CINCUENTA SOMBRAS Y 400 GOLPES

F. Garrido • 29 de octubre de 2024

CINCUENTA SOMBRAS Y 400 GOLPES


© Fernando Garrido, 29, X, 2024


Es un tipo guapo, triunfador, con poder, metrosexual, vive intensamente, tiene avión privado y muchos hombres y mujeres bajo su dirección. Él, es ideal, prototípico, platónico, muy vendible. Pero resulta que tiene ocultas en la trastienda sombras que lo hacen ser esclavo de un pasado turbio que lo ha empujado a prácticas de amor no convencionales, oscuras e inconfesables. Siente y busca el placer en el dolor y el daño mediante la dominación y la sumisión.

Si aún no lo han adivinado, se trata de Christian, el protagonista sado de la trilogía Cincuenta Sombras de Grey, de la autora inglesa E. L. James, llevada al cine en su día con un grandísimo y decreciente éxito de taquilla.




Es el cine, que tantas veces nos ofrece relatos e historias que se parecen o pueden ser objeto de comparación con personajes y episodios de la vida real. La actualidad nos permite hacer ese ejercicio perfectamente, tomando el ejemplo de distintos actores políticos que experimentan la erótica del poder de esa manera patológica que exige el daño a su alrededor y la sumisión incondicional.



No voy a derrochar tiempo en enumerar ni identificarlos; pues son tantos, y cada cual peor en lo suyo, que será siempre más divertido recordar títulos, películas o series donde existe en realidad más veracidad y originalidad, pero, por supuesto, menos destrozos para la sociedad que en la espantosa ficción que hoy nos ofrece la política española y europea.



Sin ir más lejos es mejor disfrutar con aquellos entrañables sujetos de las mafias, visionando sagas inolvidables e interminables como la de Francis Ford Coppola, o siendo cómplices de sofá con los chuscos golfos criminales de Reservoir Dogs o Pulp Ficcion de Quentin Tarantino.



O, qué me dicen de ese niño grande, James Gandolfini, Tony el de Los Soprano y su juguetona pandilla de horteras de billar.

 


Personalmente, me inspiran más ternura aquellos miserables de pantalla que los gánsteres que se sientan a nuestra costa en los consejos y parlamentos para delinquir legalmente a través de leyes y decretos que evacuan a su favor.

Golpes siempre en contra nuestra que, como recitaba cinematográficamente, Luis Eduardo Aute, son “aquellos cuatrocientos golpes de Truffaut y el travelling con el pequeño desertor Antoine Doinel, playa a través, buscando un mar que parecía más un paredón, y el happy-end que la censura, travestida en voz en off, sobrepusiera al pesimismo del autor, nos hizo ver que un mundo cruel se salva con una homilía fuera del guion…”


Cine, cine, cine
Más cine por favor
Que todo en la vida es cine
Que todo en la vida es cine
Y los sueños
Cine son…


¡Qué maravillosa canción!


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© Fernando Garrido, 2026 Ya desde los tiempos de godos, mozárabes, mudéjares y moros, afiladas lenguas hebreas comentaban que sería posible crear un bosque bien arbolado de leña seca, reuniendo en él todos los lignum crucis adquiridos por abades, obispos, nobles y reyes para el tesoro de cenobios, basílicas o palacios, y contemplar al mismo tiempo una babilónica rosaleda de espino rejuntando las reliquias de la spinea corona custodiadas en guardapelos a lo largo y ancho de la cristiandad. En aquellos lejanos siglos amorfos de exuberantes pestes, de morbos inexplicables, de terribles mitos y crímenes de lesa supervivencia, no existía inseguridad en nada, porque simple y llanamente no se sabía que era el estar seguro, así que la incertidumbre no formaba parte del ánimo antropológico, sino que constituía el sentimiento mismo, el estado básico, radical, inconsciente y reptiliano sobre el que se construían las conciencias empíricas y el espíritu moral elevado a inefable misterio trascendente. La naturaleza toda tenía un valor oculto, animado y sacro. Lo pequeño podía sustituir a lo enorme y vencer su resistencia, así como lo enorme troceado era igual y lo mismo que el todo y lo absoluto.
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