LAS ODIOESFERAS

F. Garrido • 30 de enero de 2024

LAS ODIOESFERAS





© Fernando Garrido, 30, I, 2024


El chulángano al mando de las “siniestrosferas”, dice:

¿De quién dependen los derechos? ¿De quienes dependen los humanos? Pues eso: de él y de sus odiosos bandidos. Ellos deciden cuales son, para quién y hasta dónde llegan los Derechos Humanos.

Esto, en su democracia avanzada funciona así, tal como lo advirtió el sagaz Heráclito: “Todo cambia, nada permanece”.

Algo metafísicamente obvio, pero estrafalario cuando se trata de la Ley o los fueros legales, fuleramente sometidos al cambio de opinión y paradigma, prestado a interés variable, según el momento procesal de uno o varios individuos.

Y dicen del discrepante que somos una colección de estúpidos no actualizados…, porque rechazamos las trepidantes novedades que nos predican para el nuevo ciudadano 2.0, concorde, conviviente y feliz en la multiculturalidad y plurinacionalidad asimétrica de una no nación, pero sí matria de naciones aldeanas y pueblerinas.

Esa es la cuestión. Algunos jueces retrógrados de la “fachosfera” no han entendido que esto no va de comisión de delitos, sino de la buena fe que se ponga cuando se usa la violencia, el terror y el caos; cuando se incendian las calles, se asaltan y toman las instituciones, carreteras, estaciones y aeropuertos. Pero también cuando se conspira junto a una “putinesfera” invasiva.



Da igual si el resultado arroja daños materiales, psicológicos, heridos o muertos. Lo de veras importante son los buenos sentimientos de los golpistas de la “independosfera”, porque su encomiable propósito sea político.

No es nuevo. Ya sabemos que, según el nuevo dogma, esos “percances” no han de someterse a la acción de la justicia, sino dirimirse previamente en tribunales de honor entre la cuadrilla de políticos, para que si el asunto llega a los jueces, estos ratifiquen la inocencia universal de los otrora delincuentes que, magnificentes, perdonan –o no- a sus víctimas.

Pues de que nos extrañamos ahora nosotros, la raza inferior, ciudadanos de baja estofa, de que el terrorismo (cuyo propósito, por conceptual definición, es el ejercicio de la violencia para la consecución de objetivos políticos) sea considerado bajo la jurisdicción de los mismos políticos que, a veces, son al tiempo terroristas, sus complices o sus inspiradores intelectuales.



Por todo ello, si resulta necesaria una nueva carta de los Derechos del Hombre 2.0, hágase y exprópiese de ella las cláusulas que hagan falta para salvar la legislatura del bloque de la “odiosfera” para el desmantelamiento del estado de derecho.

Tas la "colombiada iberosférica", hace 500 años, este será el gran descubrimiento y aportación española a la civilización occidental.

Es la magnífica oportunidad que vieron los siglos para aquellos odiosos, cuyo explícito programa es: indulto ayer, hoy amnistía, mañana independencia y, después, la sumisión y la dependencia total para el resto. O sea, esto al fin y al cabo va de ellos, los putos amos de la "odiosfera", y nosotros sus esclavos.


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© Fernando Garrido, 2026 Ya desde los tiempos de godos, mozárabes, mudéjares y moros, afiladas lenguas hebreas comentaban que sería posible crear un bosque bien arbolado de leña seca, reuniendo en él todos los lignum crucis adquiridos por abades, obispos, nobles y reyes para el tesoro de cenobios, basílicas o palacios, y contemplar al mismo tiempo una babilónica rosaleda de espino rejuntando las reliquias de la spinea corona custodiadas en guardapelos a lo largo y ancho de la cristiandad. En aquellos lejanos siglos amorfos de exuberantes pestes, de morbos inexplicables, de terribles mitos y crímenes de lesa supervivencia, no existía inseguridad en nada, porque simple y llanamente no se sabía que era el estar seguro, así que la incertidumbre no formaba parte del ánimo antropológico, sino que constituía el sentimiento mismo, el estado básico, radical, inconsciente y reptiliano sobre el que se construían las conciencias empíricas y el espíritu moral elevado a inefable misterio trascendente. La naturaleza toda tenía un valor oculto, animado y sacro. Lo pequeño podía sustituir a lo enorme y vencer su resistencia, así como lo enorme troceado era igual y lo mismo que el todo y lo absoluto.
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