MEDITACIONES METACUOSAS

F. Garrido • 1 de noviembre de 2024

MEDITACIONES METACUOSAS


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© Fernando Garrido, 1, XI, 2024


Tengo en mis manos un inocente vaso de agua. Hay quien achaca que algunos individuos son tan torpes que pueden ahogarse en él. Lo miro asombrado, pero cobro conciencia de que se trata de una imagen retórica, cuya enjundia práctica es ilustrar un drama humano, exagerando la entidad del vaso para jibarizar a la persona que se encuentra ante un problema que harto supera su capacidad para afrontarlo. Aun así, intuyo que hay problemas escalables en que el vaso pueda ser el de una piscina olímpica o el trágico lecho de aterradores, románticos y sublimes valles, como aquel al que se asomaba el caminante en el mar de niebla de Caspar David Friedrich.




En cualquier caso, lo que tengo entre mis manos es un simple vaso de vidrio con agua clara y calma que llené girando la llave de un grifo. Fue entonces cuando sospeché que el agua, además de su alma en estado líquido, como ahora lo veo, a la vez metáfora de cierto pensamiento actual, o también vaporoso, hirviendo verduras en un cazo, o sólido, como la piedra helada zambullida en un gin-tonic; además de eso, ejerce una presión mesurable que es aquella propiedad que permite el que yo llene ese vaso en la cocina de un cuarto piso y a diferencia de mí con la compra diaria, que subimos a él en un elevador, ella, el agua, se aviene al grifo a través de una tubería sin necesidad de ningún ingenio fabricado por la firma ThyssenKrupp&co.




Ante esa realidad me pregunto cómo sea posible que el agua de lluvia que kamikaze se estrella atormentada contra la corteza terrestre pueda, desde ese suelo abierto, ascender inundándolo todo, hasta cubrir los pisos altos de un edificio o a escalar las montañas bíblicas sin ayuda técnica de la estrecha sección de una tubería, ni respetar la erótica teoría de los vasos comunicantes o del sifón, venciendo a las bravas la presión gravitacional que la obligó a caer. Ah, es la naturaleza, indómita, imprevisible, tozuda y desconocida a pesar de la soberbia humana, o peor, la falibilidad de todo mito que se negocia en el parqué de los mercados de la ciencia meteorológica del clima.



Bah…, al final me percato de que me estoy ahogando en el mismo vaso de agua que tengo en la mano y, para no beberla, la doy coba, jugando como Hamlet con su calavera, porque quizás en realidad quisiera imaginarlo lleno de vermut con una aceituna, a pie de barra, según el evangelio de Jorge, mi venerado barman de cabecera. Agua que no has de beber no le mires los dientes, o mejor, esa agua que lo sea para las ranas del río…



No sé…, tal vez sea que me balanceo sobre el filo de una navaja, la de Ockham, acuchillando mis pies hechos de barro, por aquello de que la explicación más simple y suficiente de las cosas es la más probable, mas, no necesariamente verdadera. Y aún veo que todo en rededor se explica según la teoría del soufflé, o del ascensor a cuyo nombre traicionamos cada vez que lo usamos para descender. Hemos perdido la esperanza en los significados o facultades para entenderlos. Eso, parece ser.



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© Fernando Garrido, 2026 Ya desde los tiempos de godos, mozárabes, mudéjares y moros, afiladas lenguas hebreas comentaban que sería posible crear un bosque bien arbolado de leña seca, reuniendo en él todos los lignum crucis adquiridos por abades, obispos, nobles y reyes para el tesoro de cenobios, basílicas o palacios, y contemplar al mismo tiempo una babilónica rosaleda de espino rejuntando las reliquias de la spinea corona custodiadas en guardapelos a lo largo y ancho de la cristiandad. En aquellos lejanos siglos amorfos de exuberantes pestes, de morbos inexplicables, de terribles mitos y crímenes de lesa supervivencia, no existía inseguridad en nada, porque simple y llanamente no se sabía que era el estar seguro, así que la incertidumbre no formaba parte del ánimo antropológico, sino que constituía el sentimiento mismo, el estado básico, radical, inconsciente y reptiliano sobre el que se construían las conciencias empíricas y el espíritu moral elevado a inefable misterio trascendente. La naturaleza toda tenía un valor oculto, animado y sacro. Lo pequeño podía sustituir a lo enorme y vencer su resistencia, así como lo enorme troceado era igual y lo mismo que el todo y lo absoluto.
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