EL DESTROZO

F. Garrido • 17 de enero de 2025

EL DESTROZO


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© Fernando Garrido, 17, I, 2025


El destrozo que un solo hombre puede hacer a una sociedad es algo que no es ajeno a la historia universal. Al menos en el periodo llamado convencionalmente contemporáneo, es decir, desde 1789 hasta nuestros días, se contabilizan varios -demasiados diría- de esos individuos cuya infausta subida al poder significó un desastre para su nación que, como no puede ser de otro modo, afectó también en mayor o menor medida al resto.

Haciendo un somero repaso memorístico de aquellos, su número, sus nombres y legados aterran: Robespierrre, Bonaparte, Lenin, Benito, Adolf, Stalin, Mao, Fidel, Jomeini, Hugo…, no sigo.

Todos decían llegar y estar ahí para salvar al pueblo de alguna amenaza acechante que les sirvió, precisamente, para erigirse ellos mismos no en un incierto o falso peligro, sino en su abominable, criminal y verdadera materialización.



Justificados en un necesario y providencial mesianismo, se apoderaron de las instituciones y del monopolio de la fuerza para ejercer un poder, irresistible, total e ilimitado donde no cupiera otra posibilidad sino su absoluta voluntad.

Nadie hoy en su sano juicio, conociendo esto, aclamaría a alguien así. Pero el buen juicio no es algo gratuito ni inherente a las personas sin el esfuerzo previo de conocer la realidad pasada y presente para reflexionar objetivamente acerca de ella.



Tanto resulta ser así que en la actualidad buena parte de los ciudadanos, en las siquiera llamadas sociedades libres, no hay consciencia de que estamos a un cuarto de hora de sucumbir bajo monstruos de tal calibre. Este fenómeno es propio de aquellas democracias liberales –casi todas- que han acogido en su seno, en aras de una mal entendida pluralidad, a partidos cuya ideología es incompatible con ellas pero que, sin embargo, se han asignado la exclusividad democrática identificándose instrumentalmente como sus únicos defensores y garantes.


Me refiero -cómo no- a los socialismos de diestra o de siniestra, protagonista y antagonista respectivamente, en según qué casos, del camino a hacia la esclavitud y la servidumbre en el estado total de naturaleza socialista, revolucionario, nunca democrático, jamás liberal ni social y siempre imposible para los derechos humanos y sus libertades.



Por lo que a España respecta, asistimos de manera implacable a un proceso similar al que sufrieron aquellas sociedades y países. Algunos lo llevan advirtiendo bastante tiempo –me sumo a ellos-, pero son más los que lo niegan o no quieren saber, y esto lo hace mucho más inquietante, pues tal que así sucede siempre antes y durante los procesos totalitarios, liderados por esos personajes que acaban perpetuándose con el desastre. Sí, ahora es ese solo individuo, ese hombre vivo, antagonista de difuntos, nuestro gran drama y destrozo.


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