HIPERTROFIA NORMATIVA

F. Garrido • 22 de octubre de 2023

HIPERTROFIA NORMATIVA


© Fernando Garrido, 22, X, 2023


Si fuma le discriminan y le suben los impuestos, si bebe también, si come carne, se ducha a diario o utiliza coche, lo mismo. Si hay accidentes de tráfico, le aumentan las sanciones, imposiciones y restricciones.

No sigamos; haga lo que haga está siendo un mal ciudadano y es –atención al infame neologismo- un “derrocholico” antisocial al que se debe señalar y castigar.

Lo cierto es que existe un sentimiento humano, sólo humano, no de perros ni de gatos, no de cisnes ni delfines, que es padecer injusticias. Se trata de un eterno pathos que consiste en notar como la vida y el mundo circundante no se corresponden con aquello que desearíamos obtener y merecemos.

Pero no sólo es difícil sino imposible el cabal cumplimiento de las expectativas que cada cual pueda tener respecto a la propia existencia en un medio que, quiera o no, le es hostil a cada paso, incluso para aquellos más poderosos.

El recurso a la guerra o al pataleo, el conformismo, la estoica resignación o una santa pachorra pueden ser algunas de las maneras de afrontar esa frustración. Pero lo más común y racional, es establecer normas para gobernar las cosas a fin de que estas se ajusten lo más posible a las aspiraciones del individuo y de su vida en sociedad.

No obstante, cabe preguntarse si esas normas hacen de veras más justo el funcionamiento de lo que quieren enmendar.

Pues muchas veces el individuo libre se siente atrapado sometido a su dictado y, efectivamente, hoy es cada vez más así, porque existe una desmedida demanda ciudadana, inducida y alentada por el poder (político, cultural y económico), para situar todo bajo un control que, paradójicamente, da como resultado la esclavitud de la sociedad demandante.



Dando un vistazo a las normas que se han de observar en cualquier ámbito o actividad diaria cotidiana, comprobaremos sin esfuerzo que alcanzan a ser asfixiantes e híper infraccionadas.

Así que cualquiera en su quehacer, por simple que sea, está cometiendo algún tipo de delito, infracción o irregularidad, por tanto algo negativo.

Sin embargo, observamos que la norma tiene casi siempre un valor positivo para el legislador-ejecutor que, cuando la establece, da por finiquitado momentáneamente –al menos supuesta o teóricamente- cada problema, sometiéndolo a las cláusulas de una ley que le proporciona un aumento considerable de su poder, comenzando en los planos coercitivo y punitivo.


Por eso, en el momento presente la escalada normativa responde no ya a resolver la incómoda, por azarosa e infinita, relación hostil del ciudadano con la mundanidad, sino a crear y someter artificialmente problemas dictando y aplicando soluciones (normas legales) que justifiquen la mayor concentración de un poder absoluto sobre las cosas y personas.

Un sencillo ejemplo:

Para luchar contra la obesidad infantil (que sólo padecen algunos niños) se aplican nuevos impuestos a las bebidas y alimentos azucarados siguiendo un “método” dudosamente científico – en realidad una torticera versión del método inductivo- por el cual sólo se mira a la excepción (minorías útiles al propósito del poder) para formular leyes universales.

He ahí la –lucrativa- solución al problema: Impuestos para los padres de niños gorditos, pero también de los flacos, los mayores y pequeños, y para todos que, en definitiva, pagamos por la glotonería de unos niños posiblemente malcriados.


Pero ¿desaparece la obesidad? Me temo que no. Lo cual justificará nuevas medidas contra los bolsillos del contribuyente -rico o pobre- al que por añadidura culparán de las “lorzas” por su mal comportamiento neutralizador de la “buena fe” del gobierno-estado y su hacienda pública en tanto que “garante” del “bien común” e “interés general”.

Y para conseguir ese “bien” ideal o ideológico que nunca se alcanza, la administración se sirve de una hipertrofia normativa sin fin. Incluso vemos como se legisla para individuos de naturaleza vegetal o animal que no pueden ser nunca sujeto de derecho.

Podríamos citar cientos de ejemplos (disparates) del método perversamente racional, inhumano y acientífico aplicado hoy, donde prima la excepción de una minoría que regirá la norma para la mayoría. Veamos alguno más:

Si hay un tipo que maltrata o mata, todos los hombres son violentos y asesinos. Si un párvulo no sabe hacer la “o” con un canuto, el resto de la escuela no le ha de superar. Si alguien nació en un cuerpo equivocado, la biología y biografía será errónea o sospechosa de serlo en todo ser humano.

Si unos pocos (quizás un 0,00001 %) practican ciertas formas de economía sumergida o blanqueo de capital, primeramente se limita a todo individuo portar o pagar en efectivo determinada suma, luego esta se rebaja y a continuación se anuncia la abolición del dinero en metálico o papel moneda, para que el gobierno-estado vigile y tutele (arrebate) universalmente los bienes y capacidad adquisitiva de cada cual.




Siendo esto así ¿qué conoce la norma del hombre y circunstancias que pretende gobernar? ¿qué quiere de él, si lo que viene a ser un instrumento paliativo o corrector para afrontar un problema dado, se suma al problema mismo desdoblándolo y añadiendo un valor negativo y opresivo para el administrado?

La respuesta en parte se ha dado. Pero la realidad resumida es que la democracia ha sido intervenida por un monstruoso artefacto normativo para encerrar a la sociedad y al individuo en un círculo laberíntico o, si se quiere, un juego de la oca sin casilla de llegada, síntesis de las distintas doctrinas sociales totalitarias.

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