BURGALESES DE POCA FE

F. Garrido • 28 de julio de 2025

BURGALESES DE POCA FE


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© Fernando Garrido, 28, VII, 2025


Últimamente siento mucha pereza de leer a los columnistas locales del Diario de Burgolandia, tan previsibles ellos, como aburridos y pelotilleros según el quién, el cuándo y el porqué. Sin embargo, este fin de sem, mi apreciado ex vicedealcalde, Fernando Martínez-Acitores, les ha servido un perfecto blablablá para despertarles del morbo pusilánime en que normal e inexistencialmente se debaten.

Ayer domingo, Camarero, don Nacho, arquitecto de profesión y devocionario columnista de talento, sin duda el mejor ingenio de todos ellos, sin que la comparación sea odiosa, sino sincera, porque los demás son más bien sobreros o tiernos desechos de tiento, nos despachaba en sus “Dibujos de la Ciudad” un artículo en tono taxonómico, pedagógico y cuasi centimétrico, sobre el bóvido de lidia titulado, “Los cuernos de Vox”. Un ejercicio burlesco, anatómico-forense, donde critica la inconmensurable propuesta de Fernando el Portavox, para que Burgos se ofrezca a acoger la iniciativa que ha lanzado la Academia Española de Tauromaquia, a la ciudad que acepte el guante, de erigir gratis y a su costa una colosal estructura de hierro con la forma y figura de un enorme toro de 300 metros de altura, monumental e icónicamente similar a la torre Eiffel, o la estatua de la Libertad…

No ha sido el único en mofarse. Por su parte, Iñaki Elices (Ignacio, suponemos), algo más torpe que Camarero (también Ignacio), nos recomienda en su apartado de “Plaza Mayor” poner “los toritos encima de la tele”. Ja ja, qué graciosa ignición. Pues un servidor ya tendría uno puesto, sino fuese porque los actuales televisores planos no admiten esa triste broma ni tan nostálgico e insostenible viaje al pasado. Como tampoco se sostiene la soez morcilla que propone como escultural alternativa al noble toro.

En fin, ambos, y alguno más, se han desternillado en las páginas del Diario a propósito de la magnitud y extravagancia del proyecto.

Allá ellos. Tienen suerte de vivir en España y en el siglo XXI, pues de haber escrito sus columnillas sobre papiro con letra jeroglífica en el Egipto de hace algunos milenios, cuestionando y bromeando acerca de la posibilidad de levantar una gigantesca pirámide, hubiesen sido ejecutados por el Faraón, y con razón, acusados de haber dudado de lo que a la postre ha maravillado al mundo y es enseña de la capacidad técnica y visión trascendental de una grandísima civilización.

Y es que normalmente siempre los idiotas hicieron burla facilona de lo que en su estulticia e ignorancia les es imposible de concebir. Aunque luego viajan en clase turista al Cairo para dispararse selfis allá en la meseta de Guiza, con la Efigie o las pirámides de Keops, Kefrén y Micerino al fondo.

Hombres enanos de poca fe. Fernando me consta que sí la tiene, y no poca. Lo que le falta a él y a su partido es explicarse más y mejor. Pues en comunicación y argumentos andan fatal, sin que nadie remedie ni corrija el contumaz empeño de ofrecer siempre su mejilla más caricaturesca.


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© Fernando Garrido, 2026 Ya desde los tiempos de godos, mozárabes, mudéjares y moros, afiladas lenguas hebreas comentaban que sería posible crear un bosque bien arbolado de leña seca, reuniendo en él todos los lignum crucis adquiridos por abades, obispos, nobles y reyes para el tesoro de cenobios, basílicas o palacios, y contemplar al mismo tiempo una babilónica rosaleda de espino rejuntando las reliquias de la spinea corona custodiadas en guardapelos a lo largo y ancho de la cristiandad. En aquellos lejanos siglos amorfos de exuberantes pestes, de morbos inexplicables, de terribles mitos y crímenes de lesa supervivencia, no existía inseguridad en nada, porque simple y llanamente no se sabía que era el estar seguro, así que la incertidumbre no formaba parte del ánimo antropológico, sino que constituía el sentimiento mismo, el estado básico, radical, inconsciente y reptiliano sobre el que se construían las conciencias empíricas y el espíritu moral elevado a inefable misterio trascendente. La naturaleza toda tenía un valor oculto, animado y sacro. Lo pequeño podía sustituir a lo enorme y vencer su resistencia, así como lo enorme troceado era igual y lo mismo que el todo y lo absoluto.
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