EL JÁMALA JÁ

F. Garrido • 31 de enero de 2024

EL JÁMALA JÁ



© Fernando Garrido, 31, I, 2024


Que nos quede claro: vivimos en un país peor a cada día y legislatura que llega y pasa. Remontémonos a los atentados del 11 de marzo de 2004. Esa es la fecha a partir de la cual la política ha ido jodiendo poco a poco nuestras vidas. Después de aquello, en España ya nada fue igual.

La nación comenzó a quebrarse, y las ideas de igualdad y libertad a retroceder en su aplicación, creciendo, eso sí, en su escalada verborreica, falaz e insoportable.

Los servicios públicos lo son, cada vez más, en su otra distinta acepción: la literal de mingitorio.

Sin embargo hoy, más que de nivel impositivo, se ha de hablar de expolio y latrocinio de un estado burocrático, devorador, mastodóntico, que crece y engorda como un cochino monstruoso, mientras los administrados sufren, por puerca magia, de raquitismo adquisitivo y de peores prestaciones.

La sanidad colapsada. Por ejemplo:

Si uno observa las salas de espera en nuestros hospitales parecen zocos de aduar africano, donde campan decenas de señoras con su prole y pañuelo en la cabeza.


Y algunos nos preguntamos: ¿Esas gentes nos llegan todas enfermas o no tienen más ocupación que deambular por las consultas médicas?

Si es eso último: ¿De qué vive esa tropa que habla el jámala já?

Porque a los de acá no nos da el tiempo para tanto paseo ambulatorio.

Por lo pronto, una realidad en España es que las parejas autóctonas ya solo crían menos de 0,5 hijos. Han de trabajar ambos para subsistir ya esquilmada bastante más de la mitad de sus rendimientos y rentas, vía tasas e impuestos.

Entonces, volvemos a preguntarnos: ¿Será ese pastizal, entre otras cosas, para mantener subsidios y servicios gratuitos para otros que vinieron sin papeles ni contribución alguna a este país? Nación que ha sido realizada gracias al el esfuerzo de muchas generaciones de españoles. Así es.



Un país, una nación es, aparte de su complejo existir político, su secular patrimonio material legado por nuestros antepasados. Un capital sobre el cual ahora se apuntan a heredar quienes no son siquiera amigos ni parientes.

Una nación, un país es también su patrimonio inmaterial: lo moral, lo cultural: tesauro civilizatorio del que el bereber, moro o magrebí, no viene a participar, sino a confrontar, perseverando contumaz en una concepción del mundo ancestral, inmovilista, teocrática y cuasi medieval.

Lo estamos viendo en toda Europa.

Si decir esto es xenofobia, será negar una realidad que, una vez vista, no hay motivos razonables para callarla, ni cancelaciones que sirvan de paliativo.



España siempre ha tenido y tiene un gran problema con ese próximo y mal vecino africano: una monarquía dinástica que exporta súbditos y extraños famélicos, propietaria del poder y de un territorio a acrecentar: Perejil, Ceuta, Melilla, las Canarias, el Sahara…; pegasus, dromedarius, etcétera; fotos y sonrisas con banderas boca abajo, etcétera; derechos de portazgo, etcétera; competencia pesquera, agrícola, comercial, etcétera; servicios secretos, etcétera.

Y, ojo, probablemente un 11-M que abrió de par en par la puertas, vallas y fronteras a la liquidación de nuestra libertad en democracia.

Qui prodest, jámala já.




P.D.

Ya que el mundo arábigo islámico posee inmensas riquezas petrolíferas, por qué no provee a sus pródigos hermanos musulmanes de aquellos recursos que necesitan.


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