DESAMORTIZACIÓN INMOBILIARIA

F. Garrido • 12 de noviembre de 2025

DESAMORTIZACIÓN INMOBILIARIA


© Fernando Garrido, 12, XI, 2025


Vivir visceral e ideológicamente de la vivienda es una fórmula más entre las falaces estrategias de quienes crean problemas para arrojárselos en facha a los espectros que inventan, justificando así su violencia multidisciplinar contra la libertad.


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Ayer mismo, huyendo de la ponzoña televisiva nacional (Ferreras y demás extrema unción socialistoide), sintonizaba una cadena regional, CYLTV, hacia la cual sinceramente a priori no tenía motivos para calificarla también de enemiga pública de la verdad. Pero ya conocemos esa acomplejada y suicida pulsión por hacer seguidismo de los dogmas del enemigo, que en este caso de igual forma contamina a la cadena castellana.

Pues bien, o mal, escuchaba al mediodía el “Programa de Cristina”, conducido por la propia voluptuosidad quirúrgica, oclusiva bilabial,  Cristina Camell, que tenía sentados a su estrecha mesa para opinar sobre economía a tres tertulianos, para mi totalmente desconocidos y, según lo visto, no menos de la decente objetividad. Y no exagero. Pues a propósito del asunto de la vivienda repetían, como plumíferos psitaciformes, de manera unánime e inquebrantable la clásica letanía acuñada por la corrupción liberticida que nos invade.

Sí, exacto, decían que los altos precios y escasez son consecuencia de la maldad (léase criminalidad) de los propietarios que invierten y tienen pisos para ganar dinero (ellos lo llaman especulación); algo que por lo visto es delito para estos repetidores que, suponemos, se sostienen económicamente del aire regalado e improductivo.

Así que, en su conclusión: ¡oh sorpresa!, sería necesario intervenir el mercado de venta y alquiler.

¿Más aún? ¿Cómo?

O sea, dichos sujetos, Félix Blanco, Rocío García y Pablo Verdón, cuya menesterosa sustancia curricular cabe imaginar…, proponen entonces según se ve, porque más es imposible, que se expropie de una vez toda vivienda existente, porque, señores míos, más intervencionismo que lo presente ya sólo conducirá al perfeccionamiento y total desamortización o nacionalización inmobiliaria.

Pero la única e irrebatible realidad entorno a la vivienda, es que el Estado es ese gran orondo especulador agresivo que mediante la extorsión fiscal y normativa obtiene, esquilma y expolia más de un cincuenta por ciento del precio final de mercado de cualquier inmueble, desde que se inicia un proyecto de construcción hasta que llega al comprador o inquilino.

Así que, en España, un pisito que sale por 200.000 pavazos es en realidad un piso de 100.000 pavos reales tras pasarlo por el túnel del terror de las Haciendas y burocracias. Esa es la verdadera y más importante causa de la hinchazón de precios.

Escuchad, domados camaradas de roja singladura, Cris, Félix, Roci y Pablito, no pido que superéis la veracidad del argumento, simplemente igualármelo cuando adquiráis la mayoría de edad moral, estética e intelectual.

No tengo otra que decir.  Ah, sí, don Presunto Mañueco, un consejo, vigile donde pone dinero público, que no sea para insultar la inteligencia, no la suya de impávido tecnócrata, tan de pies planos, sino a la de quienes quizás le habrán de votar sin entusiasmo como mal menor.


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© Fernando Garrido, 2026 Ya desde los tiempos de godos, mozárabes, mudéjares y moros, afiladas lenguas hebreas comentaban que sería posible crear un bosque bien arbolado de leña seca, reuniendo en él todos los lignum crucis adquiridos por abades, obispos, nobles y reyes para el tesoro de cenobios, basílicas o palacios, y contemplar al mismo tiempo una babilónica rosaleda de espino rejuntando las reliquias de la spinea corona custodiadas en guardapelos a lo largo y ancho de la cristiandad. En aquellos lejanos siglos amorfos de exuberantes pestes, de morbos inexplicables, de terribles mitos y crímenes de lesa supervivencia, no existía inseguridad en nada, porque simple y llanamente no se sabía que era el estar seguro, así que la incertidumbre no formaba parte del ánimo antropológico, sino que constituía el sentimiento mismo, el estado básico, radical, inconsciente y reptiliano sobre el que se construían las conciencias empíricas y el espíritu moral elevado a inefable misterio trascendente. La naturaleza toda tenía un valor oculto, animado y sacro. Lo pequeño podía sustituir a lo enorme y vencer su resistencia, así como lo enorme troceado era igual y lo mismo que el todo y lo absoluto.
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