad en nada, porque simple y llanamente no se sabía que era el estar seguro, así que la incertidumbre no formaba parte del ánimo antropológico, sino que constituía el sentimiento mismo, el estado básico, radical, inconsciente y reptiliano sobre el que se construían las conciencias empíricas y el espíritu moral elevado a inefable misterio trascendente. La naturaleza toda tenía un valor oculto, animado y sacro. Lo pequeño podía sustituir a lo enorme y vencer su resistencia, así como lo enorme troceado era igual y lo mismo que el todo y lo absoluto.
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