EXPOLIO ESPOLÓN

F. Garrido • 25 de noviembre de 2023

EXPOLIO ESPOLÓN



© Fernando Garrido, 25, XI, 2023


Esta semana en Burgos nos han robado de nuevo el Espolón.

Nos hurtaron una vez más el ancho paseo, el banco, la fuente, la farola, la estatua, el horizonte, el otoño, el paisaje, la perspectiva, el beso, la lectura, el abrazo, la reflexión y, sobre todo, el libre y ameno pasear para lo cual fue magníficamente creado.

“No pasar, No pasear, Estúpidos, Peligro, Invasión”, nos dicen las vallas y cintas junto al ruido de máquinas y martillos, vehículos transpalets, camionetas y furgones pitando y rugiendo sobre las maltrechas losas de caliza quebradas como cascaras de huevo bajo sus pesadas cargas.


He ahí el Espolón, noble paseo y salón popular de Burgos, sistemáticamente maltratado, ocupado, subvertido.

Invadido hoy -como cada dos por tres igual a seis-, por un rustico encadenado de cabañas adosadas que, bellacas e insultonas, resultan un grosero repelente al delicioso trazado paisajístico neoclásico perfectamente realizado y ampliamente vivido.

Este diciembre nos expoliaron de nuevo el Espolón, en aras de atosigar y mercantilizar aún más e impropiamente la Navidad.

Para glorificar, donde no ha lugar, lo material efímero y superfluo. Sin nada y menos que no se quiera encontrar en el tradicional y abnegado comercio local adyacente.


Qué le pasó a nuestro Espolón. Un patológico despropósito de horror y error vacui. Pecado de quienes sí deberían, pero demuestran no entender ni respetar un espacio urbano singular, su funcionalidad y sacralidad.

Melancólica constatación de vivir continuidades en un tiempo de herejías y sacrilegios indiscriminados.

Porque este, nuestro Espolón, es un templo civil y urbano abierto a la contemplación y el desinteresado recreo. Para el ejercicio y delectación ética y estética del cuerpo y el alma ciudadano. No, nunca, un villano lugar para tenderetes, baratillo y mercaderes.

Ancha y larga es la ciudad para distintos usos y menesteres. Muy ciego se ha de estar.


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© Fernando Garrido, 2026 Ya desde los tiempos de godos, mozárabes, mudéjares y moros, afiladas lenguas hebreas comentaban que sería posible crear un bosque bien arbolado de leña seca, reuniendo en él todos los lignum crucis adquiridos por abades, obispos, nobles y reyes para el tesoro de cenobios, basílicas o palacios, y contemplar al mismo tiempo una babilónica rosaleda de espino rejuntando las reliquias de la spinea corona custodiadas en guardapelos a lo largo y ancho de la cristiandad. En aquellos lejanos siglos amorfos de exuberantes pestes, de morbos inexplicables, de terribles mitos y crímenes de lesa supervivencia, no existía inseguridad en nada, porque simple y llanamente no se sabía que era el estar seguro, así que la incertidumbre no formaba parte del ánimo antropológico, sino que constituía el sentimiento mismo, el estado básico, radical, inconsciente y reptiliano sobre el que se construían las conciencias empíricas y el espíritu moral elevado a inefable misterio trascendente. La naturaleza toda tenía un valor oculto, animado y sacro. Lo pequeño podía sustituir a lo enorme y vencer su resistencia, así como lo enorme troceado era igual y lo mismo que el todo y lo absoluto.
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