UNA DE HÉROES Y VILLANOS

F. Garrido • 29 de noviembre de 2023

UNA DE HÉROES Y VILLANOS



© Fernando Garrido, 29, XI, 2023


Pongamos por caso que en este momento los asuntos de una gran nación europea son acordados fuera de ella, en reuniones secretas al margen de su parlamento nacional, en lujosas guaridas situadas quizás en Waterloo, Ginebra, Macondo, la Atlántida, un aduar beduino o Krypton, a fin de determinar entre sombras su forma y futuro.

Pero, por favor, nadie piense que se trata de clandestinidad y ni de otra cosa que no sea sino asuntos internos de ese país, aunque lejos del mismo porque allí, al parecer, no cabe ni un tonto ni un juez facha ni perro españolista más.

Imaginemos también que a esas tenidas asisten políticos tramposos, corruptos y traidores, engañándose los unos a los otros, tal que necesitan ser asistidos por mediadores -tan villanos como ellos- bajo seudónimos como Darth Vade, Joker, el hombre del Saco, Freddy Krueguer o Annibal Lecter.

Más ni por asomo pensemos que están actuado al margen de la ley, aunque con antifaz y pasamontañas tengan el propósito de repartirse como botín esa parte del Mundo llamada España.

Un país en el que moran cuarenta y cinco millones de habitantes que desconocen, en su mayoría, que esa logia está jugando a cartas con su libertad, sus bienes, sus vidas y destino. Porque desde el metaverso mediático para el consumo digestivo les dicen que todo se hace por el bien y la convivencia de esa nación, hasta ahora –según ellos- sumida en el sindiós de la desunión, la injusticia y la barbarie.

Figurémonos sin embargo que una parte de ese pueblo se percata y protesta por lo que está sucediendo allende los mares, desiertos o montañas lejanas, resistiéndose a caer en las garras de aquellos malvados quienes, para hacerles frente, dan orden a sus esbirros de reprimir las revueltas con gases y toda suerte violencia física, desinformativa e intelectual.


Si esto fuese el argumento de un cómic de Marvel, el lector desearía ver en la página siguiente una viñeta donde apareciese, al fin, un superhéroe que con su astucia y poderes, después de una lucha singular, siempre al borde de la extenuación, venciese in extremis a los malvados.

Pues bien, esta trama estereotípica maniquea del tebeo fantástico de acción, es aquí y ahora lo que en la práctica llamamos actualidad política.

Y efectivamente, a los españoles se nos dice que se ha de pasar página para ser redimidos de los pecados cometidos por otros. Pero por más que vamos pasando pantallas y páginas, el horror y la penitencia impuesta crece sin que ningún verdadero héroe haga acto de presencia.

Así que, mientras una parte de la sociedad civil se resiste a ser mercancía sacrificial apostada en la timba del tahúr, se vive -ahora sí- en enfrentamiento con la otra parte, bulímica, que deglute el relato metaversal televisado, que subvierte las expectativas morales de una audiencia torturada mentalmente, hasta que los villanos resultan ser considerados héroes benefactores.

Los veremos, me temo, de regreso a España, entre aplausos enlatados, firmando en el libro de honor como selecta élite (chusma) que dirige ya los destinos del Estado español hacia el colapso constitucional y cambio de régimen, imprescindible para hacer realidad la voluntad y deseos de poder de un enfermo mental, a cambio de unos espeluznantes cromos de Marvel.


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© Fernando Garrido, 2026 Ya desde los tiempos de godos, mozárabes, mudéjares y moros, afiladas lenguas hebreas comentaban que sería posible crear un bosque bien arbolado de leña seca, reuniendo en él todos los lignum crucis adquiridos por abades, obispos, nobles y reyes para el tesoro de cenobios, basílicas o palacios, y contemplar al mismo tiempo una babilónica rosaleda de espino rejuntando las reliquias de la spinea corona custodiadas en guardapelos a lo largo y ancho de la cristiandad. En aquellos lejanos siglos amorfos de exuberantes pestes, de morbos inexplicables, de terribles mitos y crímenes de lesa supervivencia, no existía inseguridad en nada, porque simple y llanamente no se sabía que era el estar seguro, así que la incertidumbre no formaba parte del ánimo antropológico, sino que constituía el sentimiento mismo, el estado básico, radical, inconsciente y reptiliano sobre el que se construían las conciencias empíricas y el espíritu moral elevado a inefable misterio trascendente. La naturaleza toda tenía un valor oculto, animado y sacro. Lo pequeño podía sustituir a lo enorme y vencer su resistencia, así como lo enorme troceado era igual y lo mismo que el todo y lo absoluto.
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