¡SUJETADME, QUE VOY!

F. Garrido • 25 de abril de 2024

¡SUJETADME, QUE VOY!


© Fernando Garrido, 25, IV, 2024


Un hombre de veras, es decir, aquel que se viste por los pies, no dice que va hacer esto o lo otro y al tiempo advierte o amenaza con que ya verá si lo lleva a cabo, reservándose vacaciones y el derecho discrecional al cambio de opinión instrumental y permanente.

Ese al que llaman Pedro o Perro SNCHZ, es de esa infra calaña que tizna el ideal platónico de belleza y humana honestidad con la impostura del camaleón, con la sonrisa de la hiena y la furia astuta de la alimaña depredadora.

Pedro es estética del caos y ética de indecencia infinita.

Pedro es aquel que miente siempre y jamás dice verdad. Él es la versión perversa y posmoderna de “Pedro y el Lobo”, que prescinde de toda reflexión moral sobre la falsedad y sus consecuencias negativas, para hacer de la inmoralidad, positiva virtud personal y utilitaria.



Pedro es el pastor, su perro y el lobo al mismo tiempo. Pedro es el cuento y el cuentista. Pedro es un peligro para el lobo y las ovejas. Pedro es el lobo hambriento que se acuesta con caperucitas de mancebía.

Pedro es la jibarización pigmea del ser humano en un Liliput de sofismos proteicos. Es distorsión deliberada de cada realidad; es la posverdad amplificada.



Pedro es aquel que dice que se va para quedarse más atornillado que nunca al poder absoluto. Es el golpista, el dictador, el tirano cobarde, correlón y gurrumino. Pedro es el matón cagueta y el falso suicida que anuncia, fingida, su intención para que otros lo sujeten.



Un hombre de verás no plañe, no finge, no anuncia, no amaga ni amenaza con tomar una decisión. Un hombre la toma y se va  si ha de irse; se sujeta o se lanza por sí mismo si cree que ha de hacerlo.

Pedro no es un Hombre, es una impostura, un anuncio, un amago y una amenaza, ergo: Pedro no se va. Es la narcisa cosa que se queda.


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© Fernando Garrido, 2026 Ya desde los tiempos de godos, mozárabes, mudéjares y moros, afiladas lenguas hebreas comentaban que sería posible crear un bosque bien arbolado de leña seca, reuniendo en él todos los lignum crucis adquiridos por abades, obispos, nobles y reyes para el tesoro de cenobios, basílicas o palacios, y contemplar al mismo tiempo una babilónica rosaleda de espino rejuntando las reliquias de la spinea corona custodiadas en guardapelos a lo largo y ancho de la cristiandad. En aquellos lejanos siglos amorfos de exuberantes pestes, de morbos inexplicables, de terribles mitos y crímenes de lesa supervivencia, no existía inseguridad en nada, porque simple y llanamente no se sabía que era el estar seguro, así que la incertidumbre no formaba parte del ánimo antropológico, sino que constituía el sentimiento mismo, el estado básico, radical, inconsciente y reptiliano sobre el que se construían las conciencias empíricas y el espíritu moral elevado a inefable misterio trascendente. La naturaleza toda tenía un valor oculto, animado y sacro. Lo pequeño podía sustituir a lo enorme y vencer su resistencia, así como lo enorme troceado era igual y lo mismo que el todo y lo absoluto.
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