LA ERA EMOCIONAL

F. Garrido • 16 de junio de 2024

LA ERA EMOCIONAL


© Fernando Garrido, 16, VI, 2024


Está cercana la fecha que quedará señalada para siempre como la mayor y más bochornosa humillación y traición perpetrada en siglos de existencia a la nación española.

Dicen que resta poco para que veamos por aquí al mayor burlador patológico que haya desafiado nunca al Estado español. Su regreso como insigne exiliado será símbolo triunfante de concordia y convivencia entre españoles, con tal de que sea aclamado y proclamado presidente adjunto a la dirección del Estado.

Pedro no mentía, siempre dice la verdad. Basta con escuchar lo que afirma para conocer aquello que no piensa hacer, ni hará. Es una mera cuestión de saber interpretar un rasgo de posmodernidad que ya afecta a buena parte de la población, que siempre preferirá creer en el dogma de la contradicción, antes que ver cómo el fangoso coco de la ultra derecha llega para quitarles todos sus derechos.

No es para menos, pongámonos en el lugar: quién permitiría arrebatarse el goce que supone ser defendido y representado por la delincuencia, en cuyo caso ya no hay de qué preocuparse, puesto que esos dictan las leyes con las cuales dejan de existir los delitos. Es un mundo feliz de convivencia plena, donde los que te roban la bolsa y la vida siguen haciéndolo, pero re-significados en calidad de benefactores plenipotenciarios de la sociedad.

A nadie se le hubiera ocurrido, salvo al amantísimo, contradiciente e indiscutible líder, hacer tan extraordinario descubrimiento que, desde Copérnico, no habíase visto giro igual para sacar a la humanidad de las cavernas de la estulticia.

Por el contrario, la ultra máquina de quitar derechos funciona según el perverso y herético método inductivo-deductivo que ha enfangado el alma española desde que Franco es Franco y las cosas que son cosas, pues son cosas. Una explotación extrema y desmedida de la puñetera realidad que hay que derogar como principio válido en que basar la información, pues se ha descubierto que, si los hechos son corruptos inmediatamente su análisis, crítica y divulgación también lo es ¿Lógico no?

Porque ahora, superada la era racional por una nueva era emocional, cómo pedir al pueblo que renuncie al derecho de ser liberado de todo Mal, pudiéndolo evitar declarándolo Bien.

El antiguo método es perverso por cuanto si encuentra discordias no lo llama “concordia” ¡incomprensible actitud! Si no ve convivencia, interpreta que hay enfrentamiento ¡a quién se le ocurre! Si alguien dice “no haré eso” pero después lo hace, denuncia que nos miente ¡qué barbaridad! Si alguien mata, roba o prevarica, se clasifica como un delincuente ¡qué indecencia conceptual! Si se descubre que los negocios de los Seres de Luz comienzan en un puticlub ¡qué mal pensados!

Por eso sería estúpido y además delictivo admitir que, por primera vez en la historia de España, un individuo habrá ganado la guerra a una nación entera sin disparar un cañonazo. Menos aún creer que el gobierno ha ofrecido e implorado la más humillante y onerosa capitulación, dándolo todo y pidiendo perdón al enemigo, con un pacto de tahúres entre tinieblas, de espaldas a ese pueblo, pero atendiendo a las ambiciones, la corrupción y problemas de un solo individuo.





Cómo privar al pueblo del placer de sentir que aquel que fuese el más indeseable de los forajidos, vuelva amantísimo para redimir a España de su mal estado del derecho y los pecados prescritos en su constitución.

Por eso, admitiendo que lo que nos trajo hasta aquí arroja evidencias de no servir, fuese necesario comenzar cuanto antes la reconquista.


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© Fernando Garrido, 2026 Ya desde los tiempos de godos, mozárabes, mudéjares y moros, afiladas lenguas hebreas comentaban que sería posible crear un bosque bien arbolado de leña seca, reuniendo en él todos los lignum crucis adquiridos por abades, obispos, nobles y reyes para el tesoro de cenobios, basílicas o palacios, y contemplar al mismo tiempo una babilónica rosaleda de espino rejuntando las reliquias de la spinea corona custodiadas en guardapelos a lo largo y ancho de la cristiandad. En aquellos lejanos siglos amorfos de exuberantes pestes, de morbos inexplicables, de terribles mitos y crímenes de lesa supervivencia, no existía inseguridad en nada, porque simple y llanamente no se sabía que era el estar seguro, así que la incertidumbre no formaba parte del ánimo antropológico, sino que constituía el sentimiento mismo, el estado básico, radical, inconsciente y reptiliano sobre el que se construían las conciencias empíricas y el espíritu moral elevado a inefable misterio trascendente. La naturaleza toda tenía un valor oculto, animado y sacro. Lo pequeño podía sustituir a lo enorme y vencer su resistencia, así como lo enorme troceado era igual y lo mismo que el todo y lo absoluto.
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