LAS COSAS POR SU NOMBRE

F. Garrido • 28 de octubre de 2023

LAS COSAS POR SU NOMBRE



© Fernando Garrido, 28, X, 2023


Cualquiera sabe mentir, de hecho, parece ser que la mentira siempre ha predominado desde que al Mundo se le puso nombre.

Porque, qué son las palabras sino una abstracción embustera de la realidad a la que van referidas.

Las palabras son casi nada y las cosas prácticamente todo. Aun así, hemos sobrevivido en un océano de palabras que es lo mismo que decir en un mar de dudas.

A pesar de lo cual a los sapiens nos ha permitido serlo, al parecer y entre otras capacidades, gracias al lenguaje verbal como medio para articular el pensamiento y, con él, transportar las cosas de aquí para allá sin tener que llevarlas encima metidas en un saco.


Unas pinturas rupestres, esquemáticas, en el techo de una oquedad kárstica, no hubiesen sido suficientes para explicar cómo cazar a un oso o asar una vaca con billetes, tampoco expresar el amor o el odio, ni declarar la guerra, construir una casa, inventar instrumentos, hacer literatura o historia.

Es la palabra, aunque engañosa, aquello que lo ha hecho posible.

No en vano las Escrituras, que son palabra escrita, hicieron notar que «en principio fue el verbo» (Juan 1:1), con que el Creador da vida y luz a lo que existe: «Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz (…) Y llamó Dios a la luz Día, y a las tinieblas llamó Noche» (Génesis 1:3-13).


Más cercano a nuestro tiempo fue Ludwig Wittgenstein (1889-1951) quien, en su Tractatus logico-philosophicus, formuló que, siendo el pensamiento representación de la realidad mundana y la realidad es aquello que se puede describir con el lenguaje, «los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo».

Pero el lenguaje, el pensamiento y el mundo están limitados por la lógica, es decir, su forma ha de tener sentido para que su contenido sea verdadero.

Más, para Wittgenstein, el límite está fuera del mundo y por tanto escapa de lo que pueda ser pensado y expresado.

Ese límite es precisamente aquello que trata de hablar sobre lo que sea bueno o malo, el valor y el sentido de la vida…, que es inexpresable y trascendental porque reside fuera del mundo, es el ámbito lo místico y de la ética; es aquello de lo que no se puede hablar, pero se muestra una y otra vez en cada uno de los hechos que experimentamos.


Así pues, un Mundo creado y expresado con la palabra tiene irremediablemente defecto de fábrica.

Es más, Ludwig W., nos dice:

«Nuestra civilización se caracteriza por la palabra "progreso". El progreso es su forma, no una de sus cualidades, el progresar. Es típicamente constructiva. Su actividad estriba en construir un producto cada vez más complicado. Y aun la claridad está al servicio de este fin; no es un fin en sí. Para mí, por el contrario, la claridad, la transparencia, es un fin en sí. No me interesa levantar una construcción, sino tener ante mí, transparentes, las bases de las construcciones posibles», (Ludwig Wittgenstein, Aforismos. Cultura y valor, Madrid, Espasa Calpe,1996, p. 40).

Dirá el discreto amigo y lector que a qué viene y dónde nos lleva todo esto.

Pues simplemente a prevenirlo de los falsarios que se dicen progresistas, arrogándose el límite ético que estipula al hombre que es lo bueno y malo, que construyen un artefacto político laberíntico, oscuro y opaco que, bajo la palabra "progreso" no muestra la realidad posible, sino que esconde el retroceso (cualitativo) totalitario hacia el socialismo comunista, por tanto, atroz e incivilizado.


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