QUÉ DIFÍCIL ES MORIRSE

F. Garrido • 20 de noviembre de 2025

QUÉ DIFÍCIL ES MORIRSE


© Fernando Garrido, 20, XI, 2025


Ayer se conmemoraban los 50 años: medio siglo. Hoy la práctica totalidad de los españoles llevamos viviendo más tiempo en este régimen que en el anterior. Algunos dicen que en aquel se vivía mejor y otros que, contra él también. Así pues, en eso sí se coincide en este país poco coincidente.


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Fuese en contra o a favor una barra de pan decente costaba 9 pesetas, hoy no baja de las 90, la más barata y correosa, o sea, un mil por ciento. Porcentaje que desde luego no han experimentado los salarios. Así, sin entrar en más detalles, nuestro poder adquisitivo era muy, muy superior a fecha de 20 de noviembre de 1975.

De esa misma fecha obra archivada el acta de defunción número 198.074, en el folio 151, tomo 4.649 del Registro Civil de Fuencarral. El finado lleva el nombre de Excmo. señor don Francisco, y con apellidos: Franco Bahamonde. Su último domicilio conocido: Madrid, palacio de El Pardo. El tal hombre murió a las cinco y veinticinco horas en la Residencia Sanitaria La Paz, por parada cardiaca, choque endotóxico peritonítico. Todo bajo la comprobación del médico don Vicente Pozuelo Escudero, colegiado número 6.943, cuyo parte lleva el número 198.074. Igualmente, el documento desvela que el enterramiento será en la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos. Y firman el documento como declarantes los excelentísimos señores don Ernesto Sánchez-Galiano, Teniente General, Primer Jefe de la Casa Militar de Su Excelencia, y Don Fernando Fuentes de Villavicencio, General Jefe de la Casa Civil e Intendente General. Otro dato que añade el acta del Registro respecto al difunto es que se trata del Jefe del Estado Español y Generalísimo de los Ejércitos. 

Un documento irrelevante creo que para cualquiera, incluso para esos investigadores recalcitrantes de cunetas llenas con latas oxidadas de cerveza, colillas y otros desperdicios.

Sin embargo, hace algunos años un juez de infausto nombre y escasa vocecita, expulsado de la carrera judicial por gualdrapas, quiso cerciorarse de que el luctuoso hecho se había producido en algún nódulo de la galaxia, a fin de investigar con tranquilidad o alevosía los crímenes de ese señor difunto, quien al parecer dijo antes de espirar, “qué difícil es morirse”. Algunos achacan esta frase proverbial al ensañamiento terapéutico que recibió. Pero quizás fuese más bien una profética iluminación de última hora. Porque no cabe duda de que a ese señor lo resucitan y lo asesinan una y otra vez sin descanso en un permanente 20 N. de la marmota, aunque este coincida precisamente, en este país poco coincidente, con la condena al fiscalone, el primer sujeto dependiente de la banda que se les cae. No hay como apelar a la verdad y la justicia para que se le caiga a uno encima todo el peso que tiene.


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© Fernando Garrido, 2026 Ya desde los tiempos de godos, mozárabes, mudéjares y moros, afiladas lenguas hebreas comentaban que sería posible crear un bosque bien arbolado de leña seca, reuniendo en él todos los lignum crucis adquiridos por abades, obispos, nobles y reyes para el tesoro de cenobios, basílicas o palacios, y contemplar al mismo tiempo una babilónica rosaleda de espino rejuntando las reliquias de la spinea corona custodiadas en guardapelos a lo largo y ancho de la cristiandad. En aquellos lejanos siglos amorfos de exuberantes pestes, de morbos inexplicables, de terribles mitos y crímenes de lesa supervivencia, no existía inseguridad en nada, porque simple y llanamente no se sabía que era el estar seguro, así que la incertidumbre no formaba parte del ánimo antropológico, sino que constituía el sentimiento mismo, el estado básico, radical, inconsciente y reptiliano sobre el que se construían las conciencias empíricas y el espíritu moral elevado a inefable misterio trascendente. La naturaleza toda tenía un valor oculto, animado y sacro. Lo pequeño podía sustituir a lo enorme y vencer su resistencia, así como lo enorme troceado era igual y lo mismo que el todo y lo absoluto.
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