RELATAR Y REVENTAR

F. Garrido • 13 de noviembre de 2025

RELATAR Y REVENTAR 


© Fernando Garrido, 13, XI, 2025


Ganar el relato es lo que importa, el tamaño ya no tanto si se trata de vencer la apatía o la modorra del otro mediante una narración, un cuento, fábula o chiste como ejercicio pedagógico para, por ejemplo, explicar la historia u ofrecer un consejo moral. Nada que objetar si en ello preside la buena fe y el ánimo de esgrimir verdad. Pero lamentablemente este no sea el caso y motivación de ese “ganar el relato” persistente que ahora tanto ocupa y preocupa a la peor clase política habida en el poder, cuyos cuentos son muy otros, muy falsos, delictivos y violentos. Leire, ¿dónde estás?


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“Hay que reventar a la derecha, porque son quienes gobiernan este país”, proclamaba ayer en sede parlamentaria la más lenguaraz hembra de la cochiquera orwelliana. “Pongamos el contador a cero”, apostillaba, invitando al capo a que apriete el botón rojo del dispensador de hostias y odio, para después hacer su heroico recuento de los reventados en campaña. Don Franco, suba usted de nuevo al potro.

Jugar al socialismo suele acabar así, en la checa, el pogromo o la guerra civil. Al Pedrismo prostibulario no le quedan suegros, ni muchas otras cajas de resistencia o salvación que el choque directo, el golpetazo y la acción violenta. Eso mismo también ayer lo dijo él, “sólo YO garantizo la paz social”, que es lo mismo que decir, antes de que me saquen de aquí, lanzaré a toda la jauría que he ido alimentando a reventarles. Es esta la estructura profunda del discurso, que va muchos pueblos y montañas más allá que el reguero del vómito criminal de sus socios terroristas que, apaciguados con sus gudáris asesinos homenajeados, ya en las listas electorales y parlamentos, reescriben ese vil relato que convierte a la memoria de la libertad en una cisterna de aguas fecales corrosivas.

Entre socialistas ninguno se pisará la imprescindible manguera de los chorros de odio a cambio de oro. Las palestinadas callejeras han sido un entrenamiento, “gimnasia revolucionaria”, palabreaba Pablo, discurso ampliamente plagiado por Pedro y adaptado como propio. Lo mismo como usa a los valencianos, que abandonó a morir y arrastrarse hasta hoy en sus lodazales, para responder al urgente requerimiento de, “quien gobierna es la derecha”, a fin de subvertir la realidad de un gobierno absolutamente irresponsable sobre la nación gobernada.

“Ganar el relato” de sus necesidades perentorias es lo que importa, no el tamaño de la mentira, que se da ya por descontada como canónica arma de los socialismos.

Ayer también, vaya día, un Fiscal del Gobierno argumentaba en su defensa, con alarde lapidario de cínica e histriónica cursilería, “la verdad no se filtra, se defiende”. Toma ya, querubín. Pues así sea, don Correlato fiscal, que por filtrador y revienta teléfonos sea usted condenado junto a su amo que, como aquel otro delincuente, Eleuterio Sánchez “el lute”, camine y reviente ante la ley, antes de que nos roben y revienten lo poco entero, democrático y decente que quede en este país.


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© Fernando Garrido, 2026 Ya desde los tiempos de godos, mozárabes, mudéjares y moros, afiladas lenguas hebreas comentaban que sería posible crear un bosque bien arbolado de leña seca, reuniendo en él todos los lignum crucis adquiridos por abades, obispos, nobles y reyes para el tesoro de cenobios, basílicas o palacios, y contemplar al mismo tiempo una babilónica rosaleda de espino rejuntando las reliquias de la spinea corona custodiadas en guardapelos a lo largo y ancho de la cristiandad. En aquellos lejanos siglos amorfos de exuberantes pestes, de morbos inexplicables, de terribles mitos y crímenes de lesa supervivencia, no existía inseguridad en nada, porque simple y llanamente no se sabía que era el estar seguro, así que la incertidumbre no formaba parte del ánimo antropológico, sino que constituía el sentimiento mismo, el estado básico, radical, inconsciente y reptiliano sobre el que se construían las conciencias empíricas y el espíritu moral elevado a inefable misterio trascendente. La naturaleza toda tenía un valor oculto, animado y sacro. Lo pequeño podía sustituir a lo enorme y vencer su resistencia, así como lo enorme troceado era igual y lo mismo que el todo y lo absoluto.
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