ESPAÑA SE LLAMA BEGOÑA

F. Garrido • 22 de mayo de 2024

ESPAÑA SE LLAMA BEGOÑA


© Fernando Garrido, 22, V, 2024


Si la más reciente y repugnante historia de España se inició en una sauna de la calle San Bernardo de Madrid y en algún otro local, siempre de dudosa reputación, indica que este país está bien jodido, así que pronunciar Begoña es poner un nombre orientativo a la corrupción familiar y matrimonial, que rige en la política tal día como hoy.


Si los negocios de la presunta hija de Sabiniano “el de las saunas” se han convertido en asunto de Estado, es de sospechar que España vive entre manos de ciertos proxenetas, chaperos y rameras, ¿es Begoña corrupción?




Cuando la democracia es una especie de love story, sus instituciones asunto de alcoba, y el gobierno está sumido en un melodrama sentimental según el estado de ánimo conyugal de su presidencia, ¿es Begoña corrupción?

Si proclaman que una gran movilización popular son diez mil extras, colocados en la calle Ferraz, para aclamar al que no puede salir a la calle sin ser pitado e increpado allá por donde vaya, ¿es Begoña corrupción?

Y quién es él, en qué lugar se enamoró de vos; pregúntale, porqué nos lo roba todo, ¿es SNCHZ o Begoña corrupción?




Pues si decir “Begoña” junto a “cátedra, negocio, irregularidades, contratación, rescate, tráfico, influencias y corruptelas” es insultar a España, a su democracia e instituciones, alguien debería explicarnos quién y cuándo cambió el nombre a la nación; quién es ella, qué cargo tiene, quién la votó, a quiénes representa y con qué legitimidad, ¿es Begoña corrupción?

Cuando el sultán africano juega al golf con los testículos de un presidente “enamorado”, ¿es Begoña corrupción?

Cuando el Sahara es traicionado y Hamas nos saluda puño en alto, ¿es Begoña corrupción?

Si por el Mare Nostrum corren las liebres y en el monte Gurugú nadan las sardinas, ¿son SNCHZ y su DOÑA una misma mentira y corrupción?


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© Fernando Garrido, 2026 Ya desde los tiempos de godos, mozárabes, mudéjares y moros, afiladas lenguas hebreas comentaban que sería posible crear un bosque bien arbolado de leña seca, reuniendo en él todos los lignum crucis adquiridos por abades, obispos, nobles y reyes para el tesoro de cenobios, basílicas o palacios, y contemplar al mismo tiempo una babilónica rosaleda de espino rejuntando las reliquias de la spinea corona custodiadas en guardapelos a lo largo y ancho de la cristiandad. En aquellos lejanos siglos amorfos de exuberantes pestes, de morbos inexplicables, de terribles mitos y crímenes de lesa supervivencia, no existía inseguridad en nada, porque simple y llanamente no se sabía que era el estar seguro, así que la incertidumbre no formaba parte del ánimo antropológico, sino que constituía el sentimiento mismo, el estado básico, radical, inconsciente y reptiliano sobre el que se construían las conciencias empíricas y el espíritu moral elevado a inefable misterio trascendente. La naturaleza toda tenía un valor oculto, animado y sacro. Lo pequeño podía sustituir a lo enorme y vencer su resistencia, así como lo enorme troceado era igual y lo mismo que el todo y lo absoluto.
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